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El Batán en La Laguna: la esperanza aferrada a la tierra

Son apenas 60 vecinos, más o menos, arraigados en uno de los caseríos más populares de Anaga

La Tenerife Vaciada: El Batán

Arturo Jiménez

Leticia Dorta Lemus

Leticia Dorta Lemus

La fuerza con la que las raíces de la vida se aferran a un territorio es proporcional a la esperanza con la que se riegan. Un gran ejemplo de ello es el barrio de El Batán, en el Parque Rural de Anaga. El núcleo perteneciente a La Laguna cuenta con 60 habitantes, más o menos. Uno de ellos es Emiliano Ramos Martín. Un hombre risueño y afable y la semilla de su origen florece en sus palabras. El pecho se le hincha cuando habla de todo lo que conlleva vivir en un rincón como ese y de cómo, en el siglo XVIII, en su barrio llegaron a vivir hasta 400 personas.

La orografía del Macizo se torna aún más complicada en lugares como El Batán: los acantilados, reunidos en un especie de coro, alcanzan una verticalidad apabullante que atrae al visitante a alongarse al vacío. Es impresionante, ahora y siempre. Es algo que señala Ramos Martín. La vida siempre se desarrolló allí con las dificultades propias de cada tiempo y del lugar, pero el tesón y el amor fueron pasando página para adaptarse a las condiciones del valle.

Nuevos brotes

El próximo verano llegarán a El Batán nuevos brotes de vida. Emiliano va a ser abuelo de gemelos en julio. Su hijo está acondicionando la casa de su abuelo y vivirá en El Batán con sus dos retoños, dos nuevos habitantes para el territorio. Hacía más de 20 años que no se producía un nacimiento en el caserío. Al contarlo, la sonrisa no le cabe en el rostro y si antes el pecho se le hinchaba de orgullo, ahora está a punto de explotar.

La decisión de su hijo de vivir en El Batán va contracorriente. Cuando todo el mundo abandona lugares como este, todavía hay gente valiente que se aferra a la tierra en la que creció. Emiliano Ramos solo se marchó de allí cuando hizo el servicio militar en la península y a estudiar Bachiller. Entre semana se quedaba en casa de unos primos para estar más cerca del instituto. Empezó la carrera de Geografía e Historia, que dejó al volver de la mili. No obstante, el espíritu academicista vive en él. Su curiosidad e inquietud se desarrolla en la agricultura, «de lo que se vivía antes: la tierra y los animales. Ahora tengo hasta 28 frutales plantados y tengo hasta café plantado. Aquí la gente no compra papas, por ejemplo», afirma dejando claro que la tierra no abandona.

Abierto a los sentidos

La lluvia cesa por un momento en El Batán. Al salir del moderno centro social, equipado perfectamente, se baja hasta la plaza de la ermita y los sentidos se abren. Ya las nubes dejan ver con claridad un paraje asombroso, en el que las casas se reparten entre los bancales cultivados: auténticas obras de ingeniería que alimentaron durante siglos a los bataneros. Existen varias pistas agrícolas para llegar a los rincones más insospechados. También hay maquinaria, aparentemente en desuso, que ayuda a subir lo necesario desde el fondo del barranco hasta la plaza. Se llama capacidad de adaptación.

Y eso mismo fue lo que hizo el vecino del núcleo de Anaga. Cuenta que cuando se marchaba a La Laguna para ir al instituto entre semana, no había transporte público aún. Entonces, hacía uso de algunos trabajadores de la refinería que lo subían hasta Las Mercedes y desde ahí ya cogía la guagua. En dos ocasiones, los trabajadores no lo llevaron y tuvo que cruzar el monte solo y de noche. Se le cambia la cara: «Mira, lo recuerdo y me emociono. Yo solo, a las cinco de la mañana, con 12 ó 13 años a cruzar el monte», relata. Esas aventuras nocturnas y el trabajo en el aprovechamiento de los bosques de Anaga le dieron un conocimiento brutal acerca de su entorno. Muchos de los recursos necesarios para sobrevivir salían de ahí: madera, carbón o cisco.

La Tenerife Vaciada: El Batán en La Laguna

La Tenerife Vaciada: El Batán en La Laguna / Rafael Arturo Jiménez Rivero / ELD

No solo en el monte

Ahora, lo necesario no está solo en el monte. Según Emiliano Ramos Martín, la gente se marcha de El Batán porque «las primeras necesidades de la vida moderna llegaron con 20 años de retraso. Si la luz, el teléfono y la carretera hubieran llegado antes, quizá la gente no se hubiera ido de aquí», presupone. El último tramo de la vía llegó en 1977 y se asfaltó en 1983. La luz llegó más tarde y la cobertura telefónica, dependiendo de la compañía, aún no ha llegado. «Si eres Movistar, Yoigo o de algunas de las filiales tienes cobertura telefónica; si no, no tienes nada que hacer. Tampoco tenemos fibra óptica», explica.

En cuanto al transporte público, afirma que «la situación ha mejorado mucho», y recita al completo el horario de las guaguas que llegan a El Batán. Aquí hay un bar que abre los fines de semana, aunque carecen de venta para comprar víveres. La médica, la misma que atiende en todos los núcleos de Anaga, pasa consulta todos los terceros miércoles de cada mes. El centro social de El Batán está perfectamente equipado, «solo le falta el ascensor», apunta Emiliano. Allí se reúne la asociación de vecinos y también la parranda Cuevas del lino de El Batán, que este año celebra su 20 aniversario. Existe una comunidad vecinal fuerte que lucha «para que esto no se muera», dice con contundencia. Cada año editan una revista con todas las actividades del año anterior, los vecinos que han fallecido, alguna entrevista, obras y, sobre todo, acciones futuras. Porque está muy claro que el futuro es lo más importante para todos los vecinos del El Batán. Llevan 27 años editándola con alguna ayuda del Ayuntamiento de La Laguna.

Más cerca de todo

Emiliano Ramos Martín podría haber invertido su dinero en comprar cualquier piso en La Laguna y vivir allí. Más cerca de todo. Trabajó varios años en la hostelería, pero su última etapa profesional, y la más duradera, fue en Urbaser. La sede está en Taco y todas las mañanas recorría las sinuosas carreteras de Anaga para llegar hasta allí. Prefirió dejar su dinero en rehabilitar una casa en El Batán y conservar sus raíces, las de toda su familia. Aferrado a la tierra, regándola con su comprometida descendencia y demostrando que vivir en las profundidades del Macizo es posible con ayuda de las administraciones, quienes deben garantizar buenas infraestructuras viarias y servicios.

La esperanza de todo El Batán, y de prácticamente todo el Macizo de Anaga, se aferra a la tierra para no desaparecer. Sus raíces son fuertes y los nuevos brotes, más aún. Es un sentimiento que nunca se pierde y por lo que Emiliano y sus vecinos continuarán luchando en las profundidades de un parque rural que resiste ante cualquier tipo de adversidad

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