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El CEIP de Igueste de San Andrés apuesta por la supervivencia de su pueblo a través de la educación

El centro se enmarca en el Colectivo de Escuelas Rurales de la zona de Anaga

En la actualidad cuenta con seis únicos alumnos matriculados

La profesora María José Estévez en el patio del colegio donde está la fachada pintada con ideas del alumnado

La profesora María José Estévez en el patio del colegio donde está la fachada pintada con ideas del alumnado / Andrés Gutiérrez

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Claudia Morín

Claudia Morín

Santa Cruz de Tenerife

Las puertas del CEIP José Pérez Rodríguez, en el pueblo de Igueste de San Andrés, abren cada mañana para acoger al alumnado como las de cualquier colegio. Su caso es especial, pues sus aulas se llenan con tan solo seis pequeños de entre 3 y 11 años. El centro forma parte del Colectivo de Escuelas Rurales (CER) de la zona de Anaga junto a otros cinco colegios repartidos por Taganana, Los Campitos, Valleseco, Roque Negro y Las Carboneras. Entre ellos se organizan como un equipo capitaneado por el profesorado a cargo de cada colegio. 

En Igueste, desde hace seis años, la docente María José Estévez es la encargada de impartir las clases. Para ella, sería una pena que el centro desapareciera con el tiempo, pero la realidad es que el próximo año uno de los alumnos partirá a la formación secundaria y, sin matrículas nuevas, la cifra de estudiantes se vería reducida a cinco. “Los chicos se van del cole con mucho sentimiento y bien preparados para continuar su educación en próximos niveles”, asegura. Lejos de ser un inconveniente, el grupo mixto en el que se organiza, añade, tiene muchas ventajas a la hora de asimilar conceptos, “es una experiencia enriquecedora para ellos, se aprende de otra forma”. 

El respeto por la idiosincrasia de Anaga, su gente y el entorno que los rodea, ha motivado al CER del enclave a crear un proyecto común que María José define como “familiar, cercano y muy bonito”. La educadora defiende que en su centro las posibilidades para enseñar son infinitas: «Organizamos salidas al barranco o a la playa, tenemos un huerto, una revista y profesorado especializado en materias como Música, Educación Física, Inglés y Francés». En el caso del idioma galo, las clases son prácticamente particulares, pues se imparten para los últimos cursos en los que apenas hay dos personas. También cuentan con servicio de logopedia y con la figura de una orientadora. Un equipo pequeño, pero completo que se mueve por los diferentes centros del Colectivo de Escuelas Rurales. 

Compartir tradiciones

La prioridad para la educadora es lograr que los niños crezcan en un entorno feliz, al tiempo que aprenden y comparten tradiciones con la gente del lugar. En esa línea, es el panadero del pueblo el que participa en unos talleres de panadería, los propios abuelos los que aportan instrumentos al centro hechos por ellos mismo, el alumnado es el que decide cómo pintar las alegres paredes que decoran su cole o los padres quienes traen semillas para el huerto. Este último proyecto, compuesto por un bosque termófilo y un vergel, es uno de los que más impacto tiene en los pequeños. No solo trabajan en él y se imparten clases al aire libre, también tienen oportunidad de probar sus frutos en el desayuno. «El coste de venir a este colegio es casi cero, porque además de ayudas con el material escolar, la mayoría de los días el alumnado no tiene que traer comida de casa», explica la profesora, que prevé que en dos años se puedan abastecer totalmente. 

"El coste de venir a este colegio es casi cero, porque además de ayudas con el material escolar, la mayoría de los días el alumnado no tiene que traer comida de casa"

María José Estévez

— Docente

La Consejería de Educación subraya que los colegios como este, comprendidos dentro del Colectivo de Escuelas Rurales de Canarias, corren riesgo de desaparecer si el número de matriculados es inferior a seis. Otra posibilidad es que se reduzca la presencia de alumnos en un 50%. No obstante, recuerdan que siempre se estudia cada caso concreto antes de tomar la decisión. Si el descenso de estudiantes continuara en los cursos venideros, una de las soluciones posibles sería el desplazamiento a centros cercanos, en este caso, a San Andrés. La amenaza para este CEIP se podría convertir en una realidad sin estudiantes de nuevo ingreso. 

El huerto del colegio de Igueste de San Andrés

El huerto del colegio de Igueste de San Andrés / Andrés Gutiérrez

La población de Igueste de San Andrés, un pueblo a escasos 15 kilómetros del centro de Santa Cruz, envejece con el paso del tiempo. María José Estévez comenta que hay familias que no residen en la zona pero que estarían interesados en que sus hijos se formaran en el centro, pero la movilidad es el principal problema. Para ello, propone facilitar transporte público para quienes lo precisen, pues afirma que «nunca hemos tenido esa opción, pero sí que años atrás hubo un micro que salía desde Igueste hacia el colegio de San Andrés». Una iniciativa que, considera, dificultaba el crecimiento del CEIP José Pérez Rodríguez.

Ya está abierta la inscripción a través de una campaña de promoción en las redes del centro. Además, la docente planea colocar códigos para escanear por diferentes lugares de la zona que amplíen información sobre la docencia que allí se imparte.

Cualquier iniciativa es válida para atraer alumnado de nuevo ingreso. Profesionales como ella luchan cada año por la supervivencia de centros educativos en entornos cada vez más despoblados. Una apuesta por lo diferente, por lo cercano y por la formación de calidad. 

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