Bejía en La Laguna: cuidar la raíz
El pintoresco núcleo enamora con el verde intenso de sus lomos y las profundidades habitadas. Un renacido colectivo vecinal lo defiende

Arturo Jiménez
Un hombre que porta una manta esperancera se asoma por la carretera con el cambio de rasante. Le acompaña un perro. La estampa es digna de secuencia de película costumbrista de la Tenerife de los años 40 del siglo XX. Pero no es ficción ni una escena antigua. Es realidad, es 2026 y el escenario es Bejía, un núcleo situado en las profundidades de la Anaga lagunera. Está muy cerca de El Batán y cuenta con algo más de una decena de habitantes permanentes.
El barrio es idílico: lomos pintados de un verde intenso, casas a la sombra de grandes nispereros o algunas viviendas también encaramadas al acantilado que está trazado por caminos con destino Punta del Hidalgo. Nérida Pérez González se crió en Bejía. Su madre y su hermana viven allí y sus sobrinas son las niñas más pequeñas del lugar. Tiene el pelo rubio y los ojos claros además de una fuerte convicción: cuidar la raíz. Es la presidenta de la asociación de vecinos, un colectivo que renace tras un tiempo algo adormitado. Quiere reivindicar el cuidado por su origen y no está sola en esto. Sus hijos la acompañan y también todos los vecinos, que aunque ya no viven allí como ella, vienen prácticamente a diario para cuidar la huerta, darle una vuelta a la casa o visitar a su familia. "Es importante mantener las raíces", afirma sentada entre los helechos del patio de su vecina Mari Luz Rojas Marrero.
No es solo ser de Bejía, sino nacer allí
La propietaria de la estancia presume: ya no es que sea de Bejía de toda la vida, sino que "yo nací aquí, en esta casa". Su marido, Jesús, es el que llevaba elegantemente la manta esperancera. Rojas Marrero está preparando el almuerzo para su sobrino, que está "trabajando en la viña. Le estoy haciendo unas papitas guisadas con pescado", anuncia. Tubérculos que son de su propia cosecha. "Estaba pensando en plantar unas morrallas, pero ahora la tierra está muy mojada y no salen buenas", le comenta Mari Luz a Nérida. La relación entre vecinas es cómplice y las miradas lo delatan. Mari Luz es menuda y tiene unas argollas de oro que hablan de la sencillez de toda una vida dedicada al campo. "Antes aquí cultivábamos de todo: trigo, papas, cebada… y queso había a montones", destaca y lamenta que ya solo quedan un par de cabras.
Una de las principales demandas de Nérida Pérez como líder vecinal es la reparación de la carretera de acceso al barrio y que el transporte público llegue de alguna manera a Bejía. Nunca ha llegado hasta allí. "Por ejemplo, si Mari Luz, que no tiene coche, quiere coger la guagua tiene que subir hasta la entrada y es un tramo caminando. Queremos que haya algún tipo de servicio de taxi a demanda, sobre todo para la gente que no tiene manera de trasladarse", explica. La vecina de Pérez vive al inicio, pero hay más vecinos que viven en las profundidades, mucho más abajo. En cuanto a la vía de acceso, la presidenta del colectivo vecinal recuerda que se asfaltó hace más de 30 años y desde entonces "no se le ha hecho nada más. Con el paso del tiempo, hay zonas que ya están mal cuando llueve. Hay un proyecto y queremos que salga adelante", demanda.
Pérez asegura que la relación con el Ayuntamiento de La Laguna es buena. "Lo único es que debes estar constantemente pidiendo. No te puedes acomodar", argumenta. No siente que Bejía esté olvidada por el Consistorio, pero sí que la actitud debe de ser siempre de demandar. "Las comunicaciones han mejorado mucho y son más fluidas. Antes pasaba cualquier cosa y tenías que estarle diciendo al vecino que a lo mejor pasaba por La Laguna que dijera lo que pasó para que se atendiera la demanda", recuerda. La era de la comunicación no es ajena a lugares como Bejía, pero sí que hay muchas cuestiones que mejorar.

Tenerife vaciada: Bejía, en La Laguna / Rafael Arturo Jiménez Rivero / ELD
Agricultura adaptada a los tiempos que corren
La líder vecinal quiere facilitar las labores de la tierra: "Queremos mejorar los accesos a las huertas y la calidad de vida de las personas que quieren mantenerlas. No arar la tierra como se hacía antes a mano, con una azada, sino que sea posible meter un pequeño tractor o una oruga. Que te alivie algo el trabajo", manifiesta y habla de que "Bejía está en el campo, pues queremos mejoras también en relación a la zona agrícola". Es realista y tiene claro que hay otras cuestiones que no están al alcance del barrio por la zona en la que se encuentran.
Una particularidad del caserío de Bejía es la ausencia de plaza y ermita, algo que se encuentra en cualquier pueblo de Tenerife. Al estar siempre vinculados a El Batán, allí están esas infraestructuras. Mari Luz Rojas también recuerda con nostalgia los bailes y fiestas que disfrutaba en el barrio vecino además de su panadería. Se encargó de repartir el pan por los barrios caminando durante varios años. "¡Ay qué pan más bueno! De leña. La panadería está allí, pero el panadero no", suspira. Para la de Bejía ambos núcleos "son casi lo mismo".

Tenerife vaciada: Bejía, en La Laguna / Rafael Arturo Jiménez Rivero / ELD
La raíz de Mari Luz siempre estuvo en Bejía aunque vivió dos años en Punta del Hidalgo aprendiendo a coser. "Ya no coso porque me duele la cabeza por la vista", justifica. Cosía de todo, incluso sus propias ropas para ir a las fiestas de El Batán. Al hablar de eso se sonríe orgullosa. Y la satisfacción se comparte. Porque a Nérida se le nota que defender y cuidar la raíz está entre sus prioridades. Muestra los encantos de Bejía a través de sus personas y sus enclaves más peculiares, como el volcán de Las Rosas: "Tenemos el último volcán de Anaga", señala hacia la montaña desde un mirador al que se llega por la pista más profunda del barrio. Explica con entusiasmo cómo esa erupción fue la culpable de la formación de la plataforma que acoge hoy a la Punta del Hidalgo, que se deja entrever entre los picos perfilados del Macizo junto a un fondo azul marino confundido entre el mar y el cielo.
Lugares recónditos
El turismo también llega a lugares tan recónditos como Bejía. Muchos senderistas recorren sus caminos a diario y un extranjero compró una propiedad que alquila como vivienda vacacional. No obstante, él está integrado en el barrio y colabora con lo que haga falta. Es cuestión de actitud. Esa que empuja los montacargas públicos o privados del barrio para salvar las pendientes y facilitar el peso de la vida cotidiana. Y estos artilugios no son algo del siglo XXI, sino de mucho antes. Cuando en Bejía vivían más de 50 personas y Nérida vivía su niñez con alegría, aunque la luz llegara cuando ella tenía ocho años, hace ya otros 40.
Sin transporte público, sin plaza, sin ermita, sin servicio médico -deben acudir los terceros miércoles de cada mes a El Batán- y sin supermercado. Pero con un alto sentimiento de pertenencia y de amor por el terruño. ¿Qué es más importante para la protección de un lugar? ¿Lo que se tiene o cómo se siente? Seguro que Nérida Pérez, la encargada de despertar al colectivo vecinal de su letargo, escogería la segunda opción.
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