Candelaria
Cho Vito, la herida sigue abierta 13 años después
El poblado marinero fue aniquilado el 2012, pero su desaparición comenzó cuando las palas demolieron 23 de sus 31 viviendas en 2008. Hoy, un paseo llega hasta una playa de callaos al lado sur de la central eléctrica de Caletillas.

Cho Vito, en la actualidad. | MARÍA PISACA
Candelaria vuelve la vista hacia uno de los episodios más controvertidos de su historia reciente: la demolición del poblado costero de Cho Vito, un poblado marinero arrasado de forma parcial en 2008 tras un largo conflicto administrativo y judicial y aniquilado en 2012. Tal día como hoy, 16 de noviembre, a las 9:56 horas, la pala comenzó el derribo de la casa de Tomás González, el líder del lugar. Trece años después, el aniversario reabre un debate que nunca terminó de cerrarse: ¿qué se perdió aquel día y qué se ha ganado desde entonces? Esta es una historia que se vendió desde lo público como ejemplarizante contra asentamientos ubicados en zonas de dominio público marítimo-terrestre y que comenzó el 4 de marzo de 1998, con una publicación en el Boletín Oficial de Canarias.
El poblado, situado a la orilla del mar y con la central eléctrica de Caletillas como frontera al Este, fue durante décadas un asentamiento de pequeñas viviendas, muchas levantadas por familias de pescadores que se instalaron allí antes de la expansión urbanística de la zona. El 7 de octubre de 2008, tras resoluciones que declaraban las casas como ocupación ilegal del dominio público marítimo-terrestre, las máquinas entraron de madrugada entre protestas vecinales. Las imágenes de agentes desalojando a los residentes y de muros de 23 casas cayendo al golpe de las excavadoras se grabaron en la memoria colectiva de la isla. Cuatro años después, el dispositivo corrigió sus «errores» y el desalojo de las nueve casas que quedaron en pie fue menos problemático, pero igual de «doloroso».

Restos de Cho Vito. | | / ARTURO JIMÉNEZ
Sin uso definido
Hoy, la costa donde se levantaba el poblado es un espacio sin uso definido. Para muchos, es el recuerdo de promesas incumplidas: se habló de recuperar la costa para uso público, de crear una zona de acceso ciudadano y de regeneración ambiental, pero nada de eso se ha materializado plenamente. Tomás González reivindica memoria y reparación.
«Lo que más duele no es solo que derribaran nuestras casas, sino que tantos años después el lugar siga abandonado», afirma González, quien perdió en 2008 la vivienda donde creó y creció su familia. «Nos dijeron que la costa sería para todos y hoy solo vemos un espacio vacío, degradado, que no honra a nadie».
El recuerdo de Cho Vito vuelve cada año. Los vecinos desplazados han visto cómo otros procesos de recuperación del litoral en Canarias avanzaban con mayor decisión y recursos. Según González, la comparación es inevitable: «Parece que nuestro barrio fue borrado del mapa y de la agenda pública. Pedimos que se reconozca lo que representaba Cho Vito».

Estado actual de la playa de Cho Vito, en la costa de Candelaria. | / MARÍA PISACA
Despejar la costa de Candelaria
El Ayuntamiento de Candelaria y Costas coincidieron hace 17 años en que la actuación respondió a la obligación legal de despejar el dominio público. Sin embargo, la falta de un proyecto claro posterior dejó un vacío urbanístico y también emocional. Para muchos, Cho Vito simbolizaba una manera de vivir que desapareció con los derribos. Hay quienes reivindican lo que se llamó «el espíritu de Cho Vito» y sugieren habilitar en la zona «un espacio de memoria y convivencia», un reconocimiento «sencillo y un lugar que devuelva dignidad a una historia que es parte de Candelaria».
Diecisiete años después de que a las 10:28 horas del 7 de octubre de 2008 «la pala mordió la casa de Rafael» y trece desde que otra lo hiciera en la vivienda de Tomás, Cho Vito sigue siendo una herida abierta, «pero también una conversación pendiente sobre cómo gestionar el litoral, cómo proteger la memoria comunitaria y cómo aprender de decisiones que marcaron profundamente a quienes vivimos en esas pequeñas casas frente al mar». Mientras esa conversación no se cierre, el eco de los derribos seguirá resonando en la costa de Candelaria y más allá.
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