Antonio Pérez Morales, vicario general y administrador de la Diócesis: "Estar al lado de Bernardo Álvarez durante tantos años fue un honor"
El vicario de la Diócesis, palmero también como el obispo fallecido, conoció a monseñor Álvarez como director espiritual en el seminario; fue su mano derecha hasta a la hora de dar el relevo a Eloy Santiago

Bernardo Álvarez, ya obispo emérito, junto a Antonio Pérez Morales, administrador diocesano de la Iglesia de Tenerife. / El Día
La relación entre Antonio Pérez Morales, vicario de la Diócesis de Tenerife, y Bernardo Álvarez, obispo emérito fallecido el martes 24 de noviembre de 2025, comenzó en un escenario decisivo: el Seminario. Allí, cuando Antonio aún se formaba para el sacerdocio, Álvarez se convirtió en su director espiritual, una figura clave en la vida de cualquier seminarista.
“Fue en el seminario donde empecé a conocer de verdad a don Bernardo”, recuerda Pérez Morales. “Era un guía, un orientador, alguien que sabía escuchar y acompañar”.
Aquel primer contacto marcó la dinámica de una relación que se sostendría durante décadas: Bernardo Álvarez y Antonio Pérez, unidos también por sus raíces en la isla de La Palma.
El regreso de Roma y un trabajo cada vez más estrecho
Tras completar su formación en Roma, Antonio regresó a Canarias y su camino volvió a cruzarse con el de Álvarez. Él mismo cuenta que uno de sus primeros destinos fue la Vicaría de La Gomera y El Hierro, precisamente cuando Álvarez ejercía como vicario general. Aquel reencuentro consolidó una relación que ya no se rompería.
“Volví y enseguida empezamos a trabajar juntos de manera más directa”, explica. Ese trabajo conjunto se intensificó cuando, al poco tiempo, fue nombrado secretario de Pastoral, un puesto que dependía directamente del entonces vicario general.
De ahí en adelante, los dos palmeros comenzaron a construir un vínculo que mezclaba lo institucional con lo humano: reuniones interminables, decisiones compartidas, retos pastorales en tiempos de cambio, y también alegrías, celebraciones y complicidades nacidas del día a día.
El salto al episcopado y una confianza que no se quebró
Cuando Bernardo Álvarez fue ordenado obispo, muchos esperaban cambios en su equipo de trabajo. Sin embargo, mantuvo su confianza en Antonio Pérez Morales, quien pasó a ser vicario general durante todo su episcopado.
“Siempre decía que, pese a tener personalidades muy distintas, don Bernardo quiso contar conmigo”, recuerda. “Para mí fue un honor que mantuviera esa confianza durante tanto tiempo”.
Esta permanencia —inusualmente prolongada en la estructura diocesana— es un indicio de una relación sólida, respetuosa y profundamente humana.
Un obispo incansable
Para Antonio, si algo define a su amigo y obispo es su capacidad de trabajo.
Era, según expresa, un hombre incansable, dotado de una energía difícil de igualar, apasionado por cada dimensión del Evangelio, por las personas y por la misión. “Era un trabajador incansable, apasionado por el Evangelio y por la gente”, subraya. “Tenía una capacidad de entrega impresionante”.
Esa pasión, recuerda, se notaba en los planes pastorales, en su forma de comunicarse con las parroquias y en su interés constante por la formación de los laicos. Para Álvarez, la evangelización no era solo un deber institucional: era un ardor que lo movía desde dentro.
Años de cambios y desafíos compartidos
El vicario reconoce que trabajar junto a Álvarez durante tantos años significó también vivir con él momentos de todo tipo.
“Estos años dan para mucho”, admite. “Para momentos gozosos, para momentos tristes, para compartir retos y realidades”.
La Iglesia cambió, la sociedad cambió y también cambiaron las necesidades pastorales. Pero, en medio de transformaciones profundas, Álvarez mantuvo —dice Antonio— una fidelidad absoluta a la misión y un compromiso personal que pocas veces se ve.
Personalidades distintas, afecto profundo
Antonio recalca un detalle que dice mucho de su relación con don Bernardo:
“Siempre decía que, aunque teníamos personalidades muy distintas, él quiso contar conmigo”.
Esa confianza, afirma, habla del carácter del obispo. No buscaba uniformidad. Valoraba la diversidad, la complementariedad y lo que cada uno podía aportar desde su propio modo de ser.
“Para mí, eso siempre fue un honor”, confiesa. La palabra “honor” se repite varias veces en su relato, y en cada una de ellas aparece teñida de afecto, respeto y una gratitud que no se fuerza: brota de una historia compartida.
Dos palmeros unidos en la misión
Los dos nacieron en La Palma. Y aunque Antonio menciona el dato con discreción, es difícil no reconocer cómo la raíz común refuerza el vínculo.
El carácter palmero, la cercanía, la franqueza y la espiritualidad propia de la isla tejieron, de fondo, una sintonía especial.
No eran simplemente obispo y vicario. Eran dos hombres de la misma tierra, con acentos compartidos, con vivencias similares, con recuerdos paralelos que, a lo largo de los años, se transformaron en un lenguaje propio.
El adiós y la gratitud
El fallecimiento de Bernardo Álvarez deja un vacío profundo en la Diócesis. Pero para Antonio Pérez Morales, ese vacío es también personal.
Perdió a un obispo, sí; pero también a un maestro, un referente y, sin duda, un amigo.
De su testimonio brota una conclusión: la historia dos palmeros dedicados a la Iglesia y entrelazadas durante décadas, sostenidas por el trabajo, la fe y la amistad.
“Estar a su lado durante tantos años fue un honor”, repite con voz entrecortada, una frase que se resume el afecto sincero de un sacerdote que caminó junto a su obispo desde su juventud hasta el final.
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