Roque Negro en Santa Cruz: nacer de la piedra
El caserío del Parque Rural de Anaga emerge grandioso a la sombra del risco que le da nombre

Arturo Jiménez
Las curtidas manos de varias mujeres de Roque Negro se muestran hábiles aún haciendo cestas de mimbre. Es uno de los cuatro talleres que realizan en el CEIP Sor Florentina y Agustín Cabrera Díaz. Allí estudian los últimos cuatro niños que viven en el caserío, pero también sirve de centro cultural. Las mujeres parecen haber nacido de la piedra, con la dureza del basalto que está en las paredes del barrio. Prueba de ello es Severina Siverio Rojas, que ni corta ni perezosa se echa a la cabeza una cantidad de brezo importante y camina por la pequeña plaza del barrio. Tiene 79 años y una vitalidad incalculable. No tiene fuerza para subírselo, pero sí para tirarlo de una vez casi al borde del barranco.
Grandiosa sombra
Se sienta junto a María Dolores Rojas Perdomo para prestar su testimonio. Y entonces todo se entiende: el caserío del Parque Rural de Anaga emerge grandioso a la sombra del risco que le da nombre. El Roque Negro está justo a sus espaldas, vigilante. Tiznado y atestiguando el patrimonio intangible de este pequeño núcleo. Siverio y Rojas están ataviadas con los sombreros de paja y los delantales que se usaban antes para la faena diaria. Están abrigadas porque sopla el viento frío que se cuela barranco arriba. Empieza la conversación y una advierte a la otra, por lo bajo, de que hable más alto con un pequeño pellizco.
Vida dura
"A mí me salieron los dientes trabajando y lo perdí trabajando también", sentencia María Dolores Rojas con una desnuda sonrisa. La vida en Roque Negro fue dura, siempre en la agricultura, con las cabras y las vacas y sin carretera de asfalto hasta 1972. La vía llegó primero a Afur, el caserío vecino. Recuerdan entonces un pleito vecinal, "de la gente de antes". Los vecinos de Roque Negro querían cobrarles el paso, a modo de peaje, a los de Afur cuando llegó la calzada, ya que "ellos se reían de nosotros porque nos llegó la carretera más tarde por este lado".
Luz rudimentaria
Alumbran la charla mostrando qué utensilios tenían para cruzar los senderos con algo de luz cuando no había electricidad. Construían palmatorias con botellas de vino que, una vez vacías, rompían por debajo y les metían una vela apoyada en el cuello. "Me bebo una copita de vino todos los días en el almuerzo", confiesa Severina Siverio, salerosa, al advertir que para construirla era necesario tomarse el caldo primero. Pero María Dolores tiene un artilugio aún más curioso y rudimentario para alumbrarse: es una papa cortada a la mitad, algo ahuecada para ponerle aceite y una pequeña tela dentro, a modo de mecha. Se prende y se mantiene encendida gracias al líquido que ejerce de combustible. "Con esto íbamos por los senderos para alumbrarnos", describe Rojas.
Solo mujeres, aparentemente
En Roque Negro, aparentemente, solo viven mujeres. Al menos son las que deciden prestar su testimonio y quienes participan de los talleres impartidos por el Ayuntamiento de Santa Cruz. Sí, el consistorio santacrucero. Porque el caserío, en la profundidad de Anaga, pertenece a la gran urbe capitalina de Tenerife. ¡Quién lo diría! Francisca, Juana y Otilia son las siguientes en sentarse a charlar. "El Ayuntamiento no nos da nada", suelta Juana Rojas y se ríe. "No nos da ni la hora", le sigue Francisca (Kika) Suárez. Estalla la risa y la complicidad de las vecinas. Al jolgorio también se les une Otilia Siverio. "Ya verás que cuando vengan los votos vienen todos por aquí", advierte Juana con la sonrisa pícara propia de la sabiduría.
Las tres vecinas también portan sombrero y delantal, aunque bajo el artificio está el abrigo propio de una tarde fría y ventosa de diciembre. A Otilia Siverio le gusta vivir en Roque Negro: "Hay tranquilidad, poquitos coches. No hay mucha contaminación y tampoco hay ruido", describe pausadamente y haciendo gestos que demuestran serenidad. Hasta el núcleo santacrucero llega la guagua que pasa "tres o cuatro veces al día", celebran. Las cinco mujeres permanecen allí y no extrañan otro tipo de vida. Tampoco la conocen. Juana afirma que trabajó más cerca de la urbe limpiando. Se lanza y cuenta que una vez estuvo a punto de comprarse "un coche de licencia. Mi hijo, el más chico, me dijo 'cómpratelo que yo soy el primero que te firmo", se desternillan de risa.
Coger cisco
Suárez, que mantiene los brazos cruzados durante toda la conversación, habla de que siempre se dedicaron a la agricultura y "a coger cisco", una práctica realizada mayoritariamente por las mujeres que consiste en reunir restos de plantas, en este caso el que está a sus espaldas es de brezo, para otras labores de la tierra. Les parece raro que se les pregunte acerca de esto. La vecina también habla de "llevar carbón para La Laguna". Todas estas tareas demuestran la fortaleza y la dureza de los habitantes de Roque Negro, un lugar que reparte las casas entre los barrancos de La Porquera y de La Negra.
Mala racha
Quedan unas 60 personas viviendo allí y a lo largo de este año murieron 14, una cifra notable para un lugar como Roque Negro. "Llevamos una racha", lamentan las tres vecinas. Una vez más el envejecimiento de la población junto al éxodo rural vacían sitios como este. Algunos de los hijos de las cinco vecinas se marcharon por temas laborales. Ellas tienen claro que quieren quedarse allí: "Me voy a La Laguna por cualquier cosa y ya estoy deseando volver a Roque Negro, aunque sea ahí al ladito", se ríe María Dolores Rojas.
Servicios
El consultorio médico está en la zona de la plaza de la Virgen de Fátima. Se celebra el 13 de mayo, pero las fiestas más grandes de Roque Negro son en agosto por la onomástica de San Roque. Justo en frente se ubica la consulta. El médico solo viene los viernes. También tienen una pequeña venta y un bar, pero si necesitan de otros enseres se van a Las Mercedes. No se quejan y se muestran conformes con la vida que les tocó vivir. Justo al lado del colegio hay una cancha que tiene las verjas caídas, pero este es de los pocos desperfectos que se ven en el caserío. Las casas están desperdigadas por los taludes que surgen de los barrancos y parece imposible llegar hasta algunas de ellas.
Vivir en Roque Negro demuestra que el ser humano es capaz de adaptarse a casi cualquier condición de vida y también que las mujeres sostienen y llenan de aelgría los lugares más recónditos de Tenerife.
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