Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Afur en Santa Cruz: un grito contra el vacío

En medio de escarpadas y vertiginosas laderas está Afur. También están los 50 habitantes permanentes que residen en el caserío del macizo de Anaga luchando contra el olvido y el abandono

Tenerife vaciada: Afur

Arturo Jiménez

Leticia Dorta Lemus

Leticia Dorta Lemus

Gritar en Afur es un acto de rebeldía contra el vacío y el silencio que vive en el caserío de Anaga. También lo habitan unas 50 personas que residen de manera permanente en una de las localizaciones más profundas del Macizo. Los fines de semana el desierto oriundo no lo es tanto. Acudir una mañana de un día cualquiera, a Afur es comprobar como muchos turistas y senderistas eligen este punto para el ocio. Nada más.

'José cañón'

José Alonso Jiménez, alías ‘José cañón’, ya pica los 90 años. Su venta sigue en pie, igual que él: erguido y tras el mostrador, su pelo cano contrasta con un abrigo acolchado de color granate y una camisa de cuadros. La edad pinta su rostro de los lunares propios de la vejez y con su desparpajo y picardía provoca risas sin quererlo. A los 14 años, se marchó al sur de Tenerife para trabajar «haciendo huertas en Alcalá, Playa San Juan y Guía de Isora. De ahí salía a Tijoco a los bailes. ¡No he corrido yo mundo en esta vida!», reflexiona. Eran los años 50 del siglo XX y «entonces, Tenerife era Tenerife. Más tranquilo de todo. Podías dormir en cualquier calle con 20 duros en el bolsillo que te levantabas para desayunarte con ellos. Hoy te quitan hasta los pantalones. Era otro respeto», asegura.

'Botellerío'

Aunque se marchó muy joven para el sur de Tenerife, volvió a Afur y montó la venta en la casa de sus suegros. Un establecimiento que lleva en pie 65 años y que ofrece vino, queso, agua, refrescos, cerveza, chocolatinas, pan y alguna cosa más. Está llena de botellas de todo el mundo: «Este 'botellerío' son regalos que me hace la gente. No te creas tú que esto lo compré yo. Lo que compré está encima del mostrador», señala varias de ron y coñac.

«Antes no quedaba un palmo de tierra sin cultivar. Aquí estaba todo plantado de la costa a la cumbre. Esa misma playa era todo viña. Después, para el monte eran papas borrallas», recuerda. Ahora, es complicado encontrar huertas que se cuiden con esmero. Alonso Jiménez explica que los padres antes se iban a trabajar a las compañías y los fines de semana en las tierras.

Tenerife vaciada: Afur

Tenerife vaciada: Afur / Rafael Arturo Jiménez Rivero / ELD

Frescura a pesar de la edad

‘José cañón’ aporta frescura al caserío de Afur y es un claro ejemplo de que la edad no está reñida con la vitalidad. Algo que se echa en falta en el caserío por la ausencia de vecinos, pero también de niños. En el año 2000 se cerró la escuela, pero antes «se llenaban hasta los dos salones del colegio de todos los niños que había», dice entusiasmado. Dos de las hijas de ‘José cañón’ también se marcharon de Afur: «Una vive en Santa Cruz y la otra, en El Médano. Tenemos otra que sí vive aquí», afirma.

El hijo de Goya

Todo el alegato de ‘José cañón’ cuenta con la mirada atenta de su sobrino, David Amador Alonso: el hijo de Goya. La líder vecinal de Afur dejó una huella imposible de borrar en el barrio. Ahora, su único descendiente tiene la difícil labor de seguir la lucha de su madre por la prosperidad y bienestar del origen de toda su familia. Quiere continuar con el legado de su madre y aunque no vivió de manera permanente en Afur, su infancia se encuentra en los rincones del caserío de Anaga. «Antes aquí había vida. Ahora hay silencio, pero un silencio raro. Al final te acostumbras a él, a solo escuchar el sonido de los pájaros», describe Amador Alonso.

Aunque en Afur hace frío, el hijo de Goya Alonso aparece en su jeep en pantalón corto y camiseta. Es alto y confiado. Y esa misma actitud se traslada a sus palabras al hablar de todo lo conseguido por la dirigente vecinal. «Todo lo que hay en Afur es gracias al trabajo de mi madre», argumenta.

Un nudo en la garganta

La decisión con la que inició su aparición se tambalea y se le hace un nudo en la garganta cuando comienza a hablar de su madre. «La tarifa reducida de la guagua para el caserío fue cosa de mi madre, la limpieza de los senderos, que haya médico una vez al mes y hasta el techo de esta iglesia en la que estamos. Ahora es mi turno, aunque tengo el listón muy alto», desafía.

No hay cama para tanta gente en Anaga

Amador Alonso es ahora el presidente de la asociación de vecinos ‘La cumbrecilla de Afur’. Como buen conocedor de Anaga tiene muy claro que este macizo de Tenerife «se promociona demasiado en Fitur y aquí no hay cama para tanta gente. En Afur no tenemos todos los servicios necesarios para atender a todos los turistas que nos visitan a diario», sentencia.

Mejor regular que prohibir

También alude a la falta de un plan de emergencias para salir del caserío en el caso de alguna catástrofe natural y a que los políticos prefieren «prohibir en lugar de regular. Si se caen tres piedras en una carretera, ellos enseguida la cierran. Lo mejor es hacer un seguimiento y mantenimiento de todo», piensa. Recuerda cómo se derrumbó parte del sendero que lleva a la playa de Tamadite y diseñaron un recorrido alternativo absurdo. «Era más fácil colocar una malla para que la gente siga recorriendo el sendero», afirma.

El actual líder vecinal de Afur también se queja del estricto valor de protección al que tienen sometido al núcleo santacrucero. «Para construir en cualquier parcela heredada o mover la cosecha de papas de un lado para otro es un infierno. Ahora, ellos sí que pueden construir un centro de visitantes en medio de cualquier sitio», declara.

La huida del caserío

David Amador Alonso tiene claro que el principal problema de Afur está en la huida de la gente joven del caserío. La falta de oportunidades laborales y la escasez de servicios empujan a la población a marcharse. «Los fines de semana hay mucha más gente, pero de manera permanente solo queda gente mayor», argumenta. «Este es el gran problema de Afur. Solo quedan ancianos y con los años, como es lógico, se mueren», expone. Además, considera que en lugar de fomentar que la población vuelva a sitios como Afur «cada vez los arrinconan más. Quieren que sitios como estos mueran», dice.

Buen acceso

Al menos, tienen buen acceso. De eso no se quejan, aunque llegó tarde. «Yo ni siquiera me acuerdo de cuándo se hizo la carretera», dice ‘José cañón’, aunque asegura haber sido «cabuquero. De los que abren los caminos con barrenos». La vía data de la década de los 80 del siglo XX y supuso la conexión definitiva del caserío con el resto del Macizo.

No es el acento de Afur

Este es el grito desesperado de un caserío histórico de Tenerife, que estuvo poblado antes de la llegada de los colonos y que también fue abandonado por los mismos en varias ocasiones, dejando a sus medianeros trabajar sus tierras angostas para su propio beneficio. Es el grito de un lugar en el que, a primera hora de la mañana, solo se escucha a los pájaros y, horas más tarde, se oyen acentos de muchos lugares del mundo, pero no es el de Afur. Es el reclamo contra el vacío provocado por la lejanía y la ruralidad. Es el chillido de Goya y de su hijo por el territorio, «por su Afur», como lo define Amador Alonso.

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents