El Draguillo: el caserío de Polo
Sin luz y con riesgo de quedar incomunicado por desprendimientos cuando llueve, los senderistas convierten la ‘espalda’ de Benijo en la calle del Castillo de Anaga. Hipólito González, su único vecino hasta hace unos meses, ya tiene compañía

Arturo Jiménez

Veintinueve kilómetros y una hora de trayecto marcan la distancia con la civilización, entre la capital tinerfeña y, sin abandonar su territorio, Anaga, donde todo es diferente. Más lo es después de superar la árida carretera de acceso por San Andrés y asomarse al otro mundo que custodia el León de Taganana, a la salida del túnel, hasta llegar al caserío de El Draguillo. Antes, Taganana, capital del parque rural; las playas del Roque de Las Bodegas y Almáciga; subir a Benijo; sortear la cascada de agua –seca hasta el miércoles, cuando llegaron los chubascos– para adentrarse en el caserío.
Senderistas, coches de alquiler y un pulso entre naturaleza y ciudad
Donde termina el asfalto y comienza una angosta pista de cemento, se arremolinan una treintena de coches de alquiler, cuyos ocupantes convierten el resto del trayecto en la particular calle del Castillo de Anaga: un incesante ir y venir de senderistas con bastones, botas y sombreros de explorador. Aquí se libra el pulso entre la urbe y la biodiversidad, recordando que en el paraíso también hay sitio para la emergencia, aunque no para una ambulancia.
Así es El Draguillo, un caserío colgado del barranco
Al caserío de El Draguillo se accede tras superar un tercer recodo a la izquierda, ya por una pista de tierra que apenas garantiza el paso de un vehículo. En la vaguada del barranco, unas treinta construcciones escalonadas forman un poblado. A mitad de la bajada, desafiando la pendiente, recibe al visitante Hipólito González Sosa, Polo, hijo de Florentín Jesús y Amelia, quienes criaron a su familia trabajando el campo y un rebaño de cabras.

Hipólito González Sosa, conocido como Polo. / Arturo Jiménez
Polo, el guardián del caserío
Polo ha sido hasta hace cinco meses el único vecino de El Draguillo y su custodio, vigilando las 24 viviendas del caserío. Sus hermanos viven en Candelaria y Barrio Nuevo, y cuando enfermó su padre se trasladó temporalmente.
Recuerda sus caminatas de niño a la escuela de Almáciga, media hora de trayecto evitando la playa; cómo desde La Laguna les compraban los quesos de su padre; o cómo iba por pan a Casa Paca, en Benijo.
Un lugar donde el tiempo se detiene
En el número 8 de El Draguillo, Polo rememora cómo el caserío se fue despoblando con la muerte de muchos vecinos. Nacido en 1976, sus manos muestran que nunca rehúye un trabajo. El agua potable llegó hace cuarenta años con la pista de acceso; antes, venía en camiones.
Cultivos, aislamiento y riesgo constante
Polo cultiva papas y otras hortalizas en sus fincas, pero la pista no evita que las lluvias lo dejen incomunicado por los frecuentes desprendimientos. «En los últimos veinte años ha habido por lo menos cuatro lluvias potentes», asegura.

Una treinta de coches de alquiler estacionados a la entrada del caserío de El Draguillo. / Arturo Jiménez
Un caserío sin luz, salvo la que traen las placas solares
Las viviendas carecen de electricidad salvo aquellas con placas solares.
En una casa cercana, Adrián la ha convertido en vivienda vacacional, y más abajo una pareja extranjera se instaló tras comprar una vivienda.
Historias del caserío: Rosa, Argelia y los rescates complicados
«Aquí la señal de televisión llega por satélite y solo se ven un par de canales», explica Polo mientras enseña la casa de Rosa, de La Salud, cuya toalla del Hospital de La Candelaria lleva casi un año al sol.
Enfrente, la casa de Argelia, una vecina de unos 90 años que vive en San Andrés, recuerda su rescate de hace dos años.

José Martín Guillén, vecino y propietario del número 1 de El Draguillo. / Arturo Jiménez
La vida continúa entre dificultades
Begoña Cruz, que alterna su residencia con La Laguna y trabaja de noche en el Teide, disfruta del caserío con su esposo, José Martín Guillén, vecino del número 1.
«La entrada de El Draguillo estaba llena de coches de alquiler… tuvieron que venir los bomberos para sacarla en camilla», recuerda sobre Argelia.
“En el Sáhara están mejor que aquí”
Martín llega contrariado: «En el Sáhara están mejor que aquí», critica la carretera, la falta de luz y las averías de la tubería.
También recuerda la promesa incumplida, tras el Delta, de pasar el cableado por la tubería instalada. «Cada vez que llueve quedamos incomunicados», lamenta, y añade que cuando la avioneta del Cabildo fumiga, «en seis días desaparecen los conejos». No porque sea cazador, aclara: «Como la carne que crío».
Martín y Begoña emprenden regreso a la civilización. Polo se queda, como siempre, cuidando El Draguillo, un caserío donde los nuevos vecinos extranjeros no descartan ampliar su familia.

Caserío de El Draguillo, a mitad de camino entre Benijo y Las Palmas de Anaga. / Arturo Jiménez
El Draguillo, Santa Cruz de Tenerife
En la Anaga santacrucera, municipio al que corresponde el 77% del parque, se descubre, a la espalda de Benijo, el caserío de El Draguillo. Con puestas de sol de obligada visita al menos una vez en la vida, el paraíso está empadronado aquí, con Polo y una pareja más.

Begoña Cruz, vecina de La Laguna / Arturo Jiménez
Begoña Cruz, vecina de La Laguna
Residente en La Laguna, Begoña Cruz, de 52 años, es guarda forestal en el Parque Nacional del Teide. Cada vez que trabaja una noche, aprovecha los dos días libres que le corresponden y se va a la casa que heredó de su abuela su esposo, José Martín Guillén. «Está loco por jubilarse para venirse a vivir aquí», dice, donde tienen sus gallinas, un conejo y un macho. También poseen una casa con terreno en la vecina hacienda de Las Palmas de Anaga, que no visitan desde la pandemia por la dificultad del acceso.

Kateřina Honců, primera vecina de El Draguillo en 50 años / Arturo Jiménez
Kateřina Honců, primera vecina de El Draguillo en 50 años
Natural de la República Checa, Kateřina Honců, de 29 años, conoció Anaga a raíz de la covid, por sus idílicos senderos. Con su pareja, de cuna irlandesa, se establecieron con su caravana en el sur de Tenerife, donde los precios son prohibitivos. Él trabaja en el mantenimiento de apartamentos que ella gestiona, además de teletrabajar como autónoma llevando redes sociales. Hace cinco meses adquirieron su casa y se convirtieron en los primeros vecinos llegados a El Draguillo en casi medio siglo.
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