La investigación canaria se vive al aire libre: más de 12.000 personas se dan cita en la Feria de la Ciencia de La Orotava
Bajo un manto de nubes que auguraba una tormenta que nunca llegó, la Feria de la Ciencia de La Orotava celebra su vigésimo segunda edición ocupando más espacio que nunca y logrando un récord de participación tanto de los científicos isleños como de los visitantes al evento

Andrés Gutiérrez

No es la primera vez que, a sus ocho años, Mario Hernández tiene la oportunidad de conocer la ciencia de primera mano. Los dinosaurios, los planetas y los volcanes siempre han estado presentes en sus libros, sus dibujos y hasta sus pijamas. Pero su última visita a la Feria de la Ciencia de La Orotava le ha marcado.
Y es que no todos los días recibe un halago tan significativo como que puede llegar a ser «uno de los mejores astrofísicos de Canarias». Con una sonrisa exultante y un fervor entusiasta, se acerca a su abuela, que lo vigila de cerca, para contarle sus hazañas en la carpa que el Instituto de Astrofísica de Canarias (IAC) ha colocado en la céntrica Plaza de la Constitución, en la Villa.
Allí le han hecho comparar los espectros lumínicos de distintos elementos químicos y adivinar cuáles eran. «Conseguí descubrirlo todo, incluso siendo daltónico», destaca con orgullo y sin siquiera replantearse lo que esas palabras podrán suponer para su futuro.
El pequeño Mario es uno de los miles de niños que se han dado un salto hoy por la Feria de la Ciencia de La Orotava. Una tradicional cita con la ciencia que, por vigésimo segundo año consecutivo, ha dinamizado la jornada en la Villa con decenas de laboratorios al aire libre para el disfrute de niños y mayores.

Una joven mira a través del microscopio / Andrés Gutiérrez
Alrededor de 12.000 personas –2.000 más que el año anterior– han disfrutado así de un paseo de domingo diferente, en el que tuvieron la oportunidad de acercarse a quienes estudian el medioambiente, los volcanes, los cielos y el océano de Canarias.
Más participación y nuevos espacios
La popular cita llenó el lugar con más centros de investigación y actividades que nunca. «Ya ocupamos todo el espacio, tenemos actividades disgregadas de la plaza», celebra el principal promotor de la iniciativa, el periodista científico Juan José Martín, que adelanta que, para el próximo año, la Feria se expandirá incluso más. «El próximo año ocuparemos también la calle Escultor Fernando Estévez», revela.
La novedad está en uno de los márgenes de la plaza, justo en la calle del Liceo Taoro, donde se exponen varios flotadores gigantes con forma de cetáceos residentes en la isla. La exposición forma parte del proyecto CanBio, una iniciativa conjunta de las dos universidades canarias y Loro Parque Fundación para concienciar sobre el daño que las acciones humanas producen en el océano y en estas especies.
En la zona más alta de la plaza, los entusiastas de la ciencia son recibidos por una estructura de la que cuelgan los planetas del Sistema Solar, todos ellos guardando sus proporciones. «Ese de ahí es Júpiter», explica una madre a su hijo mientras señala un gran planeta con un disco a su alrededor. El niño, consciente del error, no tarda en corregirle: «No, mami, ese es Saturno». Ambos ríen ante el despiste y se adentran en la plaza, que congrega a más de 22 equipos e instituciones científicas de Canarias.
Una feria que se queda corta
«Nos hemos quedado cortos», admite Martín. Y es que este año, pese a que se había programado que las inscripciones para los centros de investigación se prolongaran hasta el 3 de noviembre, «hubo que cerrarlas antes porque no había más espacio». «Se nos han quedado muchos fuera», recalca el periodista, que admite que, con el tiempo, la Feria más antigua de Canarias ha logrado algo excepcional: «Muchos científicos quieren venir porque saben que esta feria es diferente; la gente no solo pasa por los stands ni va de paseo, hay mucha más participación».
Entre los centros participantes hay muchos que repiten, como el Instituto Geográfico Nacional (IGN), la Fundación Telesforo Bravo, el Colegio Oficial de Biólogos de Canarias, la Asociación Española contra el Cáncer (AECC), el Museo de Ciencias Naturales de Tenerife (MUNA) o el Instituto Volcanológico de Canarias (Involcan).
Sin embargo, cada vez son más –y más variados– los organismos e investigadores que se animan a participar.
Ciencia al alcance de todos
Es común que pequeños y mayores se detengan durante varios minutos en cada una de las carpas temáticas, este año bautizadas con nombres de constelaciones del universo.
El pequeño Martín, en el stand del Instituto Universitario de Enfermedades Tropicales y Salud Pública de Canarias, escudriña varios botes llenos de lo que parecen espaguetis y unas placas de Petri con manchas de colores.

Feria de la Ciencia de La Orotava / Andrés Gutiérrez
«¿Y esto qué es?», pregunta el niño, de apenas cinco años. «Son gérmenes», le explica Cristina González, una de las investigadoras del centro. «Son los bichitos que hay en el aire». El pequeño observa contrariado, y González aclara: «No todos son malos, porque nosotros respiramos y no nos enfermamos».
El niño abre los ojos con entusiasmo al entender que lo que le están contando tiene que ver con por qué a veces se resfría. «Yo estoy malito», dice. González sonríe: «Claro, probablemente respiraste algún bichito que te puso así».
La curiosidad en adultos
Aunque la Feria está dirigida a fomentar las vocaciones científicas de los más pequeños, son muchos los adultos que aprovechan la ocasión para conocer de primera mano la ciencia que se realiza en las Islas.
Una de las casetas más concurridas es la del grupo de investigación AChem (Applied Analytical Chemistry Research Group) de la Universidad de La Laguna (ULL), dedicado al análisis de microplásticos.
La investigadora Cristina Villanova explica a los visitantes lo que llega a Canarias a través del mar, del que advierte: «no existen fronteras».
Delante de ella se muestran varios botes con microplásticos en diferentes formas: pellets, piroclastos o directamente basura. Pero lo que más llama la atención de Clara, de 13 años, es un libro con las etiquetas de productos encontrados en Playa Grande (La Graciosa) y El Porís (Tenerife).
«¿De verdad esto ha llegado desde Egipto?», pregunta con sorpresa. «No sabía que eso podía pasar», admite con la mirada de asombro característica de quien encuentra respuestas inusitadas en la ciencia.
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