La Tenerife Vaciada
Casas de la Cumbre resiste entre la niebla
El caserío de Anaga pierde población y reclama servicios mientras sus vecinos luchan por recuperar el pulso comunitario con la reapertura del local de El Til y mantienen la memoria viva de los lugares únicos.

María Pisaca
La niebla y la lluvia de la cola de la borrasca Therese reciben al visitante en Casas de la Cumbre como una señal de identidad. Sucede casi siempre. Basta asomarse desde el mirador de Jardina entre ciclistas, senderistas y coches de alquiler aparcados en los márgenes de la TF-12, para entender que este caserío de Anaga vive suspendido entre la belleza del paisaje y las dificultades cotidianas de quienes lo habitan. Diseminadas a uno y otro lado de la carretera, alrededor de un centenar de casas conforman un núcleo que sus vecinos no consideran un barrio, sino un pueblo. Un pueblo que pertenece administrativamente a Santa Cruz de Tenerife, pero que mira al monte y a la memoria para explicarse.
El corazón de Casas de la Cumbre emerge entre la neblina en torno a tres símbolos: la iglesia, el escenario de las fiestas de la Virgen de Guadalupe en agosto y el local social de la asociación de vecinos El Til, recuperado tras años de deterioro y conflictos. Al lado queda la huella de otra época, la de las casas de comida que dieron vida al caserío y hoy son apenas un recuerdo.

Casas de la Cumbre, en Anaga / María Pisaca
La población envejece
Porque Casas de la Cumbre arrastra desde hace años un lento vaciamiento. Donde antes llegaron a vivir más de cien personas, hoy apenas permanecen de forma estable entre 40 y 60, según calculan los propios vecinos. La población envejece, los jóvenes se marchan en busca de trabajo y vivienda y el relevo generacional casi no existe. También el tejido comercial se ha ido apagando. De diez ventas o guachinches que hubo en la zona apenas sobreviven un par, mientras otros nombres históricos han quedado cerrados o convertidos en memoria oral.
En ese paisaje de pérdida y resistencia aparece Fulgencio Ramos, uno de los rostros más reconocibles del caserío. A sus 80 años, habla de Casas de la Cumbre como quien habla de una responsabilidad. Para él no es un barrio, sino un pueblo por el que ha trabajado durante décadas. Estuvo más de 40 años vinculado a la asociación vecinal El Til y repasa los cambios del lugar como quien enumera pequeñas conquistas colectivas: la llegada del agua potable, la mejora de accesos a viviendas, la iglesia, la luz en algunas zonas altas... «Si estás, tienes que trabajar por el pueblo; y si no trabajas, vete», resume como una forma de entender la vida comunitaria.
Pero Fulgencio Ramos también mira con preocupación el presente. El principal síntoma del deterioro es demográfico. Casas de la Cumbre pierde vecinos y acumula ausencias. Él mismo enumera muertes recientes y despedidas con una familiaridad dolorosa. El caserío se vacía poco a poco y con cada casa cerrada pierde también algo de su pulso vital. La identidad de los ‘nombretes’ que tenían todas las familias. La suya es la de los secos por flacos. Pero también estaban los canarios o los Rojas, en este caso por el apellido, muy común en los pueblos del Parque Rural de Anaga.
Carencias impropias del siglo XXI
A todo se suman carencias que sus habitantes consideran impropias del siglo XXI. La más grave, repite Fulgencio, es la falta de alcantarillado. En un núcleo asentado sobre una galería que abastece de agua a buena parte de Anaga, la ausencia de saneamiento se percibe como un riesgo añadido. Los vecinos siguen dependiendo en muchos casos de pozos, con el temor de que las filtraciones puedan afectar a un recurso esencial. La contradicción, a ojos de quienes viven allí, resulta difícil de aceptar, ya que en una zona de donde sale agua para otros puntos del Macizo de Anaga, todavía hay casas que carecen de una red adecuada de saneamiento.

El ‘pulmón’ de La Cumbre lo forman el local de la AV El Til, la iglesia y el escenario de las fiestas. / María Pisaca
La otra gran preocupación es la movilidad. La TF-12, eje vertebrador de Anaga, se ha convertido también en fuente diaria de molestias. La masificación del tráfico, la presencia constante de coches de alquiler, la falta de aparcamientos y algunas actuaciones en la vía que los vecinos consideran mal resueltas han reducido el espacio disponible y agravado la sensación de saturación. Donde antes podían arrimarse vehículos o detenerse residentes, ahora hay tramos cerrados o protegidos con barreras. Los vecinos reclaman aparcamientos, limitación del tráfico turístico y una ordenación que no los deje a ellos en segundo plano en un territorio promocionado precisamente por su atractivo natural.
En medio de ese escenario, la reciente recuperación del local de la asociación de vecinos se vive como una pequeña victoria. El inmueble, que había estado ocupado y sufrió desperfectos y expolio, vuelve a estar disponible para el caserío. El Ayuntamiento entregó las llaves y ya cuenta con luz; falta aún el agua y algunas mejoras, pero sus nuevos responsables confían en que pueda convertirse otra vez en punto de encuentro. La idea no es solo abrir una puerta, sino reactivar una vida comunitaria debilitada: charlas, cursos, reuniones o actividades para los vecinos. En un pueblo cada vez más pequeño, el local es todo un símbolo del encuentro.
También lo entiende así Rafael Santana, uno de los vecinos implicados en esta nueva etapa. Su diagnóstico coincide con el de los mayores: población dispersa, envejecida y en descenso, pocos servicios y necesidad de dar contenido al espacio recuperado. El Ayuntamiento de Santa Cruz bendice el local con la celebración allí, el pasado miércoles, del tagoror de Anaga, frente a un mural con decenas de fotos de vecinos.
Dominga Ravelo encarna la memoria íntima del caserío. Nacida en Taborno y vecina de Casas de la Cumbre desde 1970, su biografía recorre casi un siglo de historia rural en Anaga. Cumplirá 94 años en agosto y conserva una agilidad mental sorprendente para relatar su vida, recitar romances como el de la madre que volvió a ver a su hijo años después de entregarlo porque no los podía mantener, y evocar tiempos en los que la dureza del monte marcaba cada jornada. Dominga trabajó cargando leña, cisco, horquetas para la viña «y lo que hiciera falta». Habla de la vida, de antes y de ahora, mientras prepara el buchito de café y el gato Perico, que es de los vecinos aunque eligió hacerle compañía, dormita en el sofá.
Su casa guarda recuerdos y una forma de estar en el mundo. Vive sola con ayuda, va tirando con sus rutinas –colorear mandalas que muestra orgullosa–, su memoria y una mezcla de fragilidad y fortaleza que impresiona. Resume una generación de mujeres de Anaga que sostuvieron casas, animales, huertas y familias sin reconocimiento apenas. Su historia, como la de Fulgencio, supera lo personal para ser colectiva.
Casas de la Cumbre aparece atravesado por una paradoja. El turismo y la protección del paisaje han puesto Anaga en el mapa, pero eso no siempre se traduce en mejores condiciones para quienes siguen viviendo allí todavía. Pese a todo, el caserío se resiste a desaparecer en silencio. Lo hace a través de quienes aún lo defienden como un pueblo, mantienen abiertas sus casas y conservan una memoria que aún ordena el presente. Entre la niebla, el frío y la carretera, sigue ahí, aferrado a sus vecinos más fieles y a la convicción de que, aunque cada vez queden menos, todavía merece la pena pelear.
La mayor altitud
ssCasas de La Cumbre es un núcleo del Parque Rural de Anaga que destaca por las vistas que ofrece su situación en el Macizo y como punto de partida de senderos. Sus 790 metros lo sitúan como el núcleo de población más alto de Santa Cruz de Tenerife.
Vecinos y referentes
Dominga Ravelo conserva en su asombrosa memoria un modo de vida y un mundo ya casi desaparecidos. Cargó leña por caminos sin carretera y trabajó en el monte que llevó a la espalda junto a su marido Leonardo, fallecido hace 22 años. Ellos formaron parte de una época donde todo costaba más y dependía del esfuerzo diario. Su lúcida figura resume la historia de muchas mujeres de Anaga cuya vida transcurrió entre ser ama de casa, trabajar fuera y el sostenimiento silencioso de la comunidad.
Fulgencio Ramos Jiménez, palista de profesión, habla de Casas de la Cumbre en primera persona del plural. Su relato está lleno de verbos colectivos: hacer, arreglar, conseguir, defender. Durante más de cuatro décadas estuvo vinculado a la asociación de vecinos El Til y participó en mejoras que hoy forman parte de la normalidad del caserío, aunque en su día fueran auténticos hitos, como la llegada del agua potable o la mejora de accesos. A sus 80 años, sigue viendo el pueblo desde la implicación.
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