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El Cresal en Santa Cruz: la vida al margen

Sin luz y sin agua en pleno siglo XXI, pero con unas vistas y un paraje privilegiado que producen amnesia temporal por la falta de servicios. Unos 15 habitantes resisten en este caserío de la Anaga santacrucera

Tenerife Vaciada -  El Cresal

Arturo Jiménez

Leticia Dorta Lemus

Leticia Dorta Lemus

Santa Cruz de Tenerife

Los márgenes son lugares en los que también abunda la vida y donde se disfruta de ella. El Cresal, en la Anaga de Santa Cruz, puede definirse así: una arista, un borde en el que columpiarse, ser un equilibrista. Allí siempre se sale adelante a pesar de no tener agua y luz. Esta es la principal demanda de uno de sus 15 vecinos permanentes, apunta Pedro Pérez. La falta de servicios tan esenciales como el agua potable los margina, los deja en el borde columpiándose y los convierte en equilibristas de la cotidianeidad.

Pero la simple pregunta sobre cómo se vive en El Cresal aparta cualquier nube gris del cielo del caserío. "Aquí se vive muy bien, hay mucha tranquilidad", dice Pérez sonriente y con el pecho hinchado de orgullo patrio. El paisaje es sobrecogedor: las montañas se dibujan con unas formas geométricas caprichosas, dignas de hacer, una vez más, malabarismos sobre ellas. Se hunden en el abismo, cuyo fondo es un barranco en el que la última explotación ganadera de cabras del lugar desciende en busca de agua para beber. A veces no queda otra alternativa que hacerlo por la falta de suministro.

Este pequeño núcleo santacrucero está a unos 12 kilómetros de San Andrés. Allí es donde Pedro y sus vecinos realizan sus tareas más rutinarias. Van al médico, a comprar al supermercado unas dos veces a la semana, a la farmacia o a cualquier tipo de gestión diaria. La costa se divisa perfectamente desde El Cresal una vez que la bruma de la mañana decide irse. Sale un poco el sol y el verde de la laurisilva brilla con intensidad.

Pérez es de El Cresal de toda la vida. Es alto y erguido. Su postura denota seguridad al andar por el terreno que le vio crecer. Se apasiona en el discurso reivindicativo hasta llegar casi a enfadarse. Estuvo viendo un tiempo en San Andrés, pero decidió arreglar una casa de sus padres para trasladarse allí de manera permanente. Muestra contento su particular paraíso. Es una vivienda con todas las comodidades necesarias. La corriente eléctrica la solventa con placas solares y el agua a través de cubas que compran entre los vecinos o depósitos y aljibes que acumulan la lluvia. Y no solo la que cae del cielo, sino también esa que llega y se posa en el ancestral bosque canario de manera horizontal. "Atrapamos el agua que se queda en los brezos por la bruma. Les ponemos planchas y canales metidos debajo de los árboles. Era algo que hacía también mi padre", explica. Pura supervivencia.

Decidió mudarse hasta este recóndito lugar porque le gusta el cultivo, "me gusta plantar las papas y somos gente de campo. Nos gusta", define. Tiene claro que los jóvenes se quedarían a vivir en el caserío si no fuera por la falta de servicios. "La gente se marchó de aquí aburrida de los organismos. Antes vivían como 50 ó 60 familias. Es cierto que ahora vienen muchos los fines de semana, pero fijos ya somos muy pocos", narra con cierta decepción. No obstante, la sonrisa se le vuelve a dibujar en la cara al preguntarle por los recuerdos de su infancia en El Cresal. Sus cinco hermanas y sus primos salen constantemente en el relato de sus hazañas y juegos infantiles. "Era muy divertido. Todo el mundo iba a plantar papas. Compartíamos todo con los vecinos. A veces comíamos en una casa o en otra y siempre unidos. Éramos una familia", se regocija.

Futuro incierto

El futuro de El Cresal es algo incierto por la escasez de personas jóvenes viviendo allí. "Quedan dos o tres", cuenta Pérez. Cree que si los servicios estuvieran garantizados, la juventud optaría por vivir allí. "Aquí se está muy bien, te despiertas todas las mañanas con los pajaritos y las vistas son preciosas", valora y explica que su única hija pasa algunos fines de semana con él allí y lo disfruta mucho. En cuanto a la gente mayor, aclara que en el caso de que necesiten cualquier tipo de ayuda, bien sea comprar algo o transporte, colaboran los unos a los otros.

El acceso hasta el pequeño barrio es propio de una finca privada. En la carretera hacia Taganana, justo antes de un apartadero desde el que se sube a un improvisado mirador, se encuentra un pequeño desvío hacia la derecha que tiene una cadena puesta. Solo los vecinos de El Cresal tienen la llave para quitarla y evitar el paso de vehículos ajenos. Según Pedro, con el acceso no tienen inconvenientes a pesar de ser una pista que mezcla tierra y cemento. "La pista es privada y no tenemos mayor dificultad de encargarnos de su mantenimiento", asegura. Lo cierto es que teniendo que autosuministrarse luz y agua, tampoco les parece demasiado ocuparse de la entrada. También señala con cierto enfado que a pesar de pagar los impuestos de la basura, no tienen ningún contenedor cercano en el que depositarla. "El que nos queda más cerca está a unos cinco kilómetros en coche", dice.

Idilio paisajístico

El idilio del paisaje es fuerte, pero no tanto como para que Pedro Pérez olvide la principal demanda de El Cresal. Su queja por un servicio imprescindible es desesperada y lucha constantemente por hacerse oír para que el Ayuntamiento de Santa Cruz les instale el suministro de agua. "La gente de la ciudad no se puede olvidar de que comen gracias a gente como nosotros, a la gente de campo", sostiene férreamente. Se muestra contrariado con la declaración del Parque Rural de Anaga como Reserva de la Biosfera y está de acuerdo con la gran mayoría de habitantes del Macizo en que «después de la declaración funciona todo peor. Hay un bloqueo tremendo", refiriéndose a la zona de la Cruz del Carmen.

No es nada sencillo vivir al margen. No es fácil resistir en un lugar como El Cresal porque el paisaje no lo es todo. Sin agua y sin luz, este caserío de la Anaga santacrucera sobrevive en el siglo XXI. La pregunta es: ¿Cuánto tiempo más aguantarán viviendo en estas condiciones?

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