Rigoberto González, maestro con madera de alcalde
Maestro de escuela, alcalde de Güímar durante ocho años en dos períodos y, sobre todo, aficionado a la marquetería naval. Uno de los ‘padres’ del Polígono Industrial, desvela aquello de lo que se siente más satisfecho como gestor público y habla de los 21 años que vivió en vilo por una denuncia que finalmente fue desestimada.

El Día

Rigoberto González González presume de ser nacido, criado y ensolerado en Güímar, ciudad de la que fue alcalde durante ocho años en dos períodos. También puede presumir de haber sido maestro de escuela antes y después de su etapa como regidor, siempre que la política se lo permitía. Jubilado de la enseñanza y retirado de la política, se mantiene activo en el taller que cuida en su casa, a la espera de que un día Tenerife haga realidad el anhelado museo naval.
Infancia marcada por la pérdida
Huérfano de madre a los dos años, perdió a su padre con catorce y quedó, junto a su hermana, al cuidado de su familia paterna. Culminó sus estudios como maestro en la Universidad de La Laguna. «Creo que terminé en 1971», recuerda, antes de afrontar su primer destino profesional en el barrio de La Salud y, posteriormente, en Arico, donde permaneció trece años, cinco de ellos como director del colegio Nuestra Señora de la Luz. «También estuve en el Hernández Melque, de Güímar, hasta que desapareció», añade. Reconoce que la política acabó imponiéndose: dejó la dirección en 1987 para dar el salto a la vida municipal.
Primeros pasos en la política local
«Mi primer período en el Ayuntamiento de Güímar fue de 1987 a 1991». Fue segundo teniente de alcalde al principio y, tras la marcha de Gonzalo Noda, asumió la primera tenencia hasta el final del mandato. Entre 1993 y 1995 ejerció como alcalde en solitario, aunque sin mayoría absoluta. Con honestidad admite errores: «Metimos la pata con Manolo –un socialista que concurrió a los comicios en una agrupación independiente–. A los catorce meses me hicieron la moción de censura con votos del PP, de CC y de Manolo».

Rigoberto González muestra sus maquetas / El Día
Regreso a las aulas y vuelta a la Alcaldía
Tras esa moción regresó a las aulas –no como director, sino como maestro– y retornó a la Alcaldía en 1999, esta vez pactando con Coalición Canaria. «Con Néstor Marrero y Javier Mederos estuvimos cuatro años; fue un buen mandato», afirma. Rememora la sintonía con otros líderes de Arafo y Candelaria, Domingo Calzadilla y Rodolfo Afonso, «con quienes trabajamos para impulsar el polígono industrial y crear empleo».
Batallas contra los áridos
Entre los asuntos que siguen latentes, cita los problemas con la extracción de áridos: «Una década de manifestaciones» para frenar explotaciones que no contaban con las licencias municipales necesarias. «El Ayuntamiento nunca dio la licencia», asegura, y apunta a otras administraciones como responsables de autorizar planes de regeneración en los barrancos.
Logros y un monumento que le enorgullece
De su paso por la Alcaldía de Güímar, destaca: «Conseguimos instalaciones: Correos, pabellón cubierto, terrero de lucha, ampliación del centro de salud…». Y si hay un proyecto del que se siente especialmente orgulloso es la restauración de la Iglesia de San Pedro: «Cuando entré la primera vez estaba sin techo. Con pocos recursos nos pusimos manos a la obra y el pueblo colaboró mucho». Evoca donativos «de hasta un millón de pesetas» y afirma: «Creo que es el monumento más importante que tiene Güímar».
Devoción por el modelismo naval
Junto a la política, la madera. La afición por la carpintería y el modelismo naval la lleva en la sangre. «Mis dos tíos, los que se marcharon a Australia, eran ebanistas. Yo empecé a los 11 o 12 años en el banco de trabajo». La primera casa en la que hizo toda la carpintería –ventanas y puertas– fue la suya, un aprendizaje forzado. «Mi tío tuvo que irse y se quedó la máquina a medias; no me quedó más remedio». Con los años, la marquetería naval se ha convertido en su religión: «He hecho 47 maquetas; el HMS Victory de Nelson me llevó cerca de dos años. Hice hasta los baños por dentro». Ha vendido una. Hoy colabora con encargos institucionales: «He hecho carabelas de Colón para el Cabildo», aunque aún no se han materializado económicamente.
Cicatrices de la vida pública
La vida pública deja cicatrices. Rigoberto recuerda un proceso judicial: «Tuve un pleito que duró 21 años», por la denuncia relacionada con una casa cuya obra fue paralizada y sometida a peritajes que demostraron el cumplimiento de la normativa por parte del aparejador implicado. «Nos metieron a casi todos», lamenta. Por ese trance «me llamaron de todo; te llaman ladrón…». Reconoce que la política «te absorbe», hasta el punto de que durante ese tiempo aparcó la marquetería. «No tienes cabeza para otra cosa».
Entre la familia y el taller
Rigoberto tiene 76 años –77 en enero–, precisa con una eterna sonrisa. «Ni que me muera pienso volver a la gestión pública», bromea, aunque admite que le gustaba la política municipal, «pero ahora, ya no». Añora algunos momentos de su paso por la escuela, en especial los años de Arico. A su regreso de la Alcaldía, «los últimos años me pesó cuidar los recreos. Daba clases a quinto y sexto, los mayores de Primaria».
“Me quedo con mis barcos y mi nieta”
«La política te absorbe, pero cuando sales te preguntas qué hacías ahí. Yo me lo paso mejor con mis barcos y mi nieta, que ahora se acerca y le gusta hacer cositas conmigo; le estoy haciendo un barquito para que lo monte conmigo cuando viene».
Una reflexión final
Antes de despedirse, Rigo, como lo conoce el pueblo güimarero, deja una penúltima reflexión: «Ahora se están asfaltando calles que se asfaltaron hace 30 o 40 años». Y añade: «Güímar tuvo su época buena con Tita (Vicenta Díaz), Víctor (Pérez) y conmigo: en tres mandatos se hizo lo que había que hacer».
Y vuelve a la realidad que lo acerca a la familia y al taller: «Hacer maquetas te obliga a leer la historia; mientras las haces te empapas. Es una forma de seguir aprendiendo».
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