Gente con historia
Ruyman Afonso: vuelta a Tenerife del educador social
Ruyman Afonso Higuera (Santa Cruz de Tenerife, 1975) habla de la educación social desde la comunidad del colegio y del barrio. Animador sociocultural y mediador, lleva más de una década trabajando de forma continuada en centros educativos y casi veinte años acompañando procesos comunitarios por todo Tenerife

Ruyman Afonso, el pasado viernes en la plaza de San Fernando de Duggi. / María Pisaca
Hay personas que ejercen un oficio y otras que encarnan una manera de estar en el mundo. En Ruyman Afonso Higuera ambas cosas van de la mano. Con raíces profundas en Santa Cruz de Tenerife y también en el interior de la Isla, su trayectoria personal y profesional parece construida sobre una misma idea constante, la de acompañar.
Hijo de Hermógenes, el mítico investigador y político nacionalista Hupalupa, y de María Amparo, se reconoce heredero de ambos. De su padre, figura conocida de la vida pública chicharrera, arrastra una huella inevitable. De su madre reivindica la capacidad de mediar, conciliar y sostener puentes en medio de las diferencias. En su relato familiar hay campo y ciudad, memoria y pertenencia, una raíz que ha influido en su forma de entender a las personas, los tiempos, la crianza y los cuidados.
La familia heredada, que incluye a sus hermanas Yaiza y Chaxiraxi, y la familia construida. Su mujer, María José, maestra de Aulas Enclave, sus hijas, Paola y Patricia , y sus nietas, Aisha y Briana. Esta dimensión personal enlaza de forma natural con su perfil profesional como educador social, aunque él prefiere definirse con palabras menos rígidas: mediador, acompañante, presencia...
No se atribuye el papel de orientador en el sentido académico. Lo suyo tiene más que ver con crear vínculo, con estar en la entrada, en la salida, en el recreo, en el pasillo, en ese espacio donde muchas veces se juega de verdad la relación con un niño o con una familia. Ahí sitúa el corazón de su trabajo. En un tiempo en el que los centros educativos ya no son solo espacios de instrucción, sino también lugares de referencia social, defiende la presencia del educador social como figura preventiva y no solo reactiva. No se trata de intervenir cuando el conflicto ya estalló, sino de detectar , escuchar y estar antes. El vínculo, insiste, es la base de todo.
Experiencia en la Isla
Su experiencia se ha desarrollado sobre todo en el área metropolitana, aunque también ha trabajado en el sur. Ese recorrido le permite hacer una lectura social de Tenerife marcada por desigualdades que se repiten. Ve en el sur una realidad muy condicionada por la dependencia del turismo y por las condiciones laborales precarias de muchas familias, sometidas a horarios extremos y con poco tiempo de calidad para sus hijos.
No lo plantea desde el juicio, sino desde la constatación. Sería injusto, dice, hablar de negligencia cuando muchas veces lo que hay es supervivencia. Muchas familias no eligen estar ausentes sino que están atrapadas en una estructura económica y eso repercute en la infancia, en los cuidados y en la estabilidad emocional de los menores.
Ruyman conoce de cerca esa realidad. Ha visto niños y adolescentes crecer en entornos de baja expectativa. Ahí coloca uno de los nudos de su reflexión: el problema no es solo la pobreza económica, sino también de horizontes. Salir de ese círculo «es uno de los grandes retos sociales de Canarias».
Dentro y fuera del aula
Por eso su trabajo no se agota en el aula. Tiene una dimensión comunitaria muy marcada. En centros como el Betancourt y Molina, de Barranco Grande, su jornada comienza leyendo el pulso del día junto a docentes, equipo directivo y personal del centro. Hay planificación, pero también capacidad de respuesta ante lo imprevisto: recibir a los niños, atender a una familia que espera o escuchar a tiempo.
A esa lógica responden proyectos que impulsa –junto a otros compañeros– como Birmagen o Tenique, iniciativas con las que busca reconstruir espacios de encuentro entre familias, infancia y comunidad, fortalecer vínculos y abrir oportunidades de participación real. También recuerda experiencias ejemplares, como la del CEIP Isaac de Vega, en San Isidro, donde la música del timple y el trabajo de Daura, la profesora, ha servido para integrar a alumnado de distintos orígenes culturales, o la recuperación después de años el próximo 15 de mayo de la fiesta de Barranco Grande, en el Suroeste de la capital, como forma de reconstruir comunidad.
Defiende la escuela como un espacio de vínculo, de comunidad y de prevención social
Cuando se le pregunta por el conflicto, responde sin grandilocuencia. No presume de salvar vidas ni se presenta como un héroe. Sabe que no todos los procesos salen bien, que no siempre se consigue el giro deseado, pero tampoco lo vive como un fracaso total. Mientras haya tiempo, juventud y vínculo, cree que siempre queda margen para cambiar.
Primero entender y luego acompañar
Su manera de situarse parte de primero entender y luego acompañar. No imponer, sino comprender. No mandar desde arriba, sino construir desde la confianza. En tiempos dominados por las redes sociales y la velocidad, se adapta a los códigos sin renunciar a la esencia de su trabajo: escuchar, acompañar y ofrecer referencia.
En el fondo, su perfil profesional y su perfil humano son inseparables. Está el educador social, sí, pero también el hombre de familia y el heredero de una forma de entender la vida. Por eso, cuando piensa en Tenerife y en Canarias, lo hace siempre desde una misma convicción: construir comunidad para que los niños y niñas no crezcan solos, para que las familias encuentren apoyo y para que la escuela sea mucho más que un lugar donde se imparten contenidos.
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