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Ifonche en Adeje: el valor del origen

El orgullo de pertenecer a Ifonche es el motor que construye la vida en el caserío de Adeje. Lejos del bullicio turístico y de la imagen habitual del sur de Tenerife, se encuentra este remanso de paz

Leticia Dorta Lemus

Leticia Dorta Lemus

Adeje

Sentir que perteneces tanto a un lugar se clava fuerte en el alma. Se defiende y duele cuando se maltrata o se ignora. Esto le pasa a Virginia Jorge Rodríguez, de ojos vivarachos y mirada intensa. Es de Ifonche, un pequeño núcleo de las medianías de Adeje que está muy próximo a Vilaflor. Es parte de ese sur de Tenerife poco conocido y que nada tiene que ver con la imagen turística habitual. Al llegar, si accede desde La Escalona, el pinar se hunde en una carretera sinuosa e idílica que traslada al visitante a lo que queda de una isla genuina. Está dentro de la Reserva Natural Especial del Barranco del Infierno, la Corona Forestal y, también, del paisaje protegido de Ifonche.

A Virginia Jorge le salen las lágrimas al decir que es «de aquí de toda la vida». Comparte su pasión por el caserío con toda su familia, que regenta el restaurante El Dornajo. Es de lo poco que se ve en los alrededores del lugar. Son unos 20 vecinos habitando este caserío de manera permanente -el censo oficial habla del doble en 2020-, pero el turismo llega cada vez más ocasionando algunos problemas de convivencia. De momento, lo gestionan con paciencia y no supone un problema para ellos. Solo hay una casa dedicada al alquiler vacacional. En Semana Santa El Dornajo permanece cerrado para descansar. Para cualquier otro momento, la recomendación es pedir la especialidad: conejo y escaldón. Cierran los jueves y domingos.

La especialidad de El Dornajo

Maura Paula Rodríguez Oliva es tía de Virginia. Cuenta, con mucha paciencia y tranquilidad, que el restaurante comenzó como un punto de venta de agua. «En aquel momento, no había como la hay ahora y pensamos que sería buena idea ponernos a vender agua en garrafones para los extranjeros», declara. A mitad del siglo XX, aproximadamente, esa semilla acuosa y sin techo dio paso a un pequeño chiringuito. «La especialidad es el conejo frito con cebolla y ajo porque un cazador vino un día a pedir si podíamos cocinarle un conejo que había cazado. Desde ese entonces, fuimos creciendo. Antes te dejaban trabajar, no como ahora», dice Rodríguez Oliva, quien mira a los techos del establecimiento. Se queja de toda la burocracia actual para realizar cualquier obra o para aprovechar la tierra, incluso.

Maura Paula Rodríguez junto a su nieto Raúl García.

Maura Paula Rodríguez junto a su nieto Raúl García. / Arturo Jiménez

Su nieto, Raúl García Hernández, la mira con atención y admiración. Es risueño y se nota que le entusiasma escuchar cómo habla su abuela. Maura desprende el aire propio de una matriarca, de una persona trabajadora y que vela por los intereses de los suyos. Todos los que trabajan en el restaurante son familia: hijos, sobrinos, nietos, tíos, padres… Esa relación se traslada también a Ifonche, ya que la gran mayoría de sus habitantes guardan algún tipo de parentesco. El nieto de Maura tiene 27 años. Aunque salió de Ifonche en varias ocasiones para estudiar, tiene claro que le gusta vivir allí. «Hay pequeños detalles que me tiran. El hecho de que el panadero te deje el pan en la puerta de tu casa y puedas dejarle los dos euros en la bolsa es algo que no puedes hacer en muchos lugares ya. Encima, con un pan bueno», detalla. En Ifonche se vive con mucha tranquilidad. Para algunos asuntos, con demasiada calma, tal vez.

Sin transporte público

Hasta Ifonche no llega el transporte público. La parada de guaguas más cercana se encuentra en La Escalona, a tres kilómetros de camino a pie por una carretera -la misma que asombra por el paisaje del pinar- que no tiene acera ni arcén. Y, además, la frecuencia del transporte que llega hasta ese punto es muy baja. «Aquí, o tienes coche o es muy complicado moverse», dice Maura. Algo que sostiene su nieto Raúl, quien tuvo que sacarse la licencia de moto a los 16 años para ganar algo de independencia y autonomía. Lo más sorprendente es que esta situación no ha cambiado nada desde que Virginia, a punto de cumplir 48 años, estudiaba. «Como tenía que ir al instituto en la costa, me iba entre semana a casa de un familiar en Los Cristianos. Si no, tenía que ir caminando todos los días hasta La Escalona o depender de alguien que me acercara hasta la parada de guaguas», recuerda. Es increíble que no exista la posibilidad de llegar hasta Ifonche en transporte público en pleno siglo XXI.

A 15 minutos de Vilaflor

No tienen supermercado, ni farmacia. Para estos servicios van a La Escalona. Tampoco hay colegio, no lo hubo nunca. Los niños que quedan en Ifonche van al colegio a Vilaflor, aunque el pueblo pertenecen a Adeje. El transporte escolar llega al lugar. Para el médico, Maura acude a Adeje, pero otros miembros de su familia se trasladan a Vilaflor. Si hay cualquier urgencia, sí que van a El Mojón (Arona), al Hospital del Sur. No tienen ermita, ni plaza. Solo hay un pequeño parque en un terreno que la matriarca de El Dornajo cedió al Ayuntamiento de Adeje para la construcción de un pequeño templo en honor al Hermano Pedro. No saben qué pasó con eso y, más allá de provocar el enfado, se ríen de una circunstancia que sería el guion perfecto para una comedia absurda. Son gente tranquila y apacible con la que es fácil hablar largo y tendido sobre lo que significa vivir las medianías sureñas de Tenerife.

Maura Rodríguez Oliva recuerda los tiempos en los que se trabajaba la tierra, en los que la gente del barrio vivía de la pinocha. Ifonche está lleno de bancales y huertas baldías. Vacías de vida, pero perfectamente apiladas en medio del color ocre que caracteriza a la piedra tosca del sur de Tenerife. Fue medianera y cultivó durante mucho tiempo el terreno. Ahora, vuelve a quejarse, «hay que tener muchos títulos para todo», en alusión a los certificados necesarios para abonar o sembrar papas, simplemente.

Ifonche está dejado de la mano de Dios por las administraciones públicas. La prueba es que tardaron más de una semana en arreglar una farola, la Policía no frecuenta el barrio y las calles no están rotuladas, carecen de placa identificativa. Pero vive en la mirada y el candor de Virginia, en las lágrimas que le brotan por el orgullo de pertenecer a este lugar; vive en la experiencia de Maura y el compromiso de su nieto Raúl. Así, Ifonche vivirá eternamente.

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