La Sombrera en Fasnia: el árbol de la vida
Alrededor de 60 vecinos componen uno de los caseríos más emblemáticos de Fasnia, que le debe su nombre a dos hipótesis históricas: la sombra de la que goza y una mujer que hacía sombreros

La Sombrera se viste de nube al atardecer / Arturo Jiménez
La única condición para ser nuevo vecino de La Sombrera es aportar al árbol de la vida. Darle una savia nueva, pero también regar sus raíces. Esas que guardan la historia, los recuerdos, las anécdotas y las vivencias de la familia del barrio. Porque "aquí somos todos como una familia", reconoce Coromoto Careno Núñez, de pelo corto rojizo y que refleja en su mirar el sentimiento de comunidad.
Dos hipótesis históricas
Alrededor de 60 vecinos componen uno de los caseríos más emblemáticos de Fasnia, que le debe su nombre a dos hipótesis históricas: la sombra de la que goza y una mujer que hacía sombreros. Quizás, empadronadas pueda haber más personas, pero las del día a día son pocas y entre todas se ayudan. "Si un día Marga no puede llevar a Nena a algún lado, pues la llevo yo y así nos organizamos", añade Careno Núñez.
Jueves de 'telecentro'
Es jueves y toca ‘telecentro’, un pequeño local que abre para dinamizar el barrio una tarde a la semana. Hay una dinamizadora del Ayuntamiento de Fasnia, Patricia Herrera, que promueve talleres y actividades. Pero también está Margarita Tejera, mejor Marga, con unos pendientes en forma de libélula de color llamativo que resaltan sus ojos claros. Sus vecinas dicen de ella que "el día que no esté, esto se acaba". La fraternidad se respira en el ambiente y la confianza entre las cinco mujeres es admirable.
Una poesía
Benita Carmen Marrero quiere leer una poesía dedicada a Marga. Se levanta y va hacia una de las estanterías del local. Coge una libreta y se sienta. Se le notan las ganas de aportar a la conversación y abre bien las manos para adornar su discurso ataviada con una camisa de color rojo. En su lectura, le desea lo mejor en su vida a su vecina y habla de su papel de cuidadora y guardiana de la comunidad. La homenajeada le quita hierro al asunto diciendo que eso es un sentir general de todas. "Todas merecen lo que dice ese poema", dice humildemente. Al terminar hay aplausos y el aire se contamina de emoción. La confianza entre vecinas es pura magia y da auténtica envidia sana el vínculo construido.

La Sombrera (Fasnia), uno de los pueblos de la Tenerife vaciada / Arturo Jiménez
Raíces que cuidar
Tras ellas está el árbol de la vida, plasmado en una gran lona y con imágenes de personas que en algún momento formaron parte de La Sombrera. La ilustración se construyó en una de las tantas actividades propuestas por Marga Tejera Careno. Esas son las raíces que quieren cuidar, aunque los nuevos vecinos no las conozcan. Todas explican que cada vez llega más gente de otros lugares a vivir a La Sombrera, gente que quiere comprar un "terrenito" o nietos e hijos de algunos vecinos que vienen a recuperar una antigua casa por la actual situación de la vivienda en Canarias. Es una buena época para la demografía del barrio, "sobre todo después del covid", sitúan en el tiempo. Está creciendo, pero todas recuerdan un período, hace unos 15 o 20 años, en el que ocurrió lo contrario. La gente se empezó a marchar en busca de trabajo. Ocurrió lo mismo en la década de los 50 y 60 del siglo XX con la emigración masiva a Venezuela. Algo que destacan.
Sentimiento de pertenencia
El sentimiento de pertenencia es grande, aunque algunas no son originarias de La Sombrera pero la vida les deparó ese lugar como su hogar. Es el caso de Nieves Pérez Trujillo, más conocida como Nena. No nació allí, pero su marido sí. Era costurera y recuerda cómo antes de que llegara la luz al núcleo de medianías cosía con una luz rudimentaria. «Después de que llegó la electricidad, a finales de los 70, me di cuenta de que con el carburo veía mejor lo que tenía que coser», afirma entre las risas cómplices de sus vecinas.
Añoranza
La sensación es que añoran tiempos de antes. Aunque ahora la vida es más cómoda porque tienen más transporte público e incluso a demanda, mejores carreteras, teléfono y electricidad, siguen recordando cómo recorrían a pie La Cuesta, el barranco del Huerto, el camino del Topo, el barranco Cano y la Laja Martín. Para ellas es «un símbolo de unión y cariño con nuestros vecinos», apunta Tejera Careno. Ella también tiene las llaves de la pequeña y modesta iglesia que construyeron los propios vecinos y que se sitúa justo al lado del ‘telecentro’. Califica cada uno de los avances como «milagros» de cada una de las épocas.
«Aquí somos felices»
Benita Carmen Marrero no duda ni un instante: «Aquí somos felices. Yo tengo una casa en la que podría estar mejor en otro sitio de Fasnia, pero yo me quedo aquí. Si es que mis vecinos es de lo mejor que tengo», riega con estas palabras el árbol de la vida. Nena Pérez la suscribe aunque alude a que sus hijos no viven aquí. Lo cierto es que no queda mucha gente joven en La Sombrera porque no hay trabajo, pero seguidamente le quitan importancia porque «estamos a 15 minutos de la autopista y estamos a nada de Santa Cruz y también del Sur», se convencen de que vivir en los altos de Fasnia es lo mejor.
Café y dulces
Toman café y comen dulces. No paran de hablar y en la mayoría de las ocasiones se pisan. Aunque pertenecen a diferentes generaciones, entre todas construyen una radiografía perfecta de lo que significa vivir en La Sombrera, antes y ahora. Emilia Rivero Delgado tiene una nieta que vive en La Sombrera. No quedan muchos niños y el único colegio que quedaba ya desapareció hace varios años. Así que ahora, la nieta de Emilia va a la escuela a Fasnia, aunque también queda uno en La Zarza. Entonces, todas recuerdan todos los centros educativos que había antes. El hecho consumado es que ahora las familias son mucho más pequeñas que antes.
Solo un teléfono
Una de las anécdotas que recuerdan todas es el momento en el que solo había un teléfono en La Sombrera. Corría 1985 y solo estaba ese aparato en casa de una vecina, pero todos lo usaban. La curiosidad viene a continuación: para avisarse de que tenían una llamada, Emilia, la propietaria del teléfono, colgaba una colcha en la azotea. Si era para una parte del barrio, la colgaba de un lado; y si era para el otro, la tendía al opuesto. Esa era la manera.
La Sombrera no tiene supermercado, tampoco médico. Pero no les importa. Nena Pérez Trujillo dice que lo mejor es ser previsora. «Compro para toda la semana y así tengo suficiente», declara y Benita Carmen Marrero dice que «si nos hace falta una cebolla o algo, se la pedimos al vecino», ríen.
Un buen chorro de agua
Una tarde más, las vecinas de La Sombrera riegan el árbol de la vida. Se manifiestan en la perseverancia de todas por recordar a las personas y los momentos que ya se fueron. Un buen chorro de agua para el tronco vital de La Sombrera caen recordando el horno de María, donde todos los 31 de diciembre, hasta 1970, se reunía todo el barrio para hacer pan de leche en forma de flor al son de los tocadores. Este árbol no se va a secar jamás.
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