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La Fortaleza en Santa Cruz: volver mientras se pueda

El caserío está situado cerca de Catalanes, no se puede acceder en coche y solo vive un vecino de manera permanente

La Tenerife vaciada: La Fortaleza

Arturo Jiménez

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Leticia Dorta Lemus

Leticia Dorta Lemus

Santa Cruz de Tenerife

Los primos Cabrera se enfundan las botas, se cuelgan las mochilas y cogen sus bastones improvisados para hacer el recorrido que hicieron de niños miles de veces con unas simples lonas. Van a La Fortaleza, "a casa de mamá y papá", declaran. Solo se puede llegar en coche hasta un primer tramo de pista. Despúes de ahí, espera un sendero de aproximadamente un kilómetro de distancia. ¿Qué pasará cuando los primos no puedan ir caminando hasta La Fortaleza? "Me queda la esperanza de que mis hijas no lo abandonen", asegura Icha Cabrera.

El caserío está cerca de Catalanes, de hecho este el núcleo poblacional más cercano en el que poder encontrar el servicio de un bar. De resto, no hay más. Nunca tuvieron nada: ni médico, ni transporte, ni luz, el agua se habilitó hace unos años, sin venta y hasta sin un acceso decente. Solo queda un vecino que vive al fondo de la ladera junto a su burra y dos vacas que pastan de una manera despreocupada ante la ausencia absoluta de todo. Es una sensación turbadora porque asomarse al vacío de la nada alivia, pero también asusta. "Antes aquí llegaron a vivir hasta 40 y 50 personas. Con decirte que había una familia que tenía 14 hijos", apunta Nicolás, el mayor de los primos y los tres hermanos Cabrera Silvera. Tiene 84 años y sus andares son propios de los de una persona de 20. Todos están hechos de otra pasta. Los 14, como llaman al conjunto familiar numeroso, salieron en cada momento de la conversación por los recuerdos de una infancia feliz, a pesar de todo, y de una convivencia estrecha. "Se compartía todo", narra Nicolás. Hablan de abuela Josefa, una mujer que realmente no tenía esa relación de sangre, pero que asumía ese rol para todos los niños del lugar.

Dejan muy claro que el hecho de que las familias fueran tan grandes era el aspecto principal que poblaba La Fortaleza. "Casas había pocas, pero niños había muchísimos. Las familias más pequeñas eran la de mi prima y la nuestra con tres hijos", cuenta una de las hermanas. Alude también al hecho de que realmente el lecho familiar estaba situado en cuevas y prueba de ello son los vestigios que se asoman a las diferentes paredes de la ladera. Muestran orgullosos en la que vivieron sus abuelos.

La miseria

Nicolás, Inocencia (Chencha) y Julia (Coralia) nacieron en La Fortaleza. Hasta donde saben, incluso algunos de sus abuelos procedían de allí. Lo que desconocen es el por qué del nombre del lugar que tanto aman. Cuando se marcharon a Valleseco, donde viven actualmente, el mayor de los hermanos tenía 14 años. Mientras vivieron en la inmensidad de Anaga no fueron escolarizados y se dedicaban a los animales y a cultivar la tierra. Sus padres decidieron marcharse por "la miseria", suelta sin pensarlo el mayor. La vida necesita de ciertas facilidades y no de tantos castigos físicos como bajar hasta Santa Cruz caminando, cargar kilos de papas para realizar el trueque o desarrollarse en condiciones de aislamiento.

Del trío de hermanos, Coralia destaca por su carácter dicharachero, pero la humildad y la cercanía es algo común en toda la familia. Se siente el instinto protector. El éxodo de Icha -que realmente se llama Teresa, pero que prefiere este diminutivo- comparte las circunstancias de sus primos. Se marchó de niña y ahora vive en Geneto, aunque residió en otros puntos cercanos anteriormente.

La principal y única demanda de las cuatro personas que se agarran a este territorio con sus propios pies -de manera literal- es el acceso. "El proyecto estaba redactado y el dinero también. Se ejecutó la primera fase, que es la pista que recorrimos con el coche. Ahora solo queremos 500 ó 600 metros más de pista para llegar hasta este lomo y ya luego caminamos. Pero no hay manera porque dicen que está protegido", cuenta Icha con cierto enfado. Tiene los ojos claros como el mar que se ve desde La Fortaleza y su carácter luchador parece que no se va a agotar jamás. Una vez más, el alto grado de protección con el que cuenta el Parque Rural de Anaga expulsa a sus habitantes. "No te dejan hacer nada. ¿Así cómo alguien puede quedarse aquí", comparten el discurso.

Resulta increíble pensar en cómo se construyeron las casas. La imagen se materializa cuando Zoilo, el marido de Coralia, trae en la espalda una motosierra envuelta en una especie de saco y echa a caminar por el abrupto sendero. Solo permite la ayuda de su cuñado Nicolás. Las dos hermanas comparten risas con su prima durante el sendero hasta que llega el momento de separarse. Las casas de los hermanos están a la derecha del camino y la de Icha está algo más lejos. Las viviendas de Nicolás, Chencha y Coralia se esconden a la sombra de un eucalipto. En los alrededores hay un gran laurel y un brezo de los que el mayor de los hermanos dice que tienen más de un siglo. "Estos decía mi padre que los plantó mi abuelo", recuerda. Cerca está 'La cuadra de los abuelos' -se lee en un cartel sobre la puerta-, el rincón residencial de su abuelo paterno y que quiere mostrar antes de seguir la ruta hacia casa de su prima.

Al abrir la puerta, se ven decenas de utensilios para la agricultura colgados de la pared. Parece un museo. Va señalando y desgranando para qué sirven. Justo al lado, está la continuación de la vivienda que cedió por el paso del tiempo y la ocupación de la vegetación. Destacan las gruesas paredes ancladas bajo un talud.

En medio de todo y de nada

Icha espera en su casa. Es un auténtico balcón en medio de todo y de nada. Es un privilegio. "Si estuviera despejado se vería El Teide. Toda La Esperanza y al fondo el pico", presume Chencha en el filo hacia la profundidad en la que vive el único vecino permanente de La Fortaleza. Además se divisa Jardina, Santa Cruz, Candelaria y parte de La Laguna. "Desde aquí lo vemos todo", se suma Coralia contenta. La prima de Nicolás, Chencha y Coralia recuerda que cuando se necesitaba algún tipo de vívere que no le daban los animales o la tierra, mi madre "iba todos los lunes caminando hasta el Pico del Inglés y allí cogía la guagua. Si no, iba hasta Las Mercedes a pie. Allí compraba el gofio. 20 ó 25 kilos. Al crecer mi hermana y yo, luego íbamos a encontrarla al camino para ayudarla a traer lo que compraba", cuenta. Añade que en cierto momento, la panadería que estaba en La Cumbre les traía el pan hasta La Fortaleza todos los lunes. Eso sí que es un buen servicio a domicilio.

El día en el que los primos Cabrera no puedan caminar tanto como lo hacen ahora, La Fortaleza estará aún más sola. Con ese único vecino, que más que eso parece un auténtico héroe. El único deseo de esta familia es que sus hijos mantengan el vínculo y que la facilidad de llegar se convierta en medio kilómetro de pista "más que sea hasta ese lomito de allí", señala Icha.

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