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Semana Santa

La Laguna se convierte en Jerusalén por un día

La procesión de las palmitas, que recrea la entrada de Jesucristo en Jerusalén a lomos de una burrita, vuelve a transformar el casco histórico de Aguere en un escenario de fe compartida, donde conviven la tradición centenaria, el bullicio de la calle y una forma muy lagunera de abrir la Semana Santa en el Domingo de Ramos.

E.D.Procesión de La Burrita en el casco de La Laguna para abrir la Semana Santa de Aguere.

E.D.Procesión de La Burrita en el casco de La Laguna para abrir la Semana Santa de Aguere. / El Día

La Laguna

Entre palmas, ramas de olivo y un constante trasiego de fieles, vecinos y visitantes, La Laguna revivió este Domingo de Ramos la entrada de Jesucristo en Jerusalén, preámbulo de su Pasión, Muerte y Resurrección. Aguere abrió así su calendario más simbólico, el de la Semana Santa, con la tradicional procesión de las palmitas, que recrea al Señor a lomos de una burra llegando a la capital de los judíos.

Comienzan los días más intensos del año en una ciudad que conjuga tradición, patrimonio y una manera muy propia de entender este acontecimiento. La bendición de palmas y olivos por el obispo de la Diócesis Nivariense de Tenerife, Eloy Santiago, y la posterior eucaristía precedieron a la procesión de La Burrita, que partió de la Catedral poco antes del mediodía. A partir de ahí, el casco histórico volvió a hacer lo que solo hace en contadas fechas del año: cambiar de tiempo sin moverse de sitio.

"¿Cuántas Lagunas hay?" La pregunta se la hace Matías González al llegar desde Valle de Guerra en una mañana fresca y luminosa, de esas en las que el sol va ganándole terreno poco a poco a las nubes. Enseguida se responde él mismo: "Por lo menos tres o cuatro, y aquí hay una". Basta caminar unos minutos por el centro para entenderlo.

Está la Laguna cotidiana, la del comercio y el paseo; la monumental, la de conventos e iglesias; la universitaria, siempre joven; la del deporte, que ayer convivía además con otra cita importante, el debut en casa del Canarias de Patty Mills; la de los barrios más poblados y la costa, en su vieja dicotomía con el centro histórico; la ciudad cultural, patrimonial, abierta y contemporánea. Y está también la que cada año por estas fechas se transmuta en la Jerusalén del siglo I después de Cristo para conmemorar la entrada de Jesús entre palmas y ramos de olivo. Hoy más que nunca con el escenario original sumido en la locura de la guerra.

Pasado y presente

"La vuelta al siglo XVI", dice alguien con retranca al paso de la procesión, entre estandartes, túnicas y el sonido de la banda. Y algo de eso hay. Pero no toda la connotación es negativa. Lo congelado no siempre es malo cuando sirve para traer al presente retazos del pasado, para hacer visible durante unas horas una memoria colectiva que en La Laguna no se exhibe como pieza de museo, sino como una tradición viva. La ciudad se engalana con los clásicos emblemas de la Semana Santa y, lejos de parecer ajena a sí misma, se reconoce en ellos. Así o valoran los cientos de fieles que se acercan a la Catedral.

La del Domingo de Ramos es, además, una celebración de umbral: alegre en la superficie, pero cargada ya del simbolismo de la Pasión que vendrá después. Es el episodio más luminoso antes de los días de mayor recogimiento. Se ve en los niños que agitan sus palmas, en los mayores que observan con emoción contenida, en las familias que ocupan la plaza y las calles aledañas desde mucho antes de la salida. También en quienes, terminada la misa, forman cola ante la Puerta Santa para recoger los tradicionales palmitos.

Comienzan los días más intensos del calendario local entre emoción popular y memoria religiosa

En esa espera se escuchan conversaciones en catalán. Un poco más allá, predominan las frases en francés. También hay voces en inglés e italiano. En catalán, en francés, en inglés o en italiano, el Domingo de Ramos suena distinto según quien lo pronuncie, pero significa lo mismo para todos los creyentes. La procesión de La Burrita vuelve a confirmar que la ciudad no solo convoca a los suyos, sino también a quienes llegan desde fuera y encuentran en esta celebración una forma singular de acercarse a La Laguna.

Es el caso de Margarita y su familia, que pasan unos días en la Isla y aprovecharon su última jornada en Tenerife para conocer el casco histórico de Aguere. Proceden de Aragón, donde la Semana Santa también está muy arraigada, y durante unos minutos compatibilizaron "muy a gusto" el placer del viaje con la devoción de una fecha "tan especial", en una ciudad que, asegura, "nos encanta".

Sentimiento de cofrades

A pie de procesión, entre quienes ayudan a recrear la escena bíblica, Begoña Hernández y Anabel Castilla, caracterizadas en sus vestimentas como parte del pueblo hebreo, explican su papel como algo aprendido desde la infancia. Ambas forman parte de la Cofradía de la Entrada de Jesús en Jerusalén. "Este es nuestro día", resume Begoña. Para ellas, el Domingo de Ramos es una jornada distinta. "Es alegría", apunta Anabel. Begoña lo expresa así: "Es distinto al resto de la Semana Santa, el momento de vitorear la entrada de Jesús frente a la tristeza de los demás días".

En su testimonio aparece otro de los hilos que sostienen esta celebración: la transmisión familiar. "Desde pequeñas hemos asistido a estos actos", aseguran la dos. Begoña recuerda cómo la tradición pasa de generación en generación entre la asistencia al Domingo de Ramos, la preparación previa de las palmas y los talleres donde los más pequeños aprenden a trenzarlas para el día siguiente. La Semana Santa lagunera no solo se contempla; también se hereda.

También forma parte de esa herencia la Banda Sinfónica de Música La Fe, cuya presencia es habitual en las procesiones. Su vicepresidenta, Arancha Marrero, recuerda que acumula más de un siglo de historia y que la preparación para estas fechas dura prácticamente todo el año "para quedar a la altura de lo que es La Laguna", explica. La banda, que ya había acompañado los actos previos desde el Viernes de Dolores –condicionados entonces por la meteorología– volvió a poner sonido a una escena inseparable de la identidad lagunera.

Un alcalde orgulloso

También el alcalde, Luis Yeray Gutiérrez, subraya con orgullo esa condición de espejo colectivo que tiene el Domingo de Ramos para la ciudad. A su juicio, la jornada «escenifica la gran relación que existe entre la Semana Santa y La Laguna», además de convertir las calles del casco en un lugar de encuentro entre ciudadanía, devoción, patrimonio y cultura. Se trata del arranque de una de las grandes citas del calendario local, con capacidad también para atraer a muchos visitantes.

Porque en La Laguna la Semana Santa es religión, pero también es ciudad. Es calle, estética, memoria, identidad.... Es la estampa de los balcones asomados, de los estandartes al viento, de las familias esperando a la puerta de la Catedral, de los músicos afinando, de los niños aprendiendo una liturgia que todavía no saben explicar del todo, pero que reconocen como suya. Mientras avanza la imagen del Señor sobre La Burrita, la mañana termina por abrirse. El sol domina y la procesión gana la calle La Carrera, camino arriba, con la torre de La Concepción al fondo, en una de esas imágenes que resumen la jornada: la ciudad histórica, la fe popular y el ritmo lento de una celebración que parece suspender el tiempo.

A punto de retomar el camino hacia Valle de Guerra, Matías González ya no se pregunta cuántas Lagunas hay. Tiene claro que son muchas, pero al mismo tiempo, solo una.

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