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Catalanes en Santa Cruz: el esfuerzo de permanecer

Una quincena de personas viven en un valle hundido en la profundidad de Anaga. Ayer vivieron su día grande y celebraron a San José Obrero. El barrio resiste sin transporte público y carencias en accesibilidad.

El esfuerzo de sus abuelos por permanecer en Catalanes es para Amaro Siverio una "labor encomiable"

El esfuerzo de sus abuelos por permanecer en Catalanes es para Amaro Siverio una "labor encomiable" / Arturo Jiménez

Leticia Dorta Lemus

Leticia Dorta Lemus

Muy poca gente decidió quedarse en Catalanes (Santa Cruz) en la década de los 60 y 70 del siglo XX. Una estampida humana, en forma de huida, sacudió las cifras de habitantes del caserío chicharrero enclavado en Anaga. Benigno Siverio López y Saturnina López Pérez decidieron quedarse y criar a sus 12 hijos. Ahora mismo, queda una quincena de personas que viven de manera permanente en el barrio haciendo un esfuerzo. Porque no es fácil vivir en un lugar como este.

Lo cuenta su nieto, Amaro Siverio Santana, que se siente anclado a la tierra de sus abuelos y "me gustaría tener algo aquí, en Catalanes", refiriéndose a la posibilidad de una vivienda ocasional. El joven es sincero y elocuente, cauto en sus palabras que están cubiertas por una gorra negra, del mismo color de su camiseta. Para él, la lejanía y la falta de servicios, sobre todo, dificultan la vida en el núcleo santacrucero. No existe transporte público y sí un pequeño bar que regenta uno de los tíos de Siverio Santana, pero nada más. La carretera para acceder, estrecha, no está mal.

Catalanes está en fiestas por San José Obrero

A la entrada, se divisan banderillas y adornos porque Catalanes está en fiestas por San José obrero y el viernes 1 de mayo fue un día especial en el caserío. El aspecto del barrio no es para nada el de uno vacío. Todo lo contrario. Hombres y mujeres cargan enseres para preparar el día grande y se esfuerzan para que la plaza, coronada por una ermita, luzca sus mejores galas.

Amaro acude a la llamada de su madre, Meyi Santana, que tira del carro. Es pizpireta y espabilada, es líder. Los hombres la siguen para los preparativos y conduce un coche muy grande, como su espíritu luchador. Ese que hace que las fiestas no se pierdan en el caserío de sus suegros. Queda muy poca gente viviendo allí y todos son mayores. Los que preparan la festividad de San José no residen ya, pero sí que nacieron o tienen algún vínculo. Algo fundamental para puntos geográficos como este: se van, pero no lo abandonan del todo.

Amaro sirve de portavoz de sus abuelos, porque Benigno ya no está y a Saturnina, tras su pérdida, no le apetece hablar demasiado del lugar. El nieto conoce perfectamente todos y cada uno de los rincones de Catalanes. Es una enseñanza de su abuelo, que lo llevó a todos lados. "A mí me parece una labor encomiable que mis abuelos decidieran quedarse aquí", reconoce. Empieza a enumerar a todos y cada uno de los vecinos de sus antecesores que se fueron a Las Mercedes, a El Sobradillo o a otros lugares de Tenerife. Señala al núcleo lagunero más cercano como el sitio preferido para emigrar. "Es como irse a la ciudad, pero sin estar muy lejos de la raíz", define alongado a la barandilla con vistas a la casa de su abuela.

Está hundida en el valle. Y hasta allí llega la carretera, pero reivindica un hecho: "Si mi abuela necesita ir a un médico, ir a la farmacia porque se le acaba un tratamiento o cualquier otro tipo de trámite necesita a alguno de sus hijos. Todos trabajan y, aunque nunca está sola, echamos en falta algún tipo de servicio de transporte para personas como ella", explica. Cree que el servicio a demanda sería el modelo ideal para paliar ese déficit. Se acuerda entonces de Maruca, otra longeva vecina que vive casi recluida detrás de un lomo que se divisa desde donde el joven defiende los intereses del pueblo de sus abuelos. Habla de ella con mucho cariño. No vive sola, la acompaña Pablo, que tiene un 4x4, porque si no "llegar hasta allí sería muy difícil".

En ocasiones, el discurso de Amaro se entristece, porque piensa en la posibilidad de que en algún momento, en el futuro, Catalanes se quede vacío de verdad. Menciona que uno de sus tíos, que decidió quedarse allí, acaba de ser padre y tiene un bebé de meses. Es la persona más joven de Catalanes con diferencia.

Está prácticamente prohibido construir

Una de las problemáticas más graves del caserío es la prohibición de construir. Es común en toda Anaga por las figuras de alta protección medioambiental. Sus habitantes son dueños de los terrenos, pero no está permitido ampliar viviendas ni hacerlas nuevas. Eso los expulsa con el consecuente vacío demográfico. "Si no podemos vivir aquí, no nos queda otra que marcharnos", destaca Siverio Santana. Es muy difícil permanecer y buscar el equilibrio, es una tarea pendiente de las administraciones públicas si no quieren que los locales se marchen. Es un argumento compartido por los vecinos del Macizo.

La gran mayoría de las viviendas de Catalanes eran cuevas. "Si te fijas, todas las casas dan a una parte trasera que son cuevas. La de mi abuela tiene construida esa parte delante, pero realmente es una cueva", aclara Siverio Santana. Habla del aprovechamiento de la poca infraestructura que había en la época de sus abuelos y recuerda que cuando se casaron vivieron en una cueva durante más de un año. "Después, con mucho esfuerzo, compraron y construyeron", explica.

La agricultura y la ganadería eran las principales actividades económicas del caserío. Ahora, ya solo quedan algunas cabras y el cultivo es para autoconsumo. "A mi abuelo le encantaba el pastoreo, era su pasión. Pero realmente era cabuquero, trabajaba en la construcción de galerías de agua", comenta el joven. Su abuela montó una pequeña venta que sustentaba, sobre todo, a los cazadores los jueves y domingos. Terminó convirtiéndose en el bar de su tío, el lugar que recoge la vida social del barrio. Había varios puntos más donde suministrarse de lo básico.

El médico en La Laguna, aunque pertenezca a Santa Cruz

La atención médica de Saturnina está en La Laguna, a pesar de pertenecer a Santa Cruz de Tenerife. No acude a ningún consultorio cercano, como hacen en otros puntos del Parque Rural de Anaga. Por otro lado, en Catalanes hay buena cobertura, a pesar de estar en medio del valle. "Hace unos años no iba nada bien, pero se ve que pusieron algún repetidor más porque hay bastante servicio", deduce el nieto.

El joven portavoz pasaba largas temporadas en vacaciones en Catalanes. "Me encantaba estar con mis abuelos. Estaba como temporadas de 15 días en verano y también venía casi todos los fines de semana", confiesa entusiasmado. Aunque la tristeza inunde la conversación, porque intuye que Catalanes está al borde del vacío poblacional, hay esperanza. Está en las manos y la voz contundente de su madre, de los vecinos que acuden a la llamada de las fiestas de San José Obrero, en el nacimiento de su primo, en las puertas abiertas del bar de su tío y en la petición honesta de su abuela: "Nosotros estamos aquí porque ella nos pide que no dejemos morir esto. Es su legado y el de mi abuelo. Es la decisión que tomaron, es el esfuerzo por quedarse aquí y vivir en Catalanes. Es una labor encomiable", reitera emocionado.

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