Las Lagunetas de Buenavista del Norte: el cultivo a la vida
Aunque el barrio lo constituyen apenas dos calles y 20 vecinos, la energía y la vitalidad inundan cada uno de los rincones

Arturo Jiménez
El sol se asoma tímido y parte la cumbre con un haz de luz. El canto de un gallo rompe el silencio y con el balido de dos corderos de fondo. Sebastián López Martín, más conocido como Juan, prepara la 'piva' para arar las huertas que tiene debajo de su casa. Toda una vida dedicada a la agricultura y ahora, con 85 años, es su entretenimiento. Cultiva la vida en el barrio de Las Lagunetas de Buenavista del Norte, en un pequeño desvío a la izquierda en la carretera que lleva hacia Masca (TF-436). Está en pleno Parque Rural de Teno.
Aunque el barrio lo constituyen apenas dos calles y 20 vecinos, la energía y la vitalidad inundan cada uno de los rincones. Buena prueba de ello está en Miñona Acevedo Ávila, bautizada como Herminia. Está casada con Juan y juntos pasan los días en Las Lagunetas. Las manos de ambos están curtidas. Reflejan la vida en el campo. "La infancia no es que fuera buena, porque trabajábamos cuidando vacas, cochinos, cabras y también teníamos bestias", explica la mujer de pelo corto, rizado y cano.
La despensa en la tierra
Más allá de los animales, la vecina de Las Lagunetas, con 83 años en las espaldas, recuerda que sembraban papas, trigo, garbanzos, lentejas, millo, chochos y "eso era todo para nosotros", puntualiza. El núcleo y su tierra fueron la auténtica despensa del barrio sin dejar cabida al hambre. "Vendíamos trigo, papas y queso. De pequeñas -refiriéndose a sus tres hermanas-, antes de ir a la escuela a El Palmar teníamos que cuidar de las cabras descalzas. No había para comprar unas lonas. Nos las poníamos para ir al colegio o para salir", resume así la dureza de la niñez en la década de los 40 y 50 del siglo XX en las zonas de las medianías de Tenerife.

Las Lagunetas (Buenavista del Norte) / Arturo Jiménez
Los tíos y tías
Estudiaron. Venía a darles clase Pepe Ramos, "pero nosotros le decíamos 'tío Pepe'. Aquí, aunque no fuéramos familia, todos éramos tíos o tías", y enumera entonces una serie de personajes cuyo previo es tío o tía. Se abre así la puerta de la amabilidad y cordialidad del barrio y, además, recuerda que "antes, cuando se moría una persona en Las Lagunetas, mi madre nos ponía un delantal negro durante 15 días o un mes, aunque solo fuéramos vecinos". Era el modo de "guardar luto".
En Las Lagunetas no hay supermercado, pero el más cercano está en El Palmar, un par de curvas más abajo. Igual que el consultorio médico, en el que "te atienden todos los días y los viernes, si lo necesitas, vienen a tu casa", cuenta Miñona.
'Jiribilla'
Mientras habla, la vecina de Las Lagunetas no se está quieta. Es una 'jiribilla'. "Yo me estoy meneando", se da cuenta. Es de risa fácil y se entusiasma al charlar. Su agilidad física y mental sorprende, echando a correr incluso para atender a un sobrino. Reitera que la vida fue dura, pero "teníamos de todo para comer. Había algunos vecinos que no tenían tierras y lo pasaban peor. Vivían de ir al monte a por ramas para conseguir leña". Se practicaba el trueque, pero también se compartía y "nos ayudábamos los unos a los otros", confiesa. "Si yo cogía papas hoy, solo cogía yo. Luego venían todos los vecinos, unas 30 o 40 personas, y se cocinaban en la huerta. Llevábamos el pan, el gofio y el queso hasta el lomo arriba", señala a la cumbre boscosa que llega a ser parte del Monte del Agua.
Más de 100
"Yo no he contado los vecinos que hay aquí ahora mismo", confiesa Miñona, pero sí que recuerda que antes "éramos más de 100 viviendas y familias. Ya hay muchas casas que no se ven", y se gira hacia el lomo, de nuevo, y narra cómo "algunas casas se han 'enriscado', pero aquí había mucha gente", afirma contundente. Algunas de esas viviendas están ocultas entre la maleza, en el camino de Arrandianes que conecta con la pista del Monte del Agua. La gente, realmente, no se marcha en masa de Las Lagunetas. Para Miñona, el gran problema está en el envejecimiento y la inevitable muerte de la población.
Esa pérdida de habitantes se contrarresta con la presencia de varios extranjeros que compran su vivienda y se instalan en Las Lagunetas: es el caso de Barry y Hiroko McNelis. Él es irlandés y ella japonesa. Miñona habla maravillas de su nuevo vecino y él está encantado de haber encontrado este lugar. "Buscábamos vivir en la naturaleza y un sitio tranquilo. Antes vivíamos en La Orotava, pero alguien nos habló de este sitio y llevamos aquí unos tres años", dice en un español algo atropellado, pero con el que logra entenderse perfectamente con Miñona y Juan.

Las Lagunetas (Buenavista del Norte) / Arturo Jiménez
Gran entendimiento
A tanto llega el entendimiento que Barry, ataviado con su sombrero de vaquero y su peto de trabajo, siembra y recoge papas, corta viña o hace lo que haga falta con ellos. Está totalmente integrado en el barrio y tiene su casa acondicionada con varias parcelas en las que cultiva mangos, aguacates o papas. Así pasa los días. También recorre los senderos del parque rural, que no son pocos. Otros vecinos, de nacionalidad lituana, holandesa o coreana recalan en Las Lagunetas, pero pasan estancias cortas o, simplemente, hacen su vida.
El Patamero
El centro neurálgico de Las Lagunetas está en el bodegón Patamero. Es el único servicio con el que cuenta el barrio, un lugar de referencia de la gastronomía del Valle de El Palmar que da más vida al núcleo buenavistero. Allí, donde estaba la antigua venta, los hermanos Rodríguez Ávila, ambos de ojos claros como su madre, cultivan el producto local. "Aquí somos pocos, pero hacemos mucho ruido", explica Rosi Rodríguez Ávila recordando una castañada que organizaron hace varias semanas.
La hermana, que lleva ya el gorro de cocina preparando el previo de la apertura del restaurante, decidió quedarse a vivir en Las Lagunetas y ahora mismo, junto a su marido, son de las personas más jóvenes del barrio. Ella tiene 59 años. La falta de oportunidades laborales se suma al envejecimiento de la población residente y "así nadie se queda. Aunque hay gente que está volviendo por los problemas que hay con la vivienda", argumentan.
Un barrio familiar
La familia que regenta el bodegón se extiende por casi todo el núcleo y de esta manera el territorio se convierte en hogar. Son los encargados de organizar las fiestas en honor a la Cruz desde hace 30 años. Una tradición que fundó el alcalde pedáneo José González Martín, más conocido como José Romaldo. Esta figura, la de los alcaldes de barrio, se perdió con el paso del tiempo y las facilidades administrativas, pero en Las Lagunetas se le recuerda por conseguir la construcción de la plaza, el centro cultural, el parque infantil y la iglesia. Él sembró la semilla de la comunidad y ahora, 40 años después, se recogen los frutos del cultivo a la vida en el barrio.
Por pocos vecinos que queden en Las Lagunetas, siempre se atisba la capacidad de sobrevivir y compartir unas papas, un vino o unos trozos de carne en torno a una mesa.
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