Entrevista | Natalia Díaz Apicultora
Natalia Díaz, la apicultora de una vida entre colmenas, miel y abejas en Tenerife
Con 15 años de experiencia y ubicada en Icod de los Vinos, dirige Ecoalpispa, el primer espacio de Canarias dedicado a la apicultura ecológica, el cuidado de los polinizadores y la divulgación ambiental

Natalia Díaz mostrando una de sus colmenas / Arturo Jiménez
«¿Sabías que el 75 % de los cultivos alimentarios del mundo dependen de las abejas?». Con esa pregunta, entre zumbidos, empieza a entenderse la dimensión del trabajo de Natalia Díaz, una apicultora de Icod de los Vinos, que lleva 15 años apasionandose, cada día más, con el cuidado de las colmenas. Lo que empezó como un hobbie, mientras aún estudiaba biología en la Universidad de La Laguna, le hizo comprender que «las abejas son más que miel». Tanto es así que, tras varios quinquenios de aprendizaje, dirige, desde hace casi seis años, Ecoalpispa, el primer espacio de Canarias dedicado a la apicultura ecológica, el cuidado de los polinizadores y la divulgación ambiental.
En sus inicios, lo que comenzó con una o dos colmenas en la casa de su abuela, también en su municipio natal, la hizo evolucionar hasta el punto de llegar a tener alrededor de unas 200. «Mientras estudiaba, yo vivía en La Laguna y, durante los fines de semana, además de venir a ver a la familia y a los amigos, aprovechaba para ver a las abejas también», recuerda Díaz. En el archipiélago, la apicultura siempre ha sido, en su mayoría, algo complementario a la renta. Esa, en un principio, era la idea de Natalia, hasta que en 2020, tras la pandemia, pasó de ser una aficionada a convertirse en profesional de la apicultura.
La Abejera de Ecoalpispa
Gracias a ello, fue galardonada ese mismo año con el Premio Jóven Emprendedora, un reconocimiento al talento y al esfuerzo de los jóvenes que han liderado sus propios proyectos empresariales. Ahora, su finca, ubicada en un terreno agrícola de más de cinco mil metros cuadrados, es el lugar en donde muchas abejas de la miel y otras muchas silvestres conviven en un entorno ecológico y sostenible. «Queremos que nuestro impacto sea el más positivo y natural posible. Trabajamos sin productos químicos, no estamos conectados a la red eléctrica, nuestra energía proviene al 100 % de placas solares y tenemos, además, depuración de aguas naturales: sin pozos ni contacto directo con el mar», sostiene Díaz.

Natalia Díaz explicando su proyecto en Icod de los Vinos / Arturo Jiménez
Esta labor, respetuosa y comprometida con el medioambiente, se fusiona con la idea de ser, igualmente, un espacio educativo en donde familias, interesados y centros escolares puedan aprender el oficio de este sector. «Nuestro trabajo», explica, «va desde la parte de producción hasta la educativa, enseñando a la gente la importancia de las abejas en el mundo». Por ello, disponen no solo de colmenas, sino también de un laboratorio, una sala de extracción de miel y cera, un aula de la naturaleza y otros espacios didácticos que convierten la finca en un pequeño universo de apicultura.
Las protagonistas: la abeja negra y las silvestres
En el archipiélago contamos con alrededor de 150 especies de abejas silvestres. En Ecoalpispa, Natalia Díaz y su equipo trabajan, especialmente, con la abeja negra canaria, una variedad autóctona que destaca por su capacidad para polinizar la flora endémica y a su espectacular adaptación a los microclimas de las islas. Ahora bien, en la finca hay lugar para todas. «Nosotros trabajamos las colmenas con la especie nativa y con las silvestres. Lo que hacemos es darles el entorno idóneo para su correcto desarrollo, gracias a que somos un refugio con mucha variedad de flores que puedan anidar», destaca la icodense que, sin miedo a las picaduras, no necesita trabajar con guantes.

Uno de los panales de Ecoalpispa / Arturo Jiménez
«En Canarias», cuenta Natalia, «conocemos bien a la abeja negra, también conocida como la de la miel, ya que es la responsable de la producción de mieles autóctonas en el archipiélago; sin embargo, las otras no dejan de ser súper importantes». Y lo son porque muchas de estas especies actúan como polinizadores de la flora local. Su trabajo, menos visible que el de la abeja de la miel, sostiene buena parte de la biodiversidad vegetal del entorno y ayuda a mantener el equilibrio de los ecosistemas, especialmente en un territorio tan fragmentado y diverso como el canario.
Dificultades, retos y objetivos
Pero este papel esencial, contrasta con un escenario cada vez más complejo para la apicultura en Tenerife. «El principal problema, sin duda, es la sequía, aunque este año parece que ha llovido más, no sabemos lo que nos vamos a encontrar próximamente», aclara. «El obstáculo», continúa, «es que las floraciones están descoordinadas, no coinciden con la época del año y tanto las abejas como las plantas sufren porque no pueden polinizar y ser polinizadas igual». Otro de los inconvenientes es el uso de pesticidas. «Cada vez se usan más y, para las abejas, es como tomarse un chupito de veneno todas las mañanas», denuncia.
Su impacto químico no se queda en la colmena: estos compuestos pueden llegar al agua y a los alimentos, y la exposición humana a pesticidas puede tener efectos agudos y crónicos. De hecho, algunos, como el glifosato, han sido clasificados como carcinogénicos para los humanos. A ello se suma la entrada de abejas foráneas en algunas islas, una práctica que pone en riesgo a la abeja negra canaria al hibridarse y debilitar, poco a poco, la raza autóctona. «No se puede controlar. En Tenerife no está prohibido traer abejas de fuera y, al cruzarse con la nuestra, ya que las reinas se fecundan en vuelo con zánganos de otras procedencias, hace que puedan contraer enfermedades, como la varroa, y que debiliten la especie», remarca.
De cara al futuro, Natalia mira, sobre todo, a las aulas. «Trabajar con colegios», concluye, «es una forma de concienciar desde la base y de sembrar una sensibilidad que, ojalá, también termine convirtiéndose en vocación». En ese camino, Ecoalpispa prepara nuevos proyectos para el próximo curso, aunque todo sigue pendiente de una floración marcada por la lluvia y la incertidumbre. Aún así, la apicultora icodense conserva la misma idea con la que empezó hace 15 años: cuidar a quienes, entre zumbidos y de forma casi invisible, sostienen buena parte de la vida que nos rodea.
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