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Taborno en Santa Cruz: un leve latido en el Macizo

Con menos de 40 habitantes, el caserío de la capital se enclava entre dos barrancos. Es el confín adornado por un roque al que asomarse para experimentar el vértigo del abandono

La vida en Taborno, uno de los pueblos de la Tenerife vaciada

Andrés Gutiérrez

Leticia Dorta Lemus

Leticia Dorta Lemus

Santa Cruz de Tenerife

Taborno se asoma atrevido a la inmensidad del norte del Macizo de Anaga. Llegar allí da la sensación de haber alcanzado el confín. Alongarse a su roque produce vértigo, pero no más que el relato de sus habitantes. Se columpian entre las demandas y el bienestar de vivir en una zona privilegiada por su carácter natural.

Un día de borrasca

El caserío del Macizo cuenta con algo menos de 40 habitantes. En un día de borrasca como Regina, el viento fuerte y racheado lo vacía aún más. Aunque un par de turistas, igual de atrevidos que el barrio, pasean sin sentido por las inmediaciones de la plaza y amagan con alongarse al sendero del roque. "¿Tú ves cómo van vestidos? Sin ropa adecuada, sin calzado idóneo… esta gente parece que no sabe ni dónde está", reflexiona Antonio Hernández García, más conocido como Toño.

Un capricho

Es un gran conocedor de Anaga. Fue policía local de Santa Cruz y prestó servicio durante unos 13 años en los "18 ó 19 caseríos de por aquí. Soy de Vilaflor, pero una tabornera se encaprichó de mí y yo de ella y aquí estoy", bromea. Hace mucho frío y Toño se aísla perfectamente con un gran chaquetón de camuflaje y un gorro que le tapa desde la coronilla pasando por las orejas y se amarra al cuello. Cuando entra en el local de la asociación de vecinos, de la que forma parte, se cambia el atuendo por un sombrero adornado con rosetas caladas en miniatura.

Luchar por los pocos derechos

La puerta de la estancia la abre Sonia Negrín García. La joven, de 30 años, es la presidenta del colectivo vecinal. Junto a Toño, toma el relevo para "tirar de la gente que quede en Taborno y luchar por los pocos derechos que tenemos", reclama. Destaca su larga melena rizada, a juego con el color de sus grandes ojos. Es canaria. Lo dice su tez morena y su fresco clamor en pro de su origen. Hace tres meses que se fue del barrio junto a su pareja, que procede de El Batán. "Tanto él como yo queremos volver a vivir aquí, pero es imposible. No hay nada para alquilar. Comprar es complicado porque las propiedades se las suelen llevar la gente de fuera y aquí no te dejan construir", proclama en sintonía con la crisis habitacional de toda Canarias. Ni siquiera Anaga escapa de esta lacra social.

Negrín García fue una niña de Anaga que creció de manera sana y apegada al territorio. Ahora, trabaja como vigilante en el Ayuntamiento de Santa Cruz. Porque Taborno pertenece a la capital chicharrera, pero ambos, Toño y ella, coinciden en que la gran parte de su vida administrativa la realizan en La Laguna. Cosas de pertenecer al Macizo.

Toda la charla tiene como trasfondo decorativo paneles que hablan sobre el caserío. Parece un centro de visitantes o un establecimiento turístico. Esa era la idea. El Cabildo de Tenerife invirtió unos 20.000 euros en equipar el local que luego se quedaría sin uso. "En lugar de gastarse algo más de dinero en crear un puesto de trabajo para una persona como Sonia, por ejemplo, y que tuviera aquí un empleo, decidieron dejarlo así, como lo ves", describe Toño con cierta indignación.

Hace más de 20 años

En el salón, el viento silba con fuerza. Fue al colegio de Taborno. Cerró en 2005, hace ya más de 20 años. En la actualidad, solo quedan dos niños en el barrio que van al centro escolar de Las Carboneras. Un taxi los recoge y los trae de vuelta. "Antes, se llenaban dos salones como estos con niños. Ese es un grave problema que tenemos aquí, porque si no tenemos niños a los que se les enseñe lo que vale esta tierra, mal vamos", augura quien fuera policía.

Sonia recuerda pasar grandes momentos de su infancia en Taborno. Aunque guarda cierto recelo de la etapa en la que acudió al instituto Cabrera Pinto. No obstante, calificó a sus amigos como hermanos. La pena es que de toda su ‘familia’ solo queda ella en Taborno. "Todos se han marchado. Casi todos por cuestiones de trabajo. Hay algunos que ni siquiera viven en Canarias. Se fueron buscándose el futuro, porque aquí no hay mucho. Tienes que desplazarte y no es lo mismo llegar a tu puesto de trabajo en 15 minutos que en una hora", compara.

La última venta

La última venta que quedaba en Taborno cerró el pasado octubre. Sí quedan dos bares: Casa Hilario e Historias para no dormir. Tienen consulta médica dos veces al mes en el propio local de la asociación de vecinos. Y en cuanto al transporte público, no se quejan del servicio, que fue peor hasta hace poco.

"Anaga se está muriendo"

Para Toño, Anaga se está muriendo. Está en un grave declive por culpa del turismo voraz que se promueve desde las administraciones públicas. "Aquí, en un día normal se te montan 150 ó 300 personas. No es un turismo sano. Vienen, se hacen una foto y se van. Sé que vivimos del turismo y no estamos en contra de él, pero queremos que sea sostenible", argumenta. El de Taborno se muestra opuesto a las cifras de visitantes que aumentan cada año en el contexto insular. "No entiendo cómo pueden sentirse orgullosos de que cada año sigan aumentando el número de turistas en Tenerife", completa.

Mientras tanto, Sonia habla de las reiteradas demandas realizadas al Ayuntamiento de Santa Cruz con respecto al deterioro de la plaza o del parque infantil. "Las administraciones no nos ayudan. Pasa el tiempo y no vemos ningún tipo de actuación, como si estuviéramos, por ejemplo, en el centro de la capital. Ya es difícil vivir aquí, deberían mirar un poco más por nosotros y empatizar con los pocos habitantes que quedan", sopesa.

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