Sabina Alta en Fasnia: el poder de la comunidad
La premisa de "no es cuestión de cantidad, sino de calidad" es válida para este núcleo en el que viven 149 personas

Centro cultural de Sabina Alta, en los alrededores de la plaza donde se concentra la actividad del barrio / Arturo Jiménez
Vivir en una gran ciudad desdibuja los rostros de los que comparten edificio o calle. Apenas se conocen. Eso es prácticamente imposible en lugares como Sabina Alta, en Fasnia. "Aquí pasa un coche y por el ruido ya sabemos quién es", dicen entre risas los vecinos. Y lo tienen claro porque el barrio solo tiene una vía muy inclinada llamada San Isidro, patrón y santo por el que celebran su romería en mayo.
Mejor calidad que cantidad
La premisa de "no es cuestión de cantidad, sino de calidad" es válida para este núcleo del sureste de Tenerife, en el que viven 149 personas. Aunque antes, en la segunda mitad del siglo XX, "éramos muchos más", comenta el vecino Graciano Tejera Rodríguez. La Sabina Alta toma su nombre de un árbol. El original ya no existe, pero se plantó otro para recordar el origen del topónimo. Aunque la sabina inicial ya no esté en el barrio, sus raíces calaron fuertes en sus habitantes. Existen documentos que aseguran que ya en el siglo XVIII aquí vivían alrededor de 60 personas, definiéndose como uno de los núcleos tradicionales de Fasnia.
'Un lugar para disfrutar'
El lema del barrio, inscrito en la gran pared del centro cultural que asoma a una especie de cancha deportiva, es 'un lugar para disfrutar'. "Aquí se vive tranquilo", apostilla Tejera. No tienen supermercado, ni venta, ni bar y el consultorio médico está en La Zarza, núcleo cercano. El médico pasa consulta dos horas al día. "Pero hoy con el coche, no hay problemas", añade. Y lo mismo piensa Armando Gutiérrez Marrero, de Sabina Alta de toda la vida, aunque "también viví más arriba". "A nosotros nos lo traen todo nuestras hijas", explica Gutiérrez.
Todo trabajar
Armando Gutiérrez tiene más de 80 años. Su rostro está curtido por el trabajo duro de "los canales y las galerías de agua. Con 16 años ya empecé a trabajar en eso y, luego, también en la agricultura y en casi todas las compañías echando asfalto. Mi vida ha sido todo trabajar", dice con una tranquilidad pasmosa. Es un hombre sigiloso, que sigue cultivando con paciencia en las huertas que tiene y no se separa de Paula, su esposa.
Paula Flores Marrero llegó apoyada en su marido y su hija, Mónica Gutiérrez. La suavidad de los tonos de su ropa van a juego con sus uñas: "Me las pintó mi nieta", dice orgullosa. Su mirada, un tanto perdida en ocasiones, se recupera y brinda el brillo de una mujer apasionada por el lugar en el que nació y se crió. "Es el pueblo de nuestros padres y de nuestros abuelos. Era una vida en la que se mezclaba toda la familia y era bonito. Y sigue siendo bonito, todavía no nos hemos peleado ninguno", bromea.
Agüita guisada
La tarde, fría y gris, era ideal para una "agüita guisada". De "hierbitas", de las que plantan en Sabina Alta, como el toronjil. Y también para café, algo que Paula Flores - con un primer apellido que llevaba estampado en su cómodo chándal - no paró de pedir hasta que lo consiguió. Debajo del centro cultural del barrio, hay un salón en el que todos los vecinos se reúnen. Apenas existen protocolos municipales para el uso de la instalación, ni tampoco de la ermita que se encuentra en la misma plaza. Una simple llamada a Carmita Pérez Fumero abrió las puertas del templo en honor a San Isidro.
Bodega comunitaria
Pero el poder de la comunidad de Sabina Alta llega aún más allá. Bajo el salón donde se está preparando el café, hay una bodega conectada a un dornajo que está a pie de plaza. Allí, en el mes de septiembre con la vendimia, los vecinos aportan uva de sus propias viñas, la pisan con la ayuda de los escolares del municipio y se almacena en las barricas y depósitos situados en la parte subterránea. Una manguera se conecta al dornajo llenando los barriles, quedando el vino a disposición de los vecinos que lo requieran.
La bodega encierra el calor de la comunidad. El suelo de zahorra, las copas apiladas en una pequeña barra de madera y la invitación por bandera a probar el caldo comunitario. Un vino blanco cálido y brillante, más aún a la sombra del habitáculo. Una sensación abrumadora inunda el sitio: se está en un lugar seguro, es casa. Es hogar. Se alzan las copas y se brinda. Entonces llega José Carlos Tejera Hernández, primo de Graciano. Además de parentesco, comparten profesión: ambos son jardineros. Gracias a esto, el Ayuntamiento de Fasnia se ahorra muchas veces enviar a alguien a Sabina Alta, bromean. Lo cierto es que el color de los geranios avisa del cuidado de las plantas en el entorno sabinero.
Huele a café. Es turno de subir y tomarse algo que caliente el cuerpo junto a unas palmeritas dulces que Paula insistía en brindar a todos. La hospitalidad se siente en el corrillo de vecinos. Se sumaron dos vecinas más, que aunque no son de Sabina Alta, se acercaron y compartieron este momento. "Aquí las puertas de nuestra casa siempre están abiertas", afirman en un gesto de cordialidad y aseguran que, aunque "ahora mismo no se vea a nadie aquí, el día de las fiestas esto es un hervidero", avisan.
Aumenta el padrón
Hablan con mucho orgullo de la romería de San Isidro y de cómo se acerca todo el mundo. Algo parecido, a menor escala, ocurre los fines de semana cuando algunos retornan para disfrutar de la tranquilidad de Sabina Alta. Apenas hay niños, no como antes. Comentan que en la época de la covid, un matrimonio y sus hijos volvieron a Sabina Alta y hablan de cómo el padrón del municipio, en general, está aumentando por la situación de la vivienda.
Los niños construyeron la ermita
La pareja de primos de Sabina Alta recuerda haber tenido buena infancia. Jugaban todos juntos en la plaza, aunque tenían que ir caminando hasta muy lejos para llegar a los tomateros o ayudar en la construcción de la ermita de San Isidro, en los recreos. "El maestro, Tomás Gandía, nos ponía a ayudar en la obra", cuenta el vecino. Y no miente: las fuentes consultadas afirman que el templo fue construido por "los alumnos de la escuela del barrio". Algo impensable en la actualidad y que refuerza, una vez más, el poder comunitario de Sabina Alta. "En 2019, en el 50 aniversario de la construcción de la ermita, hicimos una recreación de cómo fue la obra", recuerda Tejera. Mira hacia el lateral y señala dónde estaban colocados los bidones de agua, "porque en aquella época no había agua como ahora. Y aquí no había nada edificado", indica con las manos.
La escuela de Sabina Alta está en una casa antigua de la única calle del núcleo. Encima de la puerta se puede leer en pequeños mosaicos, uno para cada grafía con fondo blanco y letras negras, 'La escuela'. Allí solo iban los niños y "las niñas iban a La Sombrera", otro de los barrios de las medianías de Fasnia. Esa separación no es digna, ni refleja la unión que existe entre los vecinos de Sabina Alta en la actualidad. Porque un barrio como este no está tan vacío si es así de grata la compañía.
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