Patrimonio histórico
El misterio del cañón de dos metros de Tenerife: ¿de finales del siglo XVI o del XVIII?
El hallazgo de un antiguo cañón durante las obras de ampliación del Cabildo devuelve al primer plano una parte enterrada de la historia de Santa Cruz. Para el experto Carlos Pallés la pieza puede aportar tanto por su posible datación como por el lugar en el que apareció: un litoral desaparecido bajo rellenos, avenidas y décadas de transformaciones urbanas.

Carlos Pallés, el pasado viernes en el Museo de la Naturaleza y la Arqueología (MUNA) / Andrés Gutiérrez
Arquitecto, fotógrafo y presidente de la Tertulia Amigos del 25 de Julio, además de director científico de Museos de Tenerife desde hace un año, Carlos Pallés Darias (Santa Cruz, 1964) insiste en que habla a título personal, pero su lectura del hallazgo de una pieza de artillería de más de dos metros de largo y tres toneladas de peso en las obras de ampliación del Cabildo resulta especialmente valiosa. A la espera de los informes de Patrimonio Histórico, apunta dos grandes hipótesis sobre la procedencia del cañón, una del tiempo de Felipe II, a fnales del siglo XVI, y otra del siglo XVIII borbónico, además de subrayar que el descubrimiento permite volver a contar cómo Santa Cruz fue plaza fuerte, puerto estratégico y una ciudad que acabó borrando por completo su costa original.
Carlos Pallés habla con la cautela de quien conoce bien el peso de cada palabra en materia patrimonial. Apasionado estudioso de la historia de su ciudad, aunque reitera que su valoración es estrictamente personal y no oficial, su voz se convierte en una de las más autorizadas para interpretar el hallazgo del antiguo cañón aparecido en las obras de ampliación del Cabildo.
Lo primero que aclara es que no se trata, en principio, de un hallazgo arqueológico en sentido estricto, sino de un hallazgo histórico. La diferencia no es menor. La intervención inmediata corresponde a Patrimonio Histórico del Cabildo Insular, unidad encargada de determinar la entidad de la pieza, el alcance de la protección y los pasos a seguir. Hasta entonces, la norma es clara: detener la actuación sobre ese punto concreto, no mover el objeto y conservar intacta toda la información que ofrece su posición original.
La pieza y el contexto
Porque, explica Pallés, en este tipo de hallazgos importa tanto la pieza como el contexto. Saber si el cañón apareció clavado, volcado, desplazado o semienterrado ayuda a reconstruir qué ocurrió. Moverlo prematuramente significa perder datos esenciales sobre el terreno, el material que lo rodea y las circunstancias en que quedó depositado allí.
La aparición del cañón, sin embargo, no resulta del todo sorprendente. En una ciudad como Santa Cruz, marcada durante siglos por su condición de plaza fortificada, era esperable que siguieran apareciendo restos ligados a la defensa costera. Lo excepcional, matiza, no es tanto encontrar artillería en una franja litoral históricamente militarizada como dar con una pieza de estas dimensiones: un cañón largo, de casi dos metros, que podría rondar entre los 2.000 y 3.000 kilos de peso.
Y ahí entra una de las claves de su interpretación: un cañón así no se extravía con facilidad. Eran piezas muy costosas, muy pesadas y perfectamente inventariadas por los ingenieros militares. En tierra, sostiene, resulta difícil pensar que una pieza de ese calibre pudiera perderse sin más. Por eso una de las hipótesis que considera más plausibles es que cayera al mar o a la costa durante una operación de desembarco o traslado y que, con el paso del tiempo, quedara sepultado bajo rellenos posteriores.
'Reconstruir' el antiguo litoral
Ese detalle conduce directamente al valor más evocador del hallazgo: la posibilidad de reconstruir la antigua geografía litoral de Santa Cruz. El lugar donde apareció el cañón coincide con el entorno de la antigua caleta de Blas Díaz, una zona hoy completamente transformada. El actual frente urbano, recuerda Pallés, está levantado sobre rellenos sucesivos. “No queda ni un metro de costa original”, viene a resumir en una de las ideas más potentes de su reflexión.
El Palacio Insular y buena parte de su entorno ocupan espacios que antes fueron caletas, taludes, desembarcaderos o líneas de defensa. Por eso, determinar si el cañón cayó en la costa, si rodó por la ladera o si quedó atrapado en una antigua ensenada puede aportar tanto o más que la propia identificación de la pieza. No solo hablaría del arma, sino de la manera en que se movían, desembarcaban y utilizaban estos ingenios en siglos pasados.
Pallés detalla que descargar un cañón desde un galeón o un barco de vela era una operación de enorme complejidad. No existían muelles preparados ni grúas como las actuales. Las piezas se izaban mediante roldanas, se bajaban a embarcaciones menores y se trasladaban hasta la orilla en condiciones de mar muchas veces difíciles. En una costa abrupta como la de Santa Cruz, con oleaje, callaos y fondos irregulares, cualquier maniobra implicaba un alto riesgo. Desde ese punto de vista, el hallazgo abre una ventana fascinante para contar cómo funcionaba la logística militar de una plaza atlántica en la Edad Moderna.
No hay datación todavía
Sobre la datación, evita pronunciamientos concluyentes. No hay aún informe definitivo. Pero sí apunta dos grandes posibilidades a partir de las primeras observaciones. La primera remite a finales del siglo XVI, en tiempos de Felipe II, cuando la Corona adquirió en Inglaterra un importante lote de cañones de hierro colado para reforzar las defensas costeras del imperio. La segunda sitúa la pieza en torno a mediados del siglo XVIII, dentro del proceso de refuerzo borbónico de las fortificaciones insulares, con envíos documentados a Tenerife en 1758, según demuestra el trabajo del general Emilio Abad Ripoll, miembro de la Tertulia de Amigos del 25 de Julio.
La diferencia entre una y otra opción sería notable. Si el cañón perteneciera a la serie de Felipe II, su interés histórico sería muy alto, porque se trataría de una tipología más singular y escasamente conservada. Si, por el contrario, formara parte de los lotes del siglo XVIII, seguiría siendo una pieza valiosa, pero con menor singularidad, ya que de ese periodo existen más ejemplares y algunos en mejor estado de conservación.
El material también ofrece pistas. Todo apunta, en una primera apreciación, a un cañón de hierro colado y no de bronce. Esa característica es relevante porque los cañones de bronce, más habituales en la producción española de ciertas épocas, suelen presentar decoración, inscripciones o elementos ornamentales. En este caso, el fuerte nivel de corrosión impide distinguir marcas, letras o emblemas, lo que complica una identificación más precisa a simple vista.
Un emplazamiento lógico
Mientras llegan los informes técnicos, la obra continúa. El protocolo activado no implica necesariamente una paralización completa, sino una evaluación del hallazgo y de su alcance patrimonial. Será Patrimonio Histórico quien determine qué administración asume la conservación de la pieza y cuál será su destino final. Si acabara en el ámbito de Museos de Tenerife, Pallés apunta que las ruinas del castillo de San Cristóbal serían un emplazamiento lógico, especialmente por su relación directa con la historia defensiva de la ciudad.
Pero más allá de su ubicación futura, el director científico de Museos de Tenerife cree que el verdadero valor del hallazgo reside en su capacidad para activar una reflexión más amplia sobre Santa Cruz. Sobre su pasado como puerto real y plaza fuerte, enclave decisivo en la ruta atlántica del imperio, y sobre la transformación radical de su frente marítimo. A su juicio, pocas ciudades han alterado tanto su litoral y han borrado con tanta intensidad las huellas físicas de su historia.
En esa lectura, el cañón funciona casi como una metáfora. Una pieza militar surgida bajo las obras contemporáneas, en una ciudad que durante siglos vivió entre el comercio y la defensa, y que después, empujada por distintas etapas de desarrollismo, fue destruyendo buena parte de su memoria material. Pallés lamenta que Santa Cruz no conserve hoy su antigua ribera, sus baterías y sus castillos en la dimensión en que pudo haberlos preservado. Y advierte de que ese proceso no respondió a una catástrofe natural o bélica, sino a decisiones humanas, urbanísticas y políticas.
Por eso, este hallazgo ha despertado tanto interés. No solo por el objeto en sí, sino porque obliga a mirar hacia abajo y hacia atrás. Hacia la costa que ya no existe, hacia la ciudad fortificada que fue y hacia una historia que, pese a todo, sigue emergiendo entre los cimientos del presente.
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