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Las Carboneras en La Laguna: el desafío al abandono

Las curvas que preceden al barrio lagunero anuncian un lugar único en el que viven menos de 100 personas

Las Carboneras

Arturo Jiménez

Leticia Dorta Lemus

Leticia Dorta Lemus

Cirilo Rodríguez Felipe revisa cómo se encuentra la última cosecha de papas en el sótano de su casa en Las Carboneras. Es de las primeras viviendas que se encuentra al visitante al entrar al caserío. La luz de la tarde se cuela tímida por los huecos que dejan los árboles y la calidez se siente no solo por los rayos del sol, sino también por la vida de un barrio de 90 vecinos que desafía al abandono.

Sentimiento de desamparo

Así, desamparados. Ese es el sentimiento que tiene Rodríguez Felipe respecto al trato que le dan las administraciones a Las Carboneras. Lleva toda la vida viviendo en el núcleo de La Laguna y asegura que prefiere no recordar cómo fue su vida desde niño. «Mucho trabajo y mucho sacrificio. No me quiero imaginar cómo tuvo que ser la vida de mis padres. Eso sí, jamás pasé hambre», destaca.

Mala conexión a Internet

Ahora, Las Carboneras goza de servicios y comodidades que antes eran una quimera. Hay un pero enorme y que dificulta el acto más cotidiano de cualquier ciudadano de Tenerife: la conexión a Internet. La fibra óptica no llega y pone en jaque la vida de los más jóvenes de este enclave de Anaga.

Es el caso de Alba Rodríguez Rojas. Tiene 23 años y acaba de terminar el grado de Farmacia en la Universidad de La Laguna. La joven recuerda que la pandemia fue un momento muy difícil para seguir el curso académico. Las clases pasaron a ser por Internet en su totalidad y la conexión le jugaba muy malas pasadas. «En un examen perdí la conexión y no pude acabarlo. Suspendí la asignatura por no tener acceso a la plataforma de la universidad», cuenta.

Apostar por lo de siempre

Los padres de Rodríguez Rojas apostaron por quedarse a vivir en Las Carboneras y ella también lo hace. «No pienso irme de aquí mientras pueda», sentencia. La joven reconoce que el primer año de universidad fue un tanto duro, porque aún no tenía carné de conducir y el transporte no era de lo más cómodo. Su padre la llevaba o la traía en ocasiones, pero el segundo año ya conducía y eso le dio la independencia necesaria para ir y volver a Las Carboneras sin demasiada dificultad. Su infancia no fue aburrida, ni le faltó de nada. Nunca echó de menos lo que pudiera tener un niño de ciudad. Su hermana de 14 años, sin embargo, sí que piensa más en la Ciudad del Adelantado y la visita casi a diario.

Dinamismo a pesar de todo

Una niña de unos cinco años de edad pasea en bicicleta por la plaza de Las Carboneras. Al otro lado, un grupo de tres señores echa la tarde en una charla que resuelve, seguramente, los problemas más difíciles del mundo. Se respira dinamismo y así lo confirma Pilar Rodríguez, hija de Cirilo. «Tenemos la última escuela unitaria de la parte del macizo de Anaga que pertenece a La Laguna. Hay seis niños y uno de ellos es el mío», afirma. Minutos antes, el chico irrumpió en la casa de sus abuelos con vídeojuego en mano y la compañía de un amigo. Rodríguez también decidió quedarse allí, «en mis Carboneritas. Como aquí no se está en ningún lado», añade. El transporte público mejoró gracias a la conexión de la línea que va hasta Taborno y también cuenta con consultorio, con médico y enfermera una vez a la semana. Lo único malo: a veces no pueden trabajar por la mala conexión a Internet.

Reserva de la Biosfera

Aunque todo parecen facilidades, Las Carboneras está bajo el 'yugo' de pertenecer a la Reserva de la Biosfera, un espacio con alta protección. A Pilar Rodríguez le costó diez años fabricar su casa en un terreno que su padre le dejó en herencia. «Es muy difícil conseguir ciertas cosas. Incluso, me dicen de qué color tengo que pintar mi casa», pone de ejemplo. La mujer alude al nivel de promoción que se hace de un lugar como Anaga a nivel turístico, pero que luego no se refleja en los servicios que necesitan los ciudadanos.

Mismo discurso

El discurso es el mismo en todas las generaciones que habitan Las Carboneras. No están contentos con el trato a las personas que viven allí en comparación con el que recibe el turista. Herena -nombre de una divinidad griega, esposa de Zeus- es hermana de Cirilo y tía de Pilar. Se muestra indignada con el comportamiento de ciertos visitantes al llegar a Las Carboneras. No pudo estudiar porque desde muy temprano tuvo que trabajar en la agricultura o en una fábrica de galletas, por ejemplo. Pero más tarde se preparó y consiguió un puesto como dinamizadora en centros ciudadanos.

Consulta a su hermano cómo funcionaban las guaguas hace décadas, porque él también buscó trabajo fuera de Las Carboneras. Cirilo Rodríguez Felipe fue guarda forestal desde principios de los 70 del siglo XX. Década en la que llegó la carretera hasta el enclave de medianías. Antes del asfalto, Herena recuerda recorrer los caminos y senderos con su madre. «Íbamos hasta Cruz del Carmen o La Laguna caminando a comprar», declara la que lleva por nombre a una diosa griega.

Cirilo Rodríguez Felipe, además de conocerse los montes de Anaga como la palma de su mano, fue durante muchas décadas presidente de la asociación de vecinos de Las Carboneras. Destacan la unidad vecinal que siempre ha existido allí. «Antes, todo el mundo se ayudaba y se cosechaban papas, millo, cebada o lo que fuera para todos. Ahora, cada uno cultiva y recoge lo suyo», añora.

Líder vecinal

Se siente el papel de líder vecinal en sus palabras reivindicativas. Pide para Las Carboneras, aunque no le toque hacerlo. Recuerda un episodio decepcionante: «Nos prometieron que harían un estanque para recoger el agua del barranco y que no se perdiera en el mar. Nunca lo hicieron», lamenta. Ve con cierta facilidad algunas mejoras hidráulicas que mejorarían muchísimo el aprovechamiento del agua para riego y reitera que «Anaga siempre ha estado abandonada».

De las más antiguas de Tenerife

Pero el sentimiento de desprotección se suple con gente como Pilar o Alba, que son parte de la comisión de fiestas de San Isidro y Santa María de la Cabeza. La romería de Las Carboneras es una de las más antiguas de Tenerife, data de los años 30 del siglo XX. «San Isidro siempre va con la virgen», dice Pilar. Durante la misma época, se construyó la pequeña ermita que adorna la plaza. Todo se conserva, incluso la tradición de ponerse una mascarita y recorrer las casas del enclave rural pidiendo huevos a los vecinos el martes de Carnaval. Es lo más reciente que cuenta para demostrar que aunque se sientan abandonados, la vida se abre paso sin dificultad y de manera natural en el corazón del macizo de Anaga: en Las Carboneras.

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