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Visita del papa León XIV a Tenerife: La Restinga contará la acogida de 40.000 migrantes en la plaza de Cristo

Darwin Rivas vino hace seis años de su Venezuela natal a ayudar a un cura amigo en Icod de los Vinos y acabó de párroco en El Hierro: solo en la Navidad de 2022 llegaron dieciséis cayucos con 1.600 personas

Darwin Rivas, a la derecha, con el padre Gabriel Hernández y en el centro un voluntario de la ONG Corazón Naranja.

Darwin Rivas, a la derecha, con el padre Gabriel Hernández y en el centro un voluntario de la ONG Corazón Naranja. / El Día

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Humberto Gonar

Humberto Gonar

Santa Cruz de Tenerife

Con perdón de la Iglesia católica, bien se podría decir que... si Mahoma no va a la montaña, la montaña va a Mahoma a la hora de hacer referencia al encuentro que tendrá lugar la mañana del viernes 12 de junio en la plaza del Cristo entre el papa León XIV y cuatro organizaciones implicadas en la isla de El Hierro en la acogida de migrantes: Don Bosco, Fundación Buen Samaritano, Cáritas y Corazones Naranjas.

El Hierro, presente en la visita papal

Descartada la posibilidad de la visita a la localidad herreña de La Restinga, azotada por la ruta atlántica de la migración que inspiró al pontífice Francisco en su visita a Canarias, dos encuentros con esa realidad acercarán la experiencia de quienes se juegan la vida y dejan atrás a su familia en busca de un futuro mejor. Precisamente para intentar ganar un poco de dinero y contribuir a paliar la maltrecha economía de su hogar de origen.

«No son personas sin formación; la mayoría son personas preparadas que se echan al mar en busca de un futuro próspero y poder enviar dinero a sus familias», explica el sacerdote Darwin Rivas.

Este cura nacido en el estado venezolano de Mérida en 1977 vino a ayudar a otro amigo en Icod de los Vinos por unos meses y acabó como párroco de las iglesias de San Antonio Abad, en El Pinar, donde reside, así como de San José, en Isora; San Andrés Apóstol, en San Andrés, y San Juan Bautista, en La Restinga, además de delegado arciprestal de Cáritas.

El pasado 8 de mayo se cumplieron seis años de su estancia en El Hierro; el tiempo no le ha borrado la primera llamada que recibió en la Isla del Meridiano comunicándole la llegada de una patera, cuando quedó admirado por la entrega de todo el pueblo de La Restinga y del personal de Cruz Roja.

Aquel desembarco no fue una excepción y, junto a otros dos presbíteros destinados allí —José Manuel Urbina y Gabriel Hernández—, plantearon “hacer algo” al entonces obispo de Tenerife, Bernardo Álvarez, y al vicario general de la Diócesis, Antonio Pérez Morales.

En primera línea del muelle

Con la reciente experiencia de la incidencia de la covid, plantearon dar respuesta desde Cáritas, pero se les hacía corto. Ellos querían estar en primera línea. En el muelle, recibiendo a los migrantes.

De ahí que se inscribieran como voluntarios de Cruz Roja e hicieran cursos de primeros auxilios para formarse y atender a los recién llegados. «Desde finales de 2020 hasta 2023 han sido años muy duros».

En 2022 conoció a la ONG Corazón Naranja, un colectivo que aglutinaba a un grupo de vecinos organizados para acoger a los migrantes. Tuvo claro que ahí podría prestar más ayuda y no lo dudó.

La Nochebuena y la Navidad de 2022 fueron unos de los días de mayor llegada de cayucos, sin tregua. Entraron dieciséis embarcaciones que trasladaron a mil seiscientas personas acogidas en el antiguo convento de El Golfo, habilitado como recurso de acogida temprana, y en el pabellón de deportes de San Andrés. Recuerda que los curas se alternaban entre las misas y el muelle para cumplir con su labor de acompañamiento.

Darwin, que “chapurrea” el francés, descubrió que con solo diez palabras le bastaba para “hacer de traductor” y decirle a su interlocutor dónde estaba, pedirle tranquilidad, explicarle los trámites con la Policía y trasladarle que sería atendido por Cruz Roja y recursos sanitarios para conocer su estado de salud.

El sacerdote calcula que desde que llegó a El Hierro han podido pasar 40.000 migrantes, frente a una población local de siete mil personas. «En los momentos de mayor llegada se perdió la cuenta cuando se duplicó el número de residentes». Quedó de manifiesto, una vez más, que el pueblo canario es acogedor, que ha sido migrante y que lo lleva en el ADN, pone en valor el propio Darwin. También porque lo vive en carne propia.

Eso no impidió que se profundizara en la sensibilización entre los residentes, explicando que los migrantes tienen “un color hermoso, negro”; viven en África, para incidir en que también su presencia en la Isla repercute en la economía local, como ocurre con quienes se instalan en El Hierro y tienen que alquilar una vivienda o el movimiento que generan para comercios y bares.

Los episodios más duros

Darwin no se atreve a destacar el momento más duro que ha vivido junto a migrantes. «Son muchos», reconoce, como cuando tuvo que comunicar a una madre el fallecimiento de su hija de once años. Mientras sostenía en brazos a otra pequeña de once meses, la respuesta de aquella mujer fue consolarse porque aún tenía una razón para vivir y sacar adelante a su otra hija.

O el día en que se ofició en el cementerio de El Pinar el entierro de cuatro migrantes; entre ellos, el tío de un joven que acudió a despedirlo. O el caso de la madre, dos hijos y un cuñado que murieron en el viaje, quedando vivos únicamente el padre y su hijo pequeño.

«No todos los días tengo ganas de ir al centro de acogida; hay veces que preferiría quedarme en casa viendo la televisión... pero tengo la experiencia de que vale la pena seguir ayudando. Además, soy cura, cristiano, pero, sobre todo, soy humano». «Siempre tengo presente el pasaje del Evangelio que dice: “Cada vez que lo hiciste por uno pequeño, lo hiciste conmigo”».

Darwin no pasa por alto el contraste que supone estar en casa, donde tiene agua caliente y comodidades, frente a quienes se encuentra en el centro de acogida con una bolsa de Cruz Roja, una pulsera con un número y los papeles de Extranjería como única seguridad. De ahí que, frente a la tentación de quedarse en casa, pese más salir al encuentro de esas personas que se sienten acogidas con solo una sonrisa o con alguien que las acompañe.

También pone en valor la labor de los policías, a los que considera sus compañeros; incluso a alguno de ellos ha bautizado en esa relación nacida de la acogida a los migrantes.

Respecto al posible desconsuelo porque el papa no se traslade a La Restinga, Darwin admite que «todos quisiéramos que el papa nos visitara», pero invita a preparar el corazón para disfrutar de este acto cercano que se celebrará el próximo 12 de junio, mientras continúa prestando ayuda altruista y pone en valor la labor de la ONG Corazón Naranja, dedicada a fomentar la integración con clases y apoyo a los migrantes en los salones parroquiales de Valverde.

En los últimos meses admite que ha bajado la afluencia, aunque no se olvida un protocolo que comienza con el triaje en La Restinga, nada más llegar, con los voluntarios de Cruz Roja y efectivos de la Sanidad canaria, para luego mantener un primer contacto y derivarlos al antiguo convento hasta que, casi 72 horas después, son enviados a Tenerife.

«Su objetivo no es Canarias; ellos quieren ir a Francia, Alemania o Bélgica, donde tienen conocidos y algunos familiares. Canarias es solo un lugar de paso». «Buscan un futuro mejor para su vida y su familia. No lograr ese objetivo les supone un fracaso, un estigma social; por eso no quieren regresar».

“Ellos nos dan todo”

Entre los momentos que le han proporcionado mayor satisfacción figura el encuentro de dos hermanos migrantes en Valverde, cuando ya se daban mutuamente por muertos; habían llegado con dos o tres días de diferencia a la Isla. O cuando Darwin paseaba por la avenida Trinidad y advirtió que un grupo de migrantes a los que atendió en El Hierro lo llamaban por su nombre. «Nosotros no damos nada; ellos nos dan todo: nos ubican frente a la vida».

A sus 49 años y con 25 de sacerdocio, Darwin se sincera: «Entré en el seminario por necesidad, en busca de educación de la buena, y ahí descubrí mi vocación», además de reconocer, entre risas, que también influyó que era bueno jugando al fútbol con catorce años.

Darwin tiene grabado a fuego el consejo de “sus viejitas”, que le dicen que vaya al centro de acogida porque esa es su mejor misa. Amén.

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