Santa Lucía en Güímar: memoria de viento y sal
La carretera hasta el barrio de la costa de Agache es como un tobogán. Algo más de 100 habitantes residen donde las sillas esperan, junto a las fachadas, a que la sabiduría se siente

Cueva del barrio de Santa Lucía, en Güímar / Arturo Jiménez
El viento peina rabioso el mar. Lo viste de blanco con su fuerza y Santa Lucía, claro ejemplo de pueblo marinero y rural, resiste. La memoria del núcleo del litoral de Agache (Güímar) es de viento y sal. Escondido bajo la autopista (TF-1), se resguarda bajo un talud lleno de mallas y redes para evitar desprendimientos.
La variante de la autopista del Sur es una adivinanza: subir y bajar por la carretera, como un tobogán, juega malas pasadas al que nunca visitó Santa Lucía. Y, de repente, tras una curva, ahí está. Peculiar, curioso, singular, coqueto, ferrusquento y marinero. Las sillas por fuera de las fachadas tienen una cita con la sabiduría popular. Milagros Gil Rodríguez se dispone a sentarse justo por fuera de su casa y en cuanto nota una presencia extraña, acude al recibimiento. Es una de los más de 100 habitantes que residen en este rincón del litoral güimarero.
Un barrio curiosito
Es menuda y alegre. Su pelo corto y pasos rápidos la acompañan para avisar a sus vecinos y abrir la pequeña ermita de Santa Lucía. Su contagiosa amabilidad se transmite enseguida junto con su humildad al decir que "el barrio está curiosito". Totalmente cierto. Sentada en un banco de la minúscula pero cuidada iglesia, recuerda que llegó a Santa Lucía en los años ochenta del siglo XX. "Nosotros veníamos a veranear aquí y al final nos quedamos", relata y se une al coro María Dolores Hernández Hernández. Otra vecina que comparte la circunstancia y también la acera de la calle.
Pizpireta y sincera, Dolores porta unas gafas con motivos geométricos y colores que combinan con su chándal violeta. "Yo no digo mentiras, digo lo que veo y lo que hay", presume del don de la verdad. La principal queja de la vecina define a Los barrancos de Santa Lucía -nombre original del caserío marinero- "el barrio desahuciado y abandonado. Aquí no hay servicios: no hay transporte, no hay donde comprar el pan…", apostilla. Milagros interviene para puntualizar que en Punta Prieta, a unos dos kilómetros, hay una venta: "Allí tienes para comprar lo que necesites y echarte un cortado, un bocadillo y algunas tapas. Gracias a eso", comenta.

Vecinos de Santa Lucía, en la zona costera de Güímar / Arturo Jiménez
Las reivindicaciones raspan. Como cuando la sal, ya seca y rastro del mar, se desliza por una superficie. En Santa Lucía hay costra, caspa y callo. Pero viven aquí y si no hubiera viento que soplara, ellas mismas se insuflarían el pecho de orgullo por vivir en Santa Lucía. Porque lo estrictamente necesario para permanecer allí, se sala y se conserva mejor. Como el pescado cuando no había neveras.
Cómo llegó la luz
Cuentan entonces la anécdota de la instalación de la luz. Ramón Negrín fue uno de los artífices de la llegada de la electricidad al barrio en el año 2000. El otro día mismo. Los vecinos fueron los que hicieron posible que llegara la luz porque antes "vivíamos con motores de gasolina", explica el que fuera transportista y descubriera este rincón en sus labores profesionales. "Yo vivía en San Matías, pero conocí esto porque traía materiales y decidí mudarme aquí", confiesa. Él, junto a otros dos vecinos, impulsaron la instalación eléctrica: "Les comunicamos a todos los vecinos lo que se iba a hacer, lo que había que pagar para traer la luz desde Punta Prieta hasta aquí. Unelco no ha puesto un duro y nos costó cinco millones y medio de pesetas. 27 personas recaudamos el dinero para poder hacerlo", recuerda. Al preguntarle por si el Ayuntamiento de Güímar les echó un cable muestra cierto descontento: "Lo único que hicieron fue arreglar la cédula de habitabilidad, pero de economía nada".
Aunque la unión del barrio se encuentra bajo una espesa costra de sal, los vestigios de la colaboración están presentes. Más allá de la electricidad y del agua, que también tiene una historia de esfuerzo detrás, está la piscina de Santa Lucía, uno de los baluartes de la fraternidad entre sus vecinos. Al leerlo, se piensa en una pequeña charca. Pero no, los vecinos construyeron una piscina en un charco natural al que entraba el agua del mar de manera directa. Es un símbolo. Tiene un solarium en el que acomodar la toalla, una escalera que lleva de manera pausada al agua y un cartel en el que avisa del peligro que conlleva el oleaje. Los vecinos bajan un callejón y están al borde del mar. ¡Es una gozada! Es calidad de vida y la envidia de cualquiera que disfrute con el salitre, el sol y la cercanía del hogar.
Y precisamente este pecado capital, la envidia, convierte a Santa Lucía en un lugar más fragmentado. El turismo no deja títere con cabeza y este pequeño y desconocido rincón, para la mayoría de la población de Tenerife, cuenta con tres casas vacacionales y habitantes de siete nacionalidades. "Tenemos polacos, lituanos, ingleses, alemanes…", enumera Milagros. "Ellos van a su rollo. Son educados, pero ya las cosas no son como antes", añade. Añoran el pasado de la convivencia y de la comunidad y repudian a los visitantes. "¿Qué no vienen hasta aquí?", se asombra Dolores. Llegan furgones de empresas de excursiones, microguaguas y coches de alquiler. Dolores tiene claro y saca a relucir, de manera sincera, que "antes de que llegaran las casas vacacionales todo era mejor", destaca. Explican que los turistas vienen, sobre todo, a ver las viviendas que están en la cueva. Impresiona. Los tres van hasta allí y aprovechan para contar cómo una piedra cayó encima de una de las casas y la hundió. "Eso fue otra lucha, conseguir el mallado del talud para evitar los desprendimientos", declara Ramón.
Principal demanda
La principal demanda de Milagros, que no conduce, es "que el transporte pase por aquí, que sea pequeño", describe. Si no, la vecina tira de ayuda porque "si alguien va para Güímar a lo que sea, pues se pide que te compre en la farmacia o que te lleve, que te traiga el pan... Es que si no nos ayudamos nosotros, ¿quién nos va a venir a ayudar?", razona. Tiene dos nietos que viven con ella, aunque el mayor tiene 19 años y trabaja. Los tres vecinos afirman que no queda mucha gente joven en Santa Lucía, porque no es muy práctico para vivir, pero a los tres les encanta la tranquilidad y el aire del mar. Son felices.
Dos operarios de una empresa de limpieza repasan la principal y única calle de Santa Lucía. Ramón, Dolores y Milagros se quejan del Ayuntamiento de Güímar, "pero bueno, no todo es malo", dicen. El paseo hasta la antigua grúa, hasta el muellito -así lo llaman ellos-, completa el recorrido de un núcleo que pide mimo para conservar aún más la esencia de la ruralidad marinera de Canarias. No quedan pescadores, aunque al levantarse de la cama se les mojan los pies. Solo quedan algunos vestigios de la tradición pesquera que tuvo que reinar en Santa Lucía. El viento y la sal cubren su memoria. Sus vecinos siguen luchando por conservarla.
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