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Lomo de Mena en Güímar: el pulso de la serenidad

Dividido por la carretera general del Sur, se fundó a principios del siglo XVI por Gonzalo de Mena. Desde la cumbre hasta la costa, se aferra a la tierra para no caer en el olvido

Tenerife Vaciada: Lomo de Mena

Arturo Jiménez

Leticia Dorta Lemus

Leticia Dorta Lemus

Van a ser las 12 del mediodía. La campana de la iglesia de la Santa Cruz avisa con su fuerte repique. Cinco minutos más tarde, vuelve a sonar para dar la hora en punto y marcar el pulso de la serenidad sobre el que se mueve la vida en Lomo de Mena, en Güímar, al sureste de Tenerife. Apenas pasan un par de coches a los que les ladran dos perros sin cesar de camino por la acusada pendiente que lleva hasta la iglesia.

Desperdigadas

Dividido por la carretera general del Sur, la TF-28, el caserío se fundó a principios del siglo XVI por Gonzalo de Mena, de ahí el nombre. Discurre desde la cumbre hasta la costa, aferrándose a la tierra para no caer en el olvido que provoca la despoblación. Son unos 200 habitantes repartidos en las casas desperdigadas por el lomo. José Pérez Castro es uno de ellos.

Unos se van y otros se quedan

Su piel morena, fruto aparente de su jubilación, se funde con el azul del cielo y un sol brillante que agradece. "Ya viene bien el calorcito, porque por las mañanas y las tardes está haciendo mucho frío en las casas", advierte. Pérez Castro es originario de allí: "También mis padres y mis abuelos". Tiene dos hijos. Una decidió arreglar una casa heredada por él y vivir en Lomo de Mena. Es de los pocos casos, ya que la mayoría de los jóvenes deciden marcharse del caserío. Así lo hizo su otro hijo, que vive en Santa Cruz y trabaja en La Laguna.

Sin vínculo

El vecino explica que gente que no tiene ningún vínculo con Lomo de Mena está comprando viviendas y habitando el barrio. Este hecho lo sitúa, sobre todo, en la parte baja. "Hay bastantes personas de Venezuela, por ejemplo. La pena es que la mayoría no se relaciona", señala añorando el valor comunitario. Muchas veces se encuentra con gente a la que no puede saludar porque no las conoce. Algo extraño en un lugar como ese. También destaca que hay varias casas dedicadas al alquiler vacacional. No obstante, se queja al preguntarle si esto le da más vida al lugar: "Es gente que no hace vida aquí".

Pérez Castro era agente de medio ambiente, por lo que su conocimiento del territorio es amplio. No se fue nunca de Lomo de Mena, excepto por trabajo. Estuvo varios años en La Palma desarrollando su profesión.

Las últimas

La charla es amena. "A finales de año cerraron la última venta que teníamos y también el bar del centro cultural", dice con pena. Esto supone que "si estamos en casa haciendo cualquier cosa y necesitamos algo urgente, no tenemos nada cerca. Tenemos que desplazarnos hasta La Medida que todavía tiene una pequeña venta abierta", explica refiriéndose al caserío vecino. Hablando de cierres, Pérez Castro también recuerda el que tuvo lugar hace unos diez años: el de la cooperativa agrícola El Calvario. Era el centro neurálgico de la actividad del sector primario y "contó con medio millar de socios de Agache y el Valle de Güímar. Comercializaba la mayor parte de la producción agachera de tomates y papas, a la vez que suministraba abonos, semillas y otros productos del campo, a un menor costo, a los agricultores de dicha comarca", según el cronista oficial de Güímar, Octavio Rodríguez Delgado, en su trabajo 'Apuntes para la Historia de Lomo de Mena (Comarca de Agache, Güímar)'.

Sin médico

Tampoco tienen médico. Pérez Castro acude al centro médico a Güímar, pero pasan consulta en el barrio vecino de El Escobonal, a donde también se puede acudir. Otro de los hábitos cotidianos para los que sale de su barrio es "ir a comprar el pan por la mañana, y traigo también el de más vecinos", asegura en un gesto de confraternidad vecinal.

El centro cultural y la plaza del barrio son un símbolo de unidad: fueron construidas por los vecinos. En el caso del inmueble destinado al ocio, el vecino recuerda "cómo se hizo la obra entre todos. Tiene tres plantas y el Ayuntamiento nos dio materiales, pero de resto lo hicimos todo nosotros". Fue en 1991. Ahora, se imparten clases de yoga o manualidades. Pérez Castro destaca que el centro cultural recibió la medalla de plata del consistorio de Güímar por la intensa actividad que ha desarrollado en toda su existencia.

Tantos niños para llenar dos clases

A las espaldas de José Pérez Castro está el antiguo colegio, un edificio de dos plantas que se construyó en 1960 y que acogió la actividad escolar hasta 1998. En sus inicios acogía a casi 50 escolares. "Antes había tantos chiquillos como para llenar las dos plantas de la escuela. Estaban divididos: los niños en una planta y las niñas en otra. Ahora quedan pocos", empieza a enumerar en función de donde viven. No llega a contar diez. Pero sí que cuenta todos los niños que vivían alrededor de su casa cuando era pequeño: "nosotros éramos cuatro hermanos, pero es que en la casa de al lado eran siete, en la de más arriba ocho y al lado otros siete", cuenta para refrendar la población de aquel entonces.

"Tranquilito"

A pesar de todo, el vecino de Lomo de Mena tiene claro que "aquí se vive bien. Tranquilito. Un día cualquiera en Lomo de Mena para mí es ir a las tierritas que tengo. Cultivo un par de cositas para mí y para mis hijos. Ya después, se junta uno con los amigos para conversar un poco y poco más", resume. Trabajar la tierra ahora es un pasatiempo, pero en la infancia de José era una obligación. "Mi padre era albañil, pero también se araba y sembraba. A los niños nos querían para echar el guano", refiriéndose al estiércol.

"Antes había cabras, alguna vaca, aunque no tantas, pero ya no queda nada de eso", declara. La vida del campo quedó atrás, aunque todavía hay gente en Lomo de Mena que cultiva en sus parcelas. Eso sí, "no viven aquí, sino que vienen, hacen sus tareas y se van. Este que acaba de pasar vive en Santa Cruz", alude señalando a un conductor con el que acaba de cruzar unas palabras.

Razonamiento

En cuanto a la actividad agrícola, su razonamiento ante el abandono del sector en pueblos como Lomo de Mena es sencillo: "Si en Canarias hay 88 municipios, con 88 concejales de agricultura y unos siete consejeros de agricultura. ¿Por qué solo el 33% de la superficie de Canarias es tierra de cultivo?", se pregunta y establece una comparación entre los cargos públicos y la intensidad de las iniciativas agrarias.

Bancales y terrazas

La disposición de Lomo de Mena en bancales habla de la adaptación al territorio. Pequeñas terrazas de roca porosa y de color ocre muestran el abandono de la agricultura. Siguen estando allí, pero no están cultivadas. Es una de las primeras imágenes que se quedan grabadas en la retina del visitante.

Un follón por una subvención

Si se le pregunta al vecino del caserío de Güímar por las demandas que tienen se le viene a la mente una anécdota: la instalación del agua y de sus tuberías. "Nos las tuvimos que arreglar nosotros porque no viene nadie", narra con ímpetu. "Solo hicimos un trozo con una subvención y nos costó un follón tremendo para que nos la dieran. Todos los días nos pedían papeles, hasta que un día nos dicen que se había perdido el expediente", se ríe.

Pérez Castro es feliz en Lomo de Mena, aunque tenga que irse fuera al médico, a comprar el pan o, incluso, este periódico para poder leer un reportaje sobre la tierra que lo ha visto nacer y crecer.

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