Masca en Buenavista del Norte: el vacío masificado
Los 80 habitantes del caserío más popular de Tenerife contrastan con los miles de visitantes que recibe a diario

Arturo Jiménez
Masca está encaramada a unas paredes con tal verticalidad y altura que el cuello se resiente al mirarlas. Parece flotar. Es impresionante cómo la vida emerge en un lugar así, en medio de barrancos y lomas que se coronan con antiguas casas canarias. Por la grieta del sendero que lleva a la playa, como si fuera la rendija de una ventana a la que asomarse, se puede ver La Gomera. La piedra y el verde son protagonistas y alongarse al vacío produce un vértigo apacible. Una sensación increíble que se evapora por la masa de turistas que acude a diario a Masca, en Buenavista del Norte.
80 contra miles
Los 80 habitantes del caserío más popular de Tenerife contrastan con los miles de visitantes que recibe a diario. Otro dato apabullante: Masca es, después del Parque Nacional del Teide, el segundo lugar más visitado en la Isla. Un auténtico disparate. A la masa ingente la acompañan sus correspondientes vehículos en una carretera propia del lugar, muy sinuosa, con curvas muy cerradas y con mucho riesgo de enriscarse.
Cómo se hace la visita
La visita, si se viene a la Isla, es claramente obligada. El cómo se hace es una de las polémicas más estiradas en el panorama mediático de Tenerife. En los últimos años ha habido algunos hitos: se reguló el acceso al sendero del barranco debido a su alta mortalidad, se estableció transporte público y obligatorio para realizarlo y además se aplicó la primera ecotasa en el contexto insular. Una medida de la que muchos masqueros dicen que "no sirve para nada porque ese dinero no se reinvierte aquí". A pesar de todo, sigue existiendo un gran problema de acceso, no ya al barranco, sino al caserío en sí.
Una decena de bares
Los miles de turistas que vienen a Masca tienen una decena de posibilidades hosteleras a su alcance. Bares, restaurantes y souvenirs se diseminan por el empedrado paisaje. Así que el sector servicios da de comer al caserío. Es harto complicado escuchar una palabra en castellano al pasear por allí.
Está atardeciendo y son pocos los bares que quedan abiertos. Allí la vida parece acabarse en torno a las 17:00 horas, cuando ya los negocios han hecho caja y a los turistas no les queda otro remedio que disfrutar de los últimos rayos del sol y del paisaje, que no es poco. Es triste cuando en un lugar, con tal halo, solo se intuye lo que realmente es.
"Aquí estamos abandonados"
Quizás, ser un caserío mediático y frecuentemente maltratado en los medios de comunicación convierta el carácter afable en huraño. La reticencia a prestar testimonios se disfraza de anonimato y lo primero que sale por la boca de alguien que es de allí desde siempre es esta frase: "Aquí estamos abandonados". La paradoja se torna aún más evidente.
Una demanda tras otra
El vecino de Masca se queja de que las farolas parecen luces de navidad, constantemente parpadeando. También está descontento con la limpieza porque "solo vienen tres veces a la semana, con la cantidad de gente que pasa por aquí". Y luego ya está la seguridad, un tema complejo. "No vienen agentes de la policía local y solo hay una persona para controlar que los turistas aparquen donde quieren", afirma. También se queja del mal comportamiento, incívico, de algunos visitantes. "Es que no respetan la propiedad privada", dice con cierto enfado.
Todo está lejos de Masca
Su tono reivindicativo y sus demandas no cesan. "El médico lo tenemos en El Palmar y no hay supermercado", sentencia para seguir relatando un episodio urgente que tuvo recientemente de salud. Asombra la facilidad con que calcula los tiempos en los que hace los trayectos en coche y también lo poco que le importa lo lejos que pueda estar Masca de cualquier otro lugar de Tenerife. Todos esos sitios están igual de lejos si el razonamiento se hace al revés. Por ejemplo: "¡Qué lejos está Santa Cruz de Masca!".
El inicio del turismo: 1985
El masquero recuerda la vida de antes con un mayor número de habitantes y sin turistas. "El turismo comenzó en Masca hacia el año 1985. Cuando se mejoró la carretera, porque antes venían en mulo", espeta. "Había unos cuatro rebaños de cabras", calcula al ser preguntado si el pastoreo era una de las principales actividades económicas. La agricultura y la cestería también fueron parte del motor económico de tiempos pasados.

Masca, uno de los pueblos de la Tenerife Vaciada / Arturo Jiménez
A pesar de todo, se vive bien
A pesar de todo, "aquí se vive bien. Ya después de que se van todos se está muy tranquilo", reafirma. En Masca solo queda una pequeña venta situada en El Turrón, uno de los lomos más emblemáticos del caserío y en el que también vive el último alcalde pedáneo que tuvo el núcleo buenavistero. Entrar al pequeño comercio, que tiene el mismo nombre que el barrio, es sumergirse en la nostalgia más profunda. El desbloqueo de recuerdos de la infancia abruma y cuando se espera que detrás del mostrador aparezca una mujer canaria entrada en años, aparece la juventud y la tez morena de una chica que ha decidido apostar por ser el relevo generacional del negocio de su familia. Es la tercera generación de propietarios del local.
La resistencia masquera
Se mezclan una cafetera industrial con botes de ketchup, avíos para la limpieza, una nevera-escaparate en la parte baja del mostrador y una pequeña estantería, a la derecha, con souvenirs hechos de palma. El local tiene varias mesas y unos turistas pican algo de embutido. Es la resistencia.
Cruz de Hilda
Antes de llegar a El Turrón y a unas cuantas curvas de distancia, está el mirador de Cruz de Hilda. Una acogedora cafetería con una vista panorámica de Masca da la bienvenida -si se viene desde Buenavista del Norte- o la despedida -si se llega desde Santiago del Teide- al emblemático caserío. Está regentado por un matrimonio de Las Lagunetas, donde vive Miñona, y residen en Las Portelas, donde Rosa está anclada a la tierra. Un turista pregunta: "¿Qué es eso?", señalando un auténtico barraquito. Pide otro igual y se marcha al gran balcón-terraza desde donde la inmensidad del paisaje sobrecoge.
Un caserío con transtorno bipolar
La doble vida de Masca sorprende. El caserío parece tener un transtorno bipolar. Está cayendo el sol. La mayoría de los turistas se marchan. Los bares y restaurantes cierran. El caserío se viste de serenidad y tranquilidad para dar paso a la noche y esperar que, al día siguiente, el turismo traiga de nuevo el disfraz de masificación.
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