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El cordón trenzado del Valle de La Orotava: herencia enredada al paisaje

La Orotava cuenta con esta técnica de conducción de la viña única en el mundo que está a punto de convertirse en Bien de Interés Cultural (BIC)

Técnica del cordón trenzado en bodegas Tajinaste

Arturo Jiménez

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Leticia Dorta Lemus

Leticia Dorta Lemus

Santa Cruz de Tenerife

El cordón trenzado es herencia, pero no una cualquiera. Es uno de esos valores que se enredan al paisaje: se ve, se toca, se practica y se siente. Este legado único del Valle de La Orotava es una técnica de conducción de la viña ancestral, transmitida entre muchas generaciones y para Cecilia Farráis Lorenzo, una de las lideresas de la bodega Tajinaste, es de lo más normal: "Yo nací debajo de una parra", asume con total tranquilidad Doña Chila, como se la conoce popularmente.

Muestra con naturalidad cuáles son las singularidades y claves de esta técnica de conducción de la viña única en el mundo que está a punto de convertirse en Bien de Interés Cultural (BIC), en la categoría inmaterial. Esta semana el Consejo de Patrimonio Cultural se pronunció de forma favorable en su dictamen para otorgarle tal reconocimiento y protección. Es un paso decisivo después de más de 20 años de trabajo por parte de los ayuntamientos del Valle: La Orotava, Puerto de la Cruz y Los Realejos.

Dos grandes claves

El hijo de Doña Chila, Agustín García Farráis, se contaminó de la mejor manera posible del amor por la viña de sus padres y abuelos. Continúa con la herencia y con la pasión por el vino y su cultivo, que se refleja en un discurso 'borracho' de argumentos a favor de este legado. "El cordón trenzado tiene dos grandes claves. La primera tiene que ver con el policultivo, puesto que antiguamente había que beber, pero también se tenía que comer. Esta técnica permitía llevar la viña hacia los laterales de la parcela y dejar libre el espacio central para el cultivo de papas o verduras", inicia. El segundo aspecto "está relacionado con las condiciones del territorio y el trabajo del campo. Es un sistema muy antiguo y a pie franco. Es decir, directamente al suelo, sin injertos", destaca.

El cordón trenzado es más que evidente en esta parcela de La Perdoma. Aunque la hoja lo esconde por el momento en el que se encuentra la cosecha, Doña Chila la remanga para que se vea con claridad. La madera se retuerce, fuerte, dándose la vuelta en sí misma por la dirección que le marcan. Está obligada. Justo al inicio de una de las superficies de viña tienen un ejemplo de cómo se hacía el cordón trenzado. Es tan solo una muestra para unas visitas específicas, pero sirve para imaginarse el mecanismo original. Las horquetas -los palos que aguantan la viña- no son hierros sino troncos de brezo y la badana sirve para amarrarla. Es justo aquí donde se habla de la remanga, un método desarrollado con anterioridad que requería más esfuerzo. Consistía en "levantar y recoger las hojas de la viña cuando ya la uva estaba pintando", explica García Farráis a la par que Doña Chila remanga.

La ventaja del remangue estaba en la facilidad que daba para pasar entre las viñas, pero reducía la superficie de las hojas disminuyendo el espacio para la radiación solar. "Había menos superficie foliar. Con el tiempo comenzamos a modificar el remangue. A finales de la década de los 90 del siglo XX consultamos a un profesor de la Universidad Rovira i Virgili de Tarragona para estudiar si el cordón trenzado podía adaptarse para ser más vertical, sin perder masa vegetal, y concluimos que sí", cuenta el enólogo. De esta manera, evolucionó y se modernizó. "Así se consigue que el sol incida más a lo largo del día, que el fruto quede mejor expuesto y aireado y que se reduzca el riesgo de enfermedades como el mildiu, el oidio o la brotitis", desarrolla. Por otro lado, se gana en comodidad para trabajar, con más espacio -porque ya no está ocupado por las hojas de las viñas- y la calidad final de la uva es superior. "Lo más interesante es que esta adaptación del cordón trenzado fue asumida por el pueblo, que también hizo suyo el sistema", dice orgulloso García Farráis.

De forma natural

Pero el cordón trenzado va más allá de ser una simple técnica de producción agrícola. "Es una tradición heredada, transmitida de forma natural. Veías trabajar a los mayores en la finca y luego repetías los mismos gestos. Forma parte de la vida cotidiana de mi familia", define y recuerda "jugar debajo de las parras o comer en medio de la viña hasta que llegó el momento de incorporarse poco a poco a las labores del campo. Para nosotros es algo normal y aprendido en el día a día, ligado al paisaje y a la identidad de la familia", concluye.

El hecho de que el cordón trenzado esté más cerca de tener el reconocimiento de BIC, con la protección que eso implica, "es un auténtico valor. Es una herramienta potente para reforzar la protección del patrimonio vitivinícola del Valle de La Orotava. Aportará respeto, continuidad y visibilidad a este patrón de cultivo", opina. "Además, supondrá que las nuevas generaciones entiendan este cultivo como algo que merece ser conservado", y hablan del reto que supone el relevo generacional de su producción, como ocurre en todo el sector primario de Tenerife. "Todo depende de que la actividad resulte viable y mínimamente rentable. Es un trabajo duro, sacrificado y constante durante todo el año", advierte.

El 90% de la producción de bodega Tajinaste sigue vinculada al cordón trenzado, pero también trabajan con otras técnicas de conducción como la espaldera, sobre todo para variedades como la malvasía, marmajuelo, gual, vijariego blanco, albillo, vijariego negro o listán negro. "Con esto podemos combinar vinos más ligados al sistema tradicional con otros de carácter parcelario o experimental", sostiene. Aun así, García Farráis insiste en que el cordón trenzado aporta algo que no se puede sustituir: identidad y originalidad.

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