Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

La Rambla en San Juan de la Rambla: donde el mar toca el origen

El aire salado, la alegría de los vecinos y el carácter pintoresco del lugar compensan el escaso centenar de personas que viven en este histórico núcleo

Leticia Dorta Lemus

Leticia Dorta Lemus

Si el mar tuviera consciencia, disfrutaría por tocar una y otra vez a uno de los orígenes de San Juan de la Rambla. El barrio de La Rambla se asoma sin temor al azul, pero también coquetea con el verde de las plataneras. Toda esa vida se multiplica al llegar: el panadero se apea en la carretera y el pescadero, por su megáfono, grita que "hay chicharros frescos". Los vecinos no dudan en acudir a esta llamada, ya que en La Rambla no hay supermercado, "pero llega todo", dicen los vecinos en la plaza con orgullo.

Desde el siglo XVI

El sol luce radiante y el blanco de las fachadas se engrandece. El aire salado, la alegría de los vecinos y el carácter pintoresco del lugar compensan el escaso centenar de personas que viven en este histórico núcleo del municipio del norte de Tenerife. La Historia, en mayúsculas, habla de la existencia de La Rambla desde el siglo XVI. También lo hace de sus tierras fértiles, aún conservadas, en la desembocadura del barranco de Ruiz. Esa profunda herida que comparte con otro núcleo ya visitado, Fuente del Bardo.

Lo de ahora, pero por tres

Miguel Fernández Borges, vecino, nació allí y, excepto seis años que pasó en Las Palmas, siempre vivió en La Rambla. Sentado en un banco de la plaza del barrio y con las gafas de sol puestas, se le escaparon los chicharros del pescadero por estar en la conversación con sus vecinas y su mujer. "Antes había más gente. En mi casa, por ejemplo, éramos 12 personas", compara con el modelo de familia actual. "Supongo que, cuando yo era niño, había la población de ahora, pero por lo menos multiplicada por tres", una operación matemática que da cerca de las 240 personas en la década de los 60. "La gente se marcha porque no hay posibilidades de vivienda y tampoco hay ningún tipo de servicio, pero sigue siendo favorable vivir aquí", sentencia Fernández Borges.

Hasta el Puerto de la Cruz

El desparpajo de las mujeres brinda un ambiente jocoso y socarrón. Se las puede imaginar correteando de niñas, no por la plaza, porque es relativamente nueva, pero sí por el Camino Real que recorre la ribera del mar. Una senda para la que reclaman mejoras, ya que hay partes sin barandillas y de cierto peligro. Tonono Mesa León limpia una máquina apoyado en el muro que sirve de balcón a la costa, mientras recuerda que "este caminito llegaba antes hasta el Puerto de la Cruz".

Mesa León vive en una de las casas más antiguas de La Rambla. Mejor dicho, en uno de los conventos. Porque en La Rambla hay dos, el de arriba y el de abajo. Es la manera de llamar a los zaguanes que dan entrada a varias viviendas. En el caso de Tonono, la puerta de su casa, del siglo XIX, es el acceso a tres más. Al entrar, se oye una radio. Hay varias puertas, algunas de ellas esconden habitaciones. Es decir, levantarse y salir del cuarto significa darle los buenos días a los vecinos o a los curiosos que decidan adentrarse en el convento, y no precisamente a rezar.

Ambiente familiar

En frente, en una casa de dos alturas, vive Conchi, unos metros más allá está la casa de Mari Carmen y también la de Vicenta. Estas dos últimas son hermanas y primas de la primera. La familiaridad es otra de las características de La Rambla. Todos los vecinos presumen con orgullo del barrio. La mayor de las tres mujeres, Vicenta, tiene 75 años, pero quién lo diría.

"Lo más maravilloso que hay"

Su aire juvenil y su encanto son el acompañamiento perfecto de un look veraniego y de rabiosa actualidad: un traje de rayas azul con fondo blanco algo ceñido, unas clásicas Nike AirMax y unas gafas de sol Rayban son los atuendos de la ramblera, que también luce varias joyas de oro. Ella destaca. Habla con salero y cada frase es una sentencia: "La Rambla es lo más maravilloso que hay", comienza.

Vicenta García León asegura que tuvo una niñez "buenísima. De ir al mar y jugar con las amigas, que se han ido de La Rambla porque no han hecho más casas". Ella reconoce haberse marchado a Los Realejos, pero volvió cuando "compré una casa aquí. Solo estuve ocho años fuera", comenta. Casi la totalidad de las personas que viven en el barrio costero son originarios de allí: "Hay tres o cuatro casas de turismo rural", enumera para referirse a la gente que no nació en La Rambla. Con los brazos cruzados y la espalda erguida, García León refrenda que "toda la gente es de aquí. Los herederos no venden las casas, sino que se quedan con ellas".

El aro

Otro de los elementos de los que se presume en La Rambla es el aro. Se trata de un tubérculo blanco al que en el núcleo denominan batata. Se tritura y se convierte en una harina fina. "Es una elaboración muy costosa, pero es buenísimo para las diarreas, las infecciones y las irritaciones, por ejemplo", cuenta Vicenta. Tiene una plantación de aro, que se cultiva durante un año y solo hay que regarlo. Se recoge en enero y después requiere un proceso de filtrado tras pasar varias veces por agua. Además de este boniato, en sus huertas se dan las papas, las batatas, aguacates, cebollas, ajos, naranjas y duraznos. "La tierra aquí es muuuuy agradecida", exclama.

Primas hermanas

Su hermana, Mari Carmen García León, se parece bastante más a su prima, Conchi Rodríguez García. "Salíamos juntas siempre", confiesa Mari Carmen mientras mira de manera cómplice a su prima. Suenan varias veces al unísono durante la conversación. Todo tipo de corrillos fueron compartidos en La Rambla "porque en aquellos tiempos no podíamos salir. Íbamos a la fiesta del barrio y cuando se acababa llorábamos, porque ya en todo el año no íbamos para ningún lado", cuenta entre risas Conchi. Aunque les gusta que el lugar donde se criaron mantenga su halo de autenticidad, "necesitamos reformas".

Y entonces, la intimidad fraternal se vuelve impulso y como un dúo musical 'cantan' todo lo que reclaman para el barrio. "Queremos mejoras en jardines, más cuidado, más limpieza. Eso es lo que reivindicamos, porque obras grandes en general, aquí no nos hacen falta", concluyen y añaden que "por más que llamamos al Ayuntamiento el caso es omiso en un montón de cosas".

La única nube gris

La única nube gris del cielo azul de La Rambla es el acceso. Que el cruce de la TF-5, para entrar y salir, sea seguro es una demanda de muchos años. "Ahora mismo, ya eso no es una complicación, es un peligro", define Miguel Fernández Borges. Varios atropellos y accidentes le dan la razón. "Siempre hay soluciones", añade. Vicenta García León se muestra pesimista sobre el futuro de la obra que se plantea: "Estoy segura de que no la voy a ver. Por mucho que adelanten, yo no lo voy a ver", dice convencida sobre la lentitud de la administración pública. La vecina explica que "todos los días salimos de aquí varias veces. Tenemos que ir hasta San Juan si voy para Los Realejos o La Orotava". La pareja de primas rambleras coinciden con sus otros dos vecinos, como no podía ser de otra manera, en que la mayor de las reivindicaciones del barrio es su acceso.

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents