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Atrapados en la Isla

SOS de siete marineros del ‘barco de la droga’ varados en Tenerife

Los tripulantes indios que iban en el buque del mayor alijo de coca en Europa, en libertad con cargos y sin medios para la subsistencia

Santa Cruz de Tenerife

No llegaron a Tenerife en enero buscando una Isla paradisíaca ni por voluntad propia. Querían trabajar en un barco, enviar dinero a casa y empezar a devolver las deudas contraídas por sus familias en India. Hoy, dos meses después, Amitkumar, Chandrasen, Vishal, Shivaraj, Deepanshu, Himanshu y Asif siguen en tierra firme, atrapados en un país extraño, cuyo idioma no entienden, sin ingresos, sin permiso para trabajar y pendientes de un proceso judicial que mantiene sus vidas en suspenso. Están en un limbo.

Son siete y tienen entre 20 y 26 años. Formaban parte de la tripulación del barco de la droga, el United S, interceptado en alta mar cuando transportaba un cargamento de 10 toneladas de cocaína, la mayor intervención en alta mar de la historia en Europa y entre las cinco mayores del mundo. Desde entonces, su travesía ya no se mide en millas náuticas, sino en comparecencias judiciales, noches de incertidumbre y llamadas a casa cargadas de angustia. Solo la solidaridad les permite sobrevivir.

De los trece tripulantes que iban a bordo, seis permanecen en prisión preventiva. Los otros siete, ciudadanos indios, están en libertad provisional, aunque con medidas cautelares que limitan por completo su movilidad. Se les ha retirado el pasaporte, deben comparecer semanalmente ante el juzgado de Tenerife y no pueden abandonar España.

Solicitan una solución temporal que les permita trabajar y enviar dinero a sus familias en India

Pero fuera del procedimiento penal se despliega otra historia, menos visible y profundamente humana. La de unos jóvenes marineros que, según la información recabada por la Federación Internacional de los Trabajadores del Transporte (ITF), a través de su inspector en Canarias, Gonzalo Galán, sufrieron una posible situación de trata de seres humanos con fines de explotación laboral y trabajo forzoso.

Los marinos –lo cierto es que seis no habían navegado nunca antes– fueron contratados por la empresa turca Sea Dream Shipping. Abonaron entre 4.000 y 6.000 dólares cada uno para poder embarcar, siguiendo instrucciones de intermediarios en su país. Era el precio de una oportunidad. O eso creían ellos y sus familias, que en muchos casos recurrieron a préstamos para reunir el dinero. Dos de los siete ni siquiera han contado su situación real por temor a agravar los problemas de salud de sus seres queridos. Embarcaron en Egipto después de un curso intensivo de seis meses para pasar de estudiantes, en pueblos y ciudades de ese inmenso crisol que es India —proceden de Bombay, del norte y del sur—, a marineros. Todo fue bien al principio, pero los problemas empezaron en Brasil.

El historial de la embarcación

El 16 de octubre de 2025, el United S cambió de propiedad y pasó a manos de la empresa Capo Maritime, registrada en Honduras. Tras esa operación, parte de la tripulación abandonó la embarcación, pero los marinos indios permanecieron a bordo con la promesa de que cobrarían lo que se les adeudaba. No ocurrió así.

Según sus testimonios, después de cargar sal en el puerto de Fortaleza, en Brasil, el buque fue abordado en alta mar por dos individuos armados que presuntamente obligaron a la tripulación a participar en la carga de droga bajo la amenaza de matarlos y arrojarlos al mar. El episodio concentra buena parte del drama de unos trabajadores jóvenes, endeudados, sin salario y en una posición de extrema dependencia, atrapados en una embarcación que terminó convertida en escenario de una causa penal internacional. Y ese limbo no terminó cuando tocaron tierra.

Tras quedar en libertad provisional, los siete marinos pasaron inicialmente dos noches sin alojamiento, hasta que la organización Stella Maris —en cuya diminuta sede del puerto llegaron a pernoctar los siete— les dio apoyo. Más tarde se autorizó provisionalmente su permanencia en el buque incautado, pero no reunía condiciones mínimas de habitabilidad por fallos en los generadores y una inundación en la sala de máquinas. El barco tuvo que ser desalojado el pasado día 6. Desde entonces, han sido alojados en la Casa del Mar. La estancia, que en principio expiraba mañana lunes 23, ha sido prorrogada in extremis hasta el próximo 6 de abril. La ampliación alivia el problema inmediato, pero no resuelve qué ocurrirá después. Los Servicios Sociales del Ayuntamiento de Santa Cruz, la Autoridad Portuaria y la Comisión de Bienestar del Puerto de Tenerife trabajan para encontrar una solución habitacional más estable. Por ahora no existe alternativa confirmada a partir de esa fecha.

Sobreviven en Tenerife gracias a la solidaridad de algunos isleños, sin ingresos ni pasaportes

Mientras tanto, los siete siguen esperando. No pueden regresar a India. No pueden embarcar. No pueden trabajar. No tienen ingresos. Y al otro lado del teléfono –tienen móviles gracias a la solidaridad porque los suyos están retenidos– los esperan familias humildes que pidieron dinero prestado para financiar un empleo que nunca trajo salario, sino silencio.

Su mirada es triste, salvo cuando el inquieto y sabio Amit, los primos Delanshu y Himanshu o Asit, el cocinero, observan junto al resto de compañeros a sus ángeles de la guarda. Juan Esteban Pérez, de Stella Maris, mantiene intacto a sus 83 años el espíritu de ayudar sin nada a cambio a la gente de la mar. El portuense Sunil Rijhwani, presidente de la Comunidad Hindú de Tenerife Norte, ejerce de traductor y está junto a ellos desde el minuto uno. Juan Esteban menciona también a un marino indio, Nithi, que se desplazó desde Las Palmas para arroparles.

Una carga familiar

La mayoría son hijos únicos y todos cargan con una responsabilidad no es solo económica, sino también moral por el peso que supone no fracasar. La historia no tiene un solo escenario en el puerto de Santa Cruz sino que también se extiende a India, a esas casas donde todavía se espera una remesa que no llega.

La ITF mantiene el seguimiento del caso desde el punto de vista laboral y humanitario y ha puesto la situación en conocimiento de las autoridades nacionales, además de advertir a la Embajada india en España. ¿Qué ha hecho esta? La respuesta es unánime: «No se ha puesto en contacto con nosotros». Su vida en la capital chicharrera es un continuo pasear sin rumbo. Stella Maris se ocupa del desayuno y almuerzan en el Albergue Municipal. Son siete, pero funcionan casi como un único organismo. Vivos y activos por edad, pero paralizados ante un futuro incierto.

La situación de estos marinos refleja la vulnerabilidad y el abandono de muchos trabajadores del mar. Solo piden eso, trabajar, mientras esperan en este limbo. Ganar un sueldo y ayudar a sus familias. Dignidad hasta que la Justicia decida qué hacer con sus vidas. Son marineros sin barco y testigos sin horizonte. El buque permanece inmóvil en el puerto. Ellos también. Varados en tierra.

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