Abraham Hernández, coordinador de Eirif: "Es necesario volver al campo para evitar incendios forestales como el de 2023 en Tenerife"
Ingeniero forestal de formación, se enfrenta al fuego y a su comportamiento inesperado en algunas ocasiones mediante la estrategia y la antelación

Abraham Hernández es uno de los seis coordinadores de operaciones del Eirif / Arturo Jiménez

El coordinador de operaciones en incendios forestales del Gobierno de Canarias (Eirif), Abraham Hernández, atribuye su peor experiencia contra el fuego al ocurrido en el verano de 2023. Está convencido de que la mejor manera de combatirlo no está en los medios de extinción, sino en la gestión del paisaje.
-¿En qué consiste exactamente su labor?
Coordino las operaciones del dispositivo Eirif (equipo de intervención y refuerzo de incendios forestales) del Gobierno de Canarias. Soy ingeniero forestal y uno de los seis coordinadores del dispositivo que dispone de tres bases ubicadas en La Palma, La Gomera y El Hierro. Hay cuatro equipos de diez personas por base: un técnico, un capataz y ocho bomberos forestales, todos helitransportados. Cuando vamos a un incendio, las distintas secciones de coordinación se despliegan: unos en el PMA (Puesto de Mando Avanzado), otros en análisis y planificación, y nosotros, en operaciones. Somos quienes nos encargamos de supervisar y apoyar a los equipos Eirif que están trabajando en los incendios.
-Esto ocurre cuando hay un incendio, pero ¿qué hacen el resto del año?
Llevamos la formación de todo el equipo, la coordinamos y la contratamos. También llevamos licitaciones, planificación de entrenamientos o tratamientos preventivos. Durante todo el invierno se hace prevención porque hay muchísimo trabajo.
-Al estar frente a un incendio, ¿cuáles son las principales herramientas que usa?
Al ser helitransportados solemos ir a las zonas más complicadas. La mayoría de las veces nuestra maniobra base es la línea de defensa, que es como crear un pequeño sendero. Entramos a través de la vegetación, la vamos cortando; primero se corta todo lo aéreo y, después, vamos en línea. Si el equipo es de diez personas, o si el combustible -la cantidad de monte que se está quemando- lo requiere, juntamos dos equipos, que son 20 personas. Unos van cortando primero; luego, otros van picando y, por último, raspando, de tal manera que queda una línea de defensa, algo así como un sendero desprovisto totalmente de vegetación.
-¿Cómo un cortafuegos hecho deprisa?
Sí y, además, en progresión. La clave no es tanto cómo hacer esa línea, que es un trabajo durísimo, sino dónde y cuándo hacerlo. El incendio tiene momentos en los que te supera, en los que tiene más capacidad que tú. Esto es un juego de estrategia, casi como una guerra. Y tiene momentos en los que está dentro de la capacidad de extinción. Tú tienes que saber ubicar la línea donde eres más fuerte que el incendio y en el momento adecuado.
-¿Esta sería la principal herramienta?
Sí, pero después hay otra muy potente que son los tendidos de manguera. Disponemos de autobombas bastante potentes y podemos hacer tendidos de kilómetros. Pero muchas veces, por cómo es el terreno y por dónde nos metemos, no llegamos con agua. Nuestra única agua son los medios aéreos. Estamos muy entrenados para trabajar con ellos, tanto los propios, con los que nos desplazamos, como con los que se incorporen. Siempre tenemos comunicación por banda aérea y somos los que les decimos dónde queremos las descargas.

Hernández califica el incendio forestal de 2023 como su peor experiencia / Arturo Jiménez
-Son los ojos en tierra, entonces.
Claro. La población percibe que los medios aéreos apagan los incendios, pero casi nunca los apagan. Lo que hacen es bajarte la llama y permitirte rematar. Por eso es clave que las descargas vayan donde tú las necesitas. Somos nosotros los que contactamos con ellos; nos descargan por delante, por detrás o donde les pidamos y, a continuación, nosotros vamos abriendo línea de defensa.
-¿Qué otra herramienta es básica para extinguir un incendio forestal?
El fuego técnico. Sobre todo, cuando los incendios son grandes necesitas muchas veces retirarte del frente, porque no eres capaz de trabajar delante de uno con esas características. Entonces te buscas un sitio donde hacerte más fuerte, a lo mejor una carretera o una pista, y ahí ya no haces solo la línea de defensa, sino que quemas para ensanchar más esa carretera o esa pista, y, además, utilizas autobomba o agua para sobredimensionar la maniobra y ganar seguridad.
-Ahora mismo de cara al verano, ¿cuáles son las tareas que tienen en el Eirif?
En estos meses terminamos la actividad preventiva y pasamos plenamente a entrenamiento, práctica y, también, algunos simulacros. Actualizar y repasar continuamente los procedimientos que tenemos: trabajo con medios aéreos, con drones, con lo que sea. Todo eso hay que estarlo revisando para que no se olvide. Y mucha práctica y mucha preparación física también. Tenemos preparadores físicos en las tres bases y todos los equipos hacen unas dos horas de entrenamiento diario.
-¿Se puede decir que se activa la campaña o eso ya no existe por la situación climática?
Sigue siendo el momento del año que concentra la mayoría de los incendios, pero cada vez se difumina más. La campaña ya se extiende, aunque se interrumpe con meses como enero o febrero en los que puedes tener incendios, como los hemos tenido en los últimos años. Antes, la campaña también se refería al momento de contratación temporal, pero eso poco a poco está acabando. Ya muchos dispositivos están todo el año. Y los que no, están muchos más meses. Hay una parte muy importante de bomberos forestales en Canarias que ya están todo el año.
-Salvo este invierno, que ha sido muy lluvioso, venimos de una gran sequía. ¿Cómo afecta esto al trabajo de prevención?
Afecta mucho porque obliga a reinventarse. Incendios como el de 2023 ponen en entredicho lo que antiguamente se entendía por infraestructuras de prevención, como los cortafuegos, que prácticamente hoy no se emplean como antes: son infraestructuras carísimas de mantener, generan también problemas de erosión y, además, producen saltos de cientos de metros, incluso de kilómetros. Eso significa que mucho antes de que el incendio impacte en un cortafuegos, ya se lo ha saltado por pavesas. Entonces, lo que nos queda es reformular el paisaje. Eso es lo que más demandamos, que se vuelva a ese paisaje mosaico, que no haya esas grandes continuidades de masa tan propensas a arder y a hacerlo de forma tan virulenta. Además, muchas de esas masas son fruto de repoblaciones de los años 60 y 70, ni siquiera son naturales, y suelen tener un mosaico de por sí, un parcheo. Eso hace que el fuego no tenga esa capacidad de propagarse con tanta intensidad durante tantas hectáreas. Pero claro, es difícil, porque con el cambio climático cada año nos encontramos situaciones nuevas y comportamientos de incendios que no habíamos visto nunca.
-O sea, que la formación para adaptarse a estos nuevos comportamientos es fundamental, ¿no?
Sí, pero ya no solo por combatir incendios, sino por nuestra propia seguridad. No puedes ir continuamente a combatir el fuego encontrándote comportamientos nuevos, porque entonces los protocolos de seguridad que tenemos dejan de servir. Y nosotros no podemos estar jugándonos la vida así en un incendio.
-¿Cuál ha sido su peor experiencia en un incendio?
Sin duda, 2023. En la mayoría de los casos trabajamos con protocolos de seguridad muy estrictos y conocemos muy bien el comportamiento del fuego, así que nunca nos metemos en zonas que sabemos que son peligrosas o en las que no vamos a tener éxito. Pero aun así, en 2023 nos pegamos prácticamente una semana en la que trabajábamos 12 horas y al día siguiente veíamos que esas maniobras se habían perdido, que había que retirarse y reposicionarse. Y así, una y otra vez. Eso fue durísimo, por frustración. Cuando un incendio dura tantos días se te acumula un cansancio enorme. Por las noches tampoco descansas bien, llegas muy excitado. Y, si encima trabajas y al día siguiente ves que todo lo que hiciste ayer se ha perdido y que tienes que volver a retirarte 200 metros, 500 metros o un kilómetro para volver a empezar, eso te mina completamente la moral. Fue un incendio que creció mucho, afectó a mucha población, obligó a evacuar, hubo una tensión enorme… y todo eso se nota.
-Ha estado en Bolivia y también en Bruselas compartiendo su experiencia en la extinción de incendios forestales. ¿Qué consideración se tiene de Canarias en este ámbito?
No somos del todo conscientes de lo buenos que somos a nivel mundial. Estamos en la vanguardia en conocimientos y capacidades de incendios. He tenido la suerte de entrar en el programa FAST (Equipo de Evaluación y Asesoramiento en Incendios Forestales), que es un módulo que ha creado y certificado el Ministerio dentro del Mecanismo Europeo de Protección Civil. No estamos hablando ya de combatientes, sino de personal especializado, de apoyo y asesoramiento estratégico en incendios. España es el único país en toda Europa que tiene un módulo así a disposición del mecanismo. Yo he tenido la suerte no solo de entrar ahí, que ya era algo que no esperaba, sino de ser seleccionado para Bruselas y para Bolivia, que han sido dos misiones totalmente opuestas, pero muy interesantes. En Bolivia vi incendios de millones de hectáreas, otros comportamientos del fuego y otra forma de combatirlo. Había ayuda internacional que trabajaba de otra manera y se aprende muchísimo.
"No somos del todo conscientes de lo buenos que somos a nivel mundial en conocimientos y capacidades de incendios. España y Canarias están en la vanguardia"
-Es una oportunidad de ver otras realidades y aprender de ellas.
Esa es precisamente la idea, que sea un dispositivo muy cualificado, no solo un refuerzo más. Estas actividades aportan muchísimo. En Bolivia, por ejemplo, aprendimos un montón sobre lo que implica desplegarse en un sitio con pocos recursos, llevando mucha autonomía. Y cuando luego vino la dana de Valencia, aunque era España, la situación se parecía bastante a estar en un sitio con escasos recursos, porque faltaba electricidad, faltaban muchas cosas. Todo eso nos sirvió.
-¿También intervienen en otro tipo de catástrofes?
Sí. De hecho, ahora la nueva normativa ya define que estamos para incendios forestales y apoyo en contingencias en el medio natural. Vamos a coger un papel más activo en inundaciones, nevadas, temporales, ese tipo de cosas. Y en situaciones como la dana, aunque la normativa no lo contemplara, hay un momento en el que simplemente hay que ayudar.
-¿Qué cree que es necesario para que no se repitan grandes incendios como el de 2023?
Un cambio socioeconómico. Abandonar el campo y el sector primario en Canarias para apostar por importarlo todo significa que ese cinturón agrícola que había entre la población y el monte ya no existe. Antes los incendios solo eran forestales y ahora son una emergencia de protección civil infinitamente más compleja. La pérdida de ese paisaje agrícola, que suponía una barrera de protección a la población y un mosaico que dificultaba incendios tan virulentos, es una de las claves. Hasta que no recuperemos eso, si es que lo recuperamos algún día, no hay capacidad material para abordar incendios así. Porque cuando el fuego tiene tanta capacidad de afectar a población y bienes, por ley tienes que priorizar primero, personas, después bienes y, por último, medio ambiente. Entonces, la propagación se queda en un segundo plano, no puedes abordarlo todo. Es una pescadilla que se muerde la cola: el incendio sigue avanzando por el monte y acaba afectando a nuevas zonas de población, porque ya no existe ese sector primario entre el monte y las casas.
-Entonces, ¿no basta solo con más medios de extinción?
Está más que demostrado que no. Pasan las décadas, se invierte muchísimo más en extinción y la tendencia sigue al alza. Sigue habiendo muchos incendios y, sobre todo, cada vez hay más grandes incendios forestales. Eso significa que solo apostar por la extinción no vale. Habría que apostar porque la gente vuelva al campo. Es un tema transversal que tiene que estar presente en la gestión del paisaje, del sector agrario, de los espacios naturales protegidos, del planeamiento urbanístico y de la ordenación del territorio. Además, con la crisis de vivienda se está notando que mucha gente vuelve a vivir a medianías y zonas altas, cada vez más cerca del monte. Eso hace todavía más complejo el problema. Necesitamos un cambio socioeconómico de fondo. Todo lo demás serán paliativos, pero no van a solucionar el problema. Hay que volver al campo para evitar incendios forestales.
-¿Y qué papel juega ahí la prevención que hacen ustedes?
Nuestra prevención es estratégica. Dicho de una forma muy sencilla, es preparar el campo de batalla. Nosotros, basándonos en el análisis de incendios, identificamos zonas estratégicas y las tratamos para maximizar las posibilidades de éxito cuando llegue un incendio y poder ejecutar maniobras allí. Estamos hablando de muchísimas hectáreas en las cinco islas forestales. Es imposible abarcar todo eso con un servicio público de prevención y extinción y, además, no tendría sentido. Lo importante sería cambiar y reactivar el campo, porque eso tendría muchísimas implicaciones positivas. Tendríamos de nuevo un paisaje de mosaico, una barrera entre la población y el monte y reduciríamos el transporte, las emisiones y dependencia la de productos que vienen del otro lado del planeta cuando podríamos consumir los de aquí.
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