El proyecto turístico que estuvo a punto de arrasar la Rambla de Castro en Tenerife
En 1972, un ambicioso plan urbanístico con hoteles y apartamentos amenazó la Rambla de Castro, uno de los paisajes naturales más valiosos de Los Realejos

Imagen tomada desde uno de los senderos de Rambla de Castro / Cabildo de Tenerife
La Rambla de Castro, uno de los espacios naturales más emblemáticos del norte de Tenerife, estuvo a punto de sufrir una transformación irreversible a comienzos de los años setenta, cuando un macroproyecto turístico, el 'Tropicana Playa', planteó la construcción de hoteles, apartamentos y bungalows sobre este enclave costero de alto valor histórico y ambiental.
El 15 de noviembre de 1972, dos sociedades inmobiliarias se presentaron ante el Ayuntamiento de Los Realejos tras adquirir la finca de 104.201 metros cuadrados, junto con los derechos urbanísticos asociados al denominado Plan Parcial Rambla de Castro, un proyecto que hoy se considera uno de los episodios más controvertidos de su historia.
Un hotel colgado sobre los acantilados
El plan urbanístico dividía el terreno en tres grandes sectores, siendo el más llamativo una zona verde de 47.000 metros cuadrados que incluía un hotel suspendido sobre los acantilados, con piscinas, dos pistas de tenis, senderos interiores y la histórica casona de la Rambla, rodeada de palmerales y una vaguada natural.
El segundo sector, de 25.000 metros cuadrados, estaba destinado a apartamentos turísticos en una ladera próxima al mar, con edificaciones escalonadas concebidas como un gran mirador al océano Atlántico. El tercero se reservaba para bungalows, ubicados sobre bancales agrícolas dedicados al cultivo del plátano.

Este es el proyecto que se creó para la Rambla de Castro en 1972, que se iba a conocer como "Tropicana Playa" / Costa Canaria
La crisis del petróleo frenó el proyecto
Este y otros proyectos turísticos similares quedaron paralizados tras la crisis mundial del petróleo de 1973, desencadenada por la guerra del Yom Kipur, que provocó una de las mayores crisis económicas y energéticas del siglo XX y detuvo en seco muchas inversiones inmobiliarias en Canarias.
Sin embargo, la amenaza no desapareció. A mediados de los años 80, los propietarios retomaron la idea de urbanizar la Rambla de Castro, planteando inicialmente un hotel de 600 plazas, y posteriormente bloques abiertos de apartamentos, lo que generó una alarma social creciente en el norte de Tenerife.
Un espacio histórico al borde del colapso
La Rambla de Castro no solo destaca por su valor natural, sino también por su riqueza histórica. El enclave fue concedido en 1501 al portugués Hernando de Castro, donde se plantaron algunas de las primeras viñas de Tenerife, y fue admirado durante siglos por viajeros, científicos y artistas europeos como Sabino Berthelot o Jules Leclercq.
Durante los siglos XVIII y XIX vivió su época dorada bajo la familia Betancourt y Molina, pero entró en su etapa más crítica con los planes urbanísticos del siglo XX, que llegaron a contemplar incluso el traslado del Loro Parque a este espacio costero.
El convenio que cambió el rumbo
Finalmente, a finales de 1992, se firmó un convenio urbanístico entre el Ayuntamiento de Los Realejos y los propietarios del suelo. El acuerdo permitió la cesión de unos 80.000 metros cuadrados al municipio, incluyendo la casona, el Fortín de San Fernando y los nacientes de agua, a cambio de reservar condiciones urbanísticas para un hotel que nunca llegó a construirse.
Pocos años después, en 1987, la Rambla de Castro fue declarada espacio natural protegido, iniciando un largo proceso de recuperación marcado por la falta de inversión, episodios de vandalismo y el abandono institucional.
Un legado que logró sobrevivir
La Rambla de Castro es considerada una joya ambiental de Canarias, que sobrevivió a proyectos urbanísticos demoledores, a décadas de desidia y a la presión turística. El reciente interés institucional por restaurar la casona como centro de visitantes reabre la esperanza de cerrar, por fin, uno de los capítulos más largos y polémicos de su historia.
Un paisaje que estuvo a punto de desaparecer y que hoy simboliza la resistencia del patrimonio natural frente al urbanismo descontrolado en Tenerife.
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