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El fotingo

Noventa años del atraco al tranvía en la Curva de Gracia

El sistema guiado unía a los municipios de Santa Cruz de Tenerife, La Laguna y Tacoronte

Comitiva del entierro de las dos víctimas del atraco al tranvía

Comitiva del entierro de las dos víctimas del atraco al tranvía / El Día

Santa Cruz de Tenerife

Hoy se cumplen 90 años del atraco mortal al tranvía en la Curva de Gracia, nueve décadas de un suceso que nació en los albores de la Guerra Civil. La sociedad tinerfeña de 1934 no era tan distinta a la del resto del país, es decir, en la calle había crispación y hambre. Algo gordo estaba por llegar y cualquier atisbo de inestabilidad era lo más parecido a una garrafa de gasolina abandonada junto a una hoguera: un incendio a punto de descontrolarse. En el asalto, con unos tintes muy próximos a los que se daban en el oeste más salvaje, murieron el conductor Luis García-Panasco Toledo y el estudiante Agustín Bernal Cubas y, además, resultó herido el inspector Manuel Cabrera. La emboscada fue planificada por cinco delincuentes que se apoderaron de 606,65 pesetas, el equivalente a 3,62 euros en 2024, y acabaron cumpliendo condenas en cárceles de Tenerife, Las Palmas, Burgos, Cádiz y Gijón. El santacrucero Isauro Abreu García-Panasco –familiar de los dos fallecidos– nos puso ayer sobre la pista de la efemérides de un episodio que conmocionó a la ciudadanía. Los hechos ocurrieron a última hora de la noche del 1 de septiembre de 1934, cuando las unidades 15 y 13 del transporte público circulaban en dirección a la capital.

La primera la conducía Antonio Guerra Rodríguez (40 años) y el cobrador era Manuel González de la Rosa (27 años). Iba con media docena de pasajeros, entre los que estaba el preuniversitario Agustín Bernal Cubas, que perfilaba su ingreso en Magisterio y que aquella tarde decidió dar un paseo por Aguere: el sistema guiado unía a los municipios de Santa Cruz de Tenerife, La Laguna y Tacoronte. A los mandos del segundo coche, el número 13, estaba Luis García-Parnasco. Iba fuera de servicio con destino a las cocheras. Los ladrones sabían que la recaudación del día se trasladaba a esa hora y prepararon una trampa en la trasera de las Oblatas: colocaron sobre la vía una piedra enorme y se escondieron en los márgenes. El 15 iba por delante y al detectar el obstáculo el chófer tiró de frenos y detuvo la marcha. El que venía por detrás (13) se encontró con él a la altura de la Curva de Gracia y en medio de un gran tiroteo germinó la tragedia. Los encapuchados dispararon contra los vagones y la munición alcanzó mortalmente a García-Parnasco y a Bernal Cubas. Las crónicas de la época apuntan que el agente Vicente Alonso y el alférez de la Guardia Civil Moreno fueron de los primeros en actuar, pero nadie consiguió evitar la huida de los malhechores en dirección al barranco [en la zona donde hoy se localiza Pueblo Hinojosa] con el dinero. Hasta allí se desplazaron el fiscal Gonzalo y el juez Espinosa para reconstruir el ataque y en su primer informe indicaron que había sido un acto «premeditado y con ensañamiento». Los hechos tardaron en aclararse –los detenidos admitieron su participación– y las condenas llegaron en 1936. Desde el minuto cero se señaló a simpatizantes de la Confederación Nacional de Trabajadores (CNT) como los presuntos impulsores de la tragedia.

El cobrador herido fue trasladado de urgencia al Hospital de Dolores y los cadáveres se llevaron al cementerio de San Juan para practicarles las autopsias. En las horas siguientes se organizó un funeral multitudinario: dos carrozas cubiertas de flores encabezaban un séquito al que le puso música los miembros de la Banda del Hospicio. Los comercios cerraron en señal de luto y la comitiva partió desde el punto en el que ocurrió el abordaje –en la Curva de Gracia– hasta los cementerios capitalinos de San Rafael y San Roque. «No hay una constancia oficial en el registro del Ayuntamiento de dónde están», apostilla Isauro Abreu. Más de una docena de tranvías, guaguas, taxis y vehículos particulares dieron forma a una caravana enlutada e interminable. Hubo gritos contra los asesinos y un sinfín de tensiones. Cualquiera era sospechoso. El experto Rafael Cedrés Jorge apunta en su libro El antiguo tranvía de Tenerife que los herederos de Agustín Bernal Cubas recibieron una indemnización de 15.000 pesetas, la misma cantidad que los familiares de Luis García-Panasco Toledo.

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