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Contrastes entre riqueza y pobreza en Santa Cruz de Tenerife: Las Mimosas vs Añaza

El retrato de la cotidianidad revela las desigualdades entre estas dos zonas de la capital

A la izquierda, un hombre pasea por Añaza; a la derecha, una mujer, por Las Mimosas.

A la izquierda, un hombre pasea por Añaza; a la derecha, una mujer, por Las Mimosas. / Andrés Gutiérrez

N. B.

Santa Cruz de Tenerife

Urbanizaciones con piscina privada y edificios desconchados con cableado viejo. Chalets familiares con asistentas y bares que sirven los cafés de toda la vida. Un retrato de contrastes a través de la palabra y la fotografía refleja una profunda brecha económica de forma visible. Las desigualdades en los barrios con mayor y menor poder adquisitivo de las capitales canarias trascienden las cifras. El último Atlas de Distribución de la Renta de los Hogares, actualizado este año con datos de 2023, coloca la lupa en unas estadísticas cuya aplicación se vuelve palpable en la vida cotidiana de los residentes de cada zona.

La antítesis se hace notoria en Santa Cruz de Tenerife. En Las Mimosas, que se posiciona como la zona más pudiente de la capital tinerfeña con 124.345 euros anuales, las estrechas y empinadas calles dan con sofisticados chalets y espacios verdes.

En esta ciudad también se encuentra el barrio con menor renta anual de todas las Islas, siendo una de sus características identitarias el estresante vaivén de vehículos en horas puntas. Con unos ingresos de 22.675 euros anuales, el barrio de Añaza reúne en un mismo espacio grandes grafitis, cafeterías y talleres de costura para jóvenes en riesgo de exclusión social.

Una mañana de camino a clase

Las Mimosas

Andrés acaba de cumplir los 11, su padre es abogado, su madre secretaria a media jornada en la consulta de un ginecólogo, él quiere estudiar Derecho y tener despacho propio... Reside tres calles más arriba de colegio en el que estudia, pero los algo más de 500 metros que separan el chalet familiar del portón principal del complejo educativo los completa en el asiento trasero de un SUV. Antes de bajar de un vehículo eléctrico de color blanco el conductor abre el maletero desde dentro para que él recoja su mochila. Las calles de Las Mimosas son estrechas y empinadas. A muchas no llegan las conexiones de Titsa. Eso obliga a los vecinos a callejear un ratito para coger la guagua. Ignacio hace cinco años que se jubiló [fue empleado de la banca «cuando nos dejaban hacer cosas, porque ahora todo está en manos de los ordenadores», se queja.] y espera a la 902 para ir al Barrio Nuevo. Tiene el «carro» en el taller y ya le han dado el primer disgusto del día: «El arreglo cuesta más de 600 euros... Está algo mayor, pero tiene que durar», suplica mirando a un cielo de color gris plomizo.

Una persona limpiando las zonas ajardinadas de Las Mimosas.

Una persona limpiando las zonas ajardinadas de Las Mimosas. / Andrés Gutiérrez

Añaza

Alberto tiene 14 años, su padre es repartidor y su madre trabaja de cajera en un supermercado, de mayor quiere ser diseñador gráfico y está matriculado en el IES María Rosa Alonso de Añaza... Vive a dos kilómetros del insti y lo normal es que vaya caminando. Sólo cuando «el tiempo se pone feo o hay pocas ganas de andar» recurre a la guagua. Su familia ha comprado un décimo del 01333 que se promociona a la entrada del centro educativo para el Sorteo de Navidad de mañana. «¡A ver si toca!», convoca a la diosa fortuna sin volver la mirada y perderse entre un pelotón de adolescentes. Muy cerca de allí, Luisa espera a la 036 de Titsa. Es camarera en una cafetería de Taco y confiesa que se «ahorra un pico con la gratuidad del transporte público». Eso sí, hay días en los que es necesario armarse con una buena dosis de serenidad para «sobrevivir en una marquesina al frío y a la soledad, sobre todo, tras el atardecer».

Entre entregas de paquetes y clases de costura

Las Mimosas

Un operario de DHL verifica que se encuentra en el número correcto de la calle Emilio Serra Fernández Moratín. Los datos que incluye en el justificante de entrega son los de una asistenta que prefiere quedar en el anonimato. Antes de cerrar la reja pronuncia un «buenos días» empaquetado con una sonrisa cómplice, una señal que tiene el mismo peso que una frase que no llega a pronunciar. Algo así como «no me meta en un lío, por favor». En Las Mimosas no abundan los negocios de servicios [sí las clínicas de estética, los estudios de arquitectura o una farmacia que no duerme nunca] y para completar algo tan sencillo como poner la Bonoloto hay que buscar un pequeño estanco con un letrero de EL DÍA que se encuentra en la intersección de las calles del Olvido y de los Sueños. Un señor con un buen 4x4 estaciona en la parada de guaguas, entra en el 1 x 2 y pide una apuesta de Euromillón. La dependienta le recuerda que La Primitiva tiene 61,5 millones de bote y la tentación le acaba ganando la partida: se lleva una papeleta y el 53.188 de la Lotería del pasado jueves.

Añaza

Un anciano ojea un diario deportivo mientras apura un leche y leche en un bar situado en la avenida de Añaza. Vocifera a no se sabe a quién que «Xabi Alonso está liquidado tras la agónica victoria copera del Real Madrid en el campo del Talavera». Como nadie le sigue corriente cambia de tema y empieza a divagar sobre algunas de las necesidades que existen en el vecindario. «Ya no lo voy a ver, pero no nos vendría nada mal una línea del tranvía. Si lo hicieron en Taco y están viendo si lo llevan a Las Teresitas y a Los Rodeos, habrá alguien que crea que ese servicio es muy necesario aquí, ¿no?», tira al aire el extaxista sin que nadie recoja el guante. Cerca de allí, Feli imparte clases de costura, patronaje y diseño. Empezó estudiando carpintería, pero cuando se dio cuenta de que «se pasaba el día haciendo cojinetes» se mudó al mundo del diseño. Ahora enseña a coser a jóvenes que están en riesgo de exclusión.

Almuerzo en una tasca y compras en el centro comercial

Las Mimosas

Yessica y Jony atienden a los comensales que ocupan dos mesas interiores a la hora del almuerzo. La Tasca de Enfrente es un clásico de Las Mimosas. Ya suma 52 años al pie del cañón y es un punto de encuentro no sólo de los vecinos, sino para muchos santacruceros. «Hay días tranquilos y otros en los que no damos a basto». Entre los dos suman una década en un oficio donde siempre «tienes que ofrecer una buena sonrisa». Igual de dulce como la que un par de calles más allá tienen que regalar a sus clientes Andrea, Blanca, Loli y Yurena en la dulcería López Echeto. La más veterana es Loli. Ya lleva 42 años en la empresa [empezó en la tienda que estaba en el entorno de la Plaza de Toros] y en este tiempo pasó por la cafetería y la heladería. «Viene mucha gente del barrio, pero la clientela es más amplia y abarca diferentes puntos de la ciudad», comenta una de las cinco mujeres que trabajan en un negocio a pleno rendimiento para atender los numerosos pedidos navideños. «Vienen días de mucho trabajo, pero las cosas siempre salen».

Añaza

El estrés circulatorio en el perímetro comercial de Añaza es morrocotudo; encontrar una plaza disponible en el parking casi una misión imposible. Las compras de Nochebuena y Navidad han inundado de clientes las macrosuperficies. Consumidores y trabajadores pactan una minúscula tregua para reponer fuerzas en una cafetería o hamburguesería cercana. La cosa empeora cuando se abren las puertas del instituto y muchos estudiantes optan por ir en busca de un menú rápido. En un cuadrilátero algo más apartado, Fefi acicala las instalaciones de Mujeres de Añaza Emprendedoras (MAE).

«Abrimos de nueve de la mañana a cuatro de la tarde, pero al final me quedo un poquito más porque gusta encontrarme todo limpito al día siguiente», cuenta con una amplia sonrisa en su rostro al hablar de un local en el que se enseña «a jóvenes y no tan jóvenes» las primeras nociones del mundo del modelaje.

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