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Juicio por el ‘caso Tradex’

Caso Tradex: relojes y coches de lujo, el anzuelo para captar a los inversores

La trama orquestada por Mukesh Daswani identificaba a sus clientes en grupos de whatsapp por sus «profesiones o rango»

Declaración del arquitecto que invirtió y realizó una reforma en la oficina de Tradex, en la calle del Castillo.

Declaración del arquitecto que invirtió y realizó una reforma en la oficina de Tradex, en la calle del Castillo. / El Día

Miguel Ángel Autero

Miguel Ángel Autero

Santa Cruz de Tenerife

Relojes de lujo, coches de alta gama, trajes de ejecutivo exclusivos y obras de alto standing en las oficinas en las que operaba la firma Tradex en Santa Cruz de Tenerife. Mukesh Daswani Daswani y su socio Francisco Imobach Pomares Abreu utilizaban estos recursos para atraer a inversores a su sociedad mercantil dedicada a las inversiones bursátiles a través del trading. Un gancho, un anzuelo, una pantalla si se quiere, tras la cual los dos socios querían mostrar una imagen de éxito conseguida gracias a sus operaciones en bolsa.

En menos de un año, «cambiaron de coches normales a modelos y marcas de alta gama; lucían relojes de lujo y los trajes con los que recibían a los clientes eran de primeras marcas, y no paraban de cambiar de oficina o contratar obras para convertirlas en espacios atractivos». Esta es parte de la declaración judicial hecha por uno de los clientes presuntamente estafados a través de la maquinaria puesta en marcha por Daswani, que controlaba la gestión de las inversiones, y Pomares, que se encargaba de promocionar y atraer clientes con liquidez.

Las afirmaciones de este testigo durante la tercera sesión de la vista oral que se celebra en la Sección Segunda de la Audiencia Provincial por la presunta estafa y alzamiento de bienes que habrían cometido Daswani y Pomares, fueron coincidentes con las del resto de víctimas citadas ayer.

La mayoría de las personas que confiaron su capital a Daswani [de forma directa porque era quien firmaba con su nombre los contratos de préstamo para invertir] afirmaron que «la imagen que daban era de éxito, de estar al frente de un negocio sólido que les reportaba beneficios a ellos, pero también a quienes invertían».

Desde el pequeño espacio de co-working en el Parque Bulevar a abrir una enorme oficina de 200 metros cuadrados en un ático de la calle del Castillo e inaugurar otro local en Imeldo Serís para dar cursos de trading, había transcurrido menos de un año. De vestir ropa de sport a llevar ternos de ejecutivo; de relojes normales a lucir ostentosas piezas de lujo; de conducir un modesto turismo a bajarse de un Mercedes o un Range Rover de paquete. Y entre medias, encargaron una obra de envergadura en la sede de la calle del Castillo.

Tal era el ánimo de hacer ver el éxito del que disfrutaban con su sistema de inversiones, que querían más: un logo más profesional y una nueva sociedad mercantil participada por Daswani y Pomares.

«Les hice un presupuesto para un pequeño office y algo que podía haber costado unos 12.000 euros en materiales quisieron subir el nivel y se gastaron 30.000». Así lo explicó un arquitecto, amigo de toda la vida de Pomares, que compartió equipos de baloncesto con él y al que contrató para la obra.

«Movían mucho dinero»

A este profesional, no se le escapó que su viejo amigo podía estar moviendo mucho dinero y se interesó por saber más. De esta manera, firmó al menos cuatro contratos con Daswani: «Hice una primera inversión de 30.000 euros y a los dos meses me devolvieron un beneficio de 15.000 euros; me preguntaron que qué quería hacer y reinvertí el principal y los beneficios; dos meses más tarde, mi inversión inicial había crecido hasta los 60.000 euros, así que suscribí un nuevo contrato y añadí 15.000 euros más en otra transferencia. Nada me hacía sospechar que fuera a acabar como terminó todo en julio de 2022», confesó. En siete meses perdió 45.000 euros, sin contar claro con las ganancias bimensuales comprometidas en los contratos.

Como este inversor, más de 120 personas confiaron en la supuesta competencia y honradez de Daswani para hacer crecer sus inversiones y ninguno de ellos sospechó con los primeros depósitos: la organización cumplía y la confianza hizo que muchos perdieran de vista las sospechas de que el negocio podía convertirse en un chiringuito, un castillo de naipes que se vendría abajo, como ocurrió.

Otro de los inversores declaró que Pomares tenía agrupados en Whatsapp a los inversores «por sus profesiones o rangos». «Había grupos de guardias civiles y policías, de abogados y empresarios», reveló para añadir que no sabía para qué les tenía agrupados así. Este hombre, que dio a entender que pertenece a los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, confesó que invirtió «en tres contratos firmados con Daswani un total de 78.000 euros». Su hermano y un amigo también les confiaron su dinero.

«Nada me hizo sospechar que aquello se podía convertir en una estafa; me hacía reportes todas las semanas con las operaciones y los beneficios obtenidos con mi dinero. Recuerdo que en uno de esos pantallazos que envió al Whatsapp alcanzó los beneficios acordados para los dos meses en tan solo 14 días y en una sola operación», explicó.

El fiscal preguntó a todos los testigos si Daswani o Pomares les insistían para que reinvirtieran por segunda o tercera vez y todos dijeron que no, que lo dejaban a su elección. De hecho, un abogado señaló que invirtió 10.000 euros y a los dos meses recibió 15.000 euros tal y como estaba acordado. «Cuando quise hablar con Daswani entonces, me contestó con chulería; me dio la impresión de ir sobrado, aturrullado por la cantidad de clientes que gestionaba con más dinero y me contestó que hiciera lo que quisiera, y reinvertí todo», aseveró.

La Fiscalía solicita una pena de 12 años de prisión para Daswani y nueve a Pomares como presuntos autores de un delito de estafa agravada y otro de frustración de la ejecución (alzamiento de bienes). A la expareja del primero, acusada a título lucrativo, interesa que devuelva 327.000 euros de los que disfrutó por transferencias, regalos, viajes y estancias en hoteles de lujo.

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