ANÁLISIS
La biodiversidad no tiene la culpa; su mala utilización como herramienta de bloqueo, sí

El 28% del terreno se salvó de las llamas. / E. D.
Ferran Dalmau-Rovira
Escribe Pedro Luis Pérez de Paz, catedrático de botánica, una tribuna bajo el título Incendio, la biodiversidad no tiene la culpa, publicada el pasado 30 de agosto en EL DÍA. Estas líneas pretenden aportar un punto de vista complementario a sus palabras. Vayan por delante tres cosas: no tengo el gusto de conocer al señor Pérez. Sí conozco los incendios forestales en Canarias debido a mi actividad profesional. Es una tierra que admiro, estimo y respeto y en la que tengo muchas personas queridas. De ahí el atrevimiento.
Comienza el señor Pérez adjetivando el incendio como «devastador». Y afirma que ha afectado al 66% del Parque Natural de la Corona Forestal y el 13% del Parque Nacional del Teide. Y mire, aunque lo que voy a escribir sea impopular, es riguroso. Y es cierto. Así que intentaré explicarme. Disiento. Cuando se habla de zonas quemadas, el concepto adecuado es la severidad con la que el fuego ha afectado al territorio. No es lo mismo un fuego de alta intensidad, que uno de baja. La severidad determina cómo la intensidad del fuego afecta al funcionamiento del ecosistema en el área que se ha quemado. Esa intensidad varía dentro del área quemada. ¿Ha ardido todo el incendio en alta intensidad? No. ¿Le resta eso gravedad? No. Pero hay zonas en las que un fuego de baja intensidad puede resultar incluso beneficioso para la biodiversidad (porque no olvidemos que el fuego forma parte de los ecosistemas de forma natural –rayos y vulcanismo– y que precisamente por eso el pinar canario, rebrota). Para medir esa severidad se utiliza imagen satelital y un índice llamado dNBR (differenced Normalized Burn Ratio por sus siglas en inglés o Índice Normalizado de Área Quemada).
En ciencia, el principio de autoridad no existe. Un profesional es tan bueno como aquello que es capaz de sustentar con datos. Y aquí van algunos datos relevantes que sin restarle gravedad al incendio, tal vez sí matizan lo de la devastación: el 28,93% de la superficie del incendio forestal de Arafo-Candelaria de este verano no presenta afectación (eso son 4.136 hectáreas). Un 25,06% (otras 3.583 hectáreas) presentan una severidad baja (hay afección, pero no es grave) al haber sido afectado el territorio por una menor intensidad del fuego. Esto significa que el 53,99% de la superficie afectada no ha sido devastada. De un área total ajustada ya a las mediciones de 14.297 hectáreas, 7.719 presentan un grado de afección bajo o nulo, 4.784 hectáreas un grado medio de afectación (el 33,46%) y únicamente un 12,55% del área afectada presenta severidad alta (1.794 hectáreas). Lo dice la Unidad de Análisis de la UOFF del Servicio de Medio Ambiente del Cabildo de Gran Canaria, que ha colaborado activamente en las labores de control del incendio [cuadro que acompaña este análisis].
Con los datos analizados, se puede afirmar que en gran parte de la superficie las consecuencias no serán devastadoras. Aunque visualmente en un tiempo tendrá un aspecto diferente al previo. Y aquí conviene aportar otro apunte: ¿Alguien cree que se puede conservar algo en un sistema dinámico? Especialmente en un contexto de cambio climático, que pese a la lacra negacionista, se va sustentando en un cambio de paisajes y vegetación. Por poner un ejemplo, si la precipitación merma de forma notable y los alisios pierden carga de humedad, la Macaronesia húmeda puede dejar de serlo y zonas de laurisilva pueden acabar en comunidades de fayal–brezal. En 2012, en el incendio de Valle Gran Rey (La Gomera), el fuego entró en el monte verde y ardió. Históricamente no lo había hecho, pero en este caso lo que siempre había funcionado no lo hizo. Décadas de un modelo de gestión basado en tocar lo menos posible desaparecieron en pocos días.
Se ha protegido tanto...
En el caso de Tenerife ha ocurrido algo parecido. Se ha querido proteger tanto el Parque Natural que ha ardido… Y el tema es que podría haber ardido menos superficie, y con menor intensidad. Pero para ello hay que asumir el oxímoron de la conservación en un entorno dinámico. Y por cierto, lo que sí se pierde en este tipo de incendios son muchos cientos de miles de euros del contribuyente gastados durante décadas de trabajo que habían sido destinados a ese modelo de gestión y que se perdieron en pocas horas. Es hora de hablar también de cuánto nos cuesta no gestionar. ¿Se ha preguntado por qué el fuego se ha cebado con una zona protegida (administrativamente, claro)? La protección efectiva no es compatible con la inacción en ecosistemas antropizados.
Porque estando de acuerdo con el señor Pérez en que la biodiversidad no tiene la culpa, el matiz que pretende esta reflexión es simple: las personas que utilizan la biodiversidad como una religión para favorecer la inacción y bloquear los modelos de gestión que sí funcionan y sí previenen incendios sí tienen responsabilidad. Pongo un ejemplo: Parque Natural del río Turia, Valencia. Se han invertido 5,5 millones de euros (80% financiación pública, 20% financiación privada) en un proyecto de defensa contra incendios forestales. Se han cortado árboles, desbrozado e instalado elementos de defensa activa. El retorno de esa inversión es de 31 millones de euros. Lo dice el Grupo de Economía del Agua de la Universitat de València.
Y esto es lo que me gustaría compartir con el señor Pérez. Nadie en su sano juicio responsabiliza a los ecologistas o a la biodiversidad. Pero sí hay responsables entre los técnicos de gestión de espacios naturales que en ocasiones lo son también del bloqueo a la gestión basado en una defensa (ineficaz a todas luces) de la biodiversidad. Vaya por delante mi respeto más escrupuloso a quienes no caen en estas prácticas y prestan un valiosísimo servicio público.
Pero es que los que bloquean no juegan al mismo juego que jugamos otros técnicos. Un aspecto importante: como ingeniero, cuando se firma un proyecto, un plan de operaciones, un plan de quema prescrita, un informe… se asume la responsabilidad desde el punto de vista administrativo y penal. Cuando un técnico de un parque hace un informe que bloquea una actuación, no es responsable de las consecuencias de ese bloqueo. Y eso no debería de ser así, porque las palabras puestas por escrito deben tener consecuencias. O deberían tenerlas. Si usted bloquea una actuación (una clara en una masa forestal y un desbroce, o una quema prescrita de invierno en baja intensidad) y eso genera consecuencias (un incendio forestal fuera de capacidad de extinción), debería asumir su responsabilidad, ¿no le parece? Y hay otro hecho significativo: el 50% de la superficie quemada en la última ola de incendios de 2022 en Europa estaba «protegida». Lo dice la Universitat de Lleida.
También se habla del agua y el monte. Es interesante que tenga en cuenta que un monte híper-densificado puede llegar a beberse el 59% del agua de una cuenca hidrográfica. Lo dice la Universitat Politècnica de València. Ni pelados, ni híper-densificados sería la solución. Y le citaré, textualmente: «No deben confundir sus querencias con la realidad». Es imprescindible un ejercicio de objetividad, complejo, pero necesario. Otro hecho objetivo: sólo el 0,8% del territorio forestal canario dispone de un Instrumento Técnico de Gestión Forestal (ITGF). Tenemos un territorio forestal desordenado. Y eso, desgraciadamente, ayuda a que arda.
Señor Pérez, estoy convencido de que nos preocupa lo mismo. Que se queme el patrimonio natural de Canarias. Ambos queremos ecosistemas sanos y biodiversos. Estamos de acuerdo en el qué. Y seguro que podemos estar de acuerdo en muchas cuestiones del cómo. Existen modelos de gestión que hacen compatible la prevención de incendios y la biodiversidad. Totalmente de acuerdo en la necesidad de apoyo al sector primario. También a la ganadería en extensivo en zonas acotadas fuera de espacios de alto valor (o no, donde quepa). Instrumentos de pago por servicios ambientales, la reconstrucción de las cadenas tróficas que extraigan parte de la producción primaria de biomasa vegetal y la conviertan en biomasa secundaria animal, o en energía renovable para el turismo, las quemas prescritas en áreas que lo permitan y, por qué no, áreas bien estructuradas, de bosques maduros, con una gestión mínima. La caja de herramientas de la ciencia, de la ingeniería, de la técnica, es amplia y diversa. Tanto como el territorio. Por eso a cada área geográfica se le puede hacer un traje a medida en cuanto a su gestión y los objetivos que se persiguen. Pero por eso necesitamos todas las herramientas y ver qué está funcionando bien en otros territorios cercanos, y lejanos, para hacer uso de las 3A de la evolución humana: aprender, adaptar, aplicar…
Debemos renunciar a conservar, bajo mi punto de vista, y tratar de adaptar la gestión. La última acepción del diccionario de la palabra «adaptar» es de la biología: «Dicho de un ser vivo: acomodarse a las condiciones de su entorno». Adaptar un ecosistema como conjunto de seres vivos y sus relaciones, seguramente es más viable que conservarlo. Y eso requiere gestión. Acordemos cuál. Sus límites. Y reclamemos juntos los recursos para su consecución. El objetivo es claro: no perder ese recurso natural que tanto queremos (y necesitamos). Mire, a mí, no me gusta la situación, porque hemos llegado hasta aquí por nuestra inconsciencia como sociedad, y por una serie de decisiones que debemos revisar, pero el hecho, es que el entorno está cambiando. Y ante ese hecho, tenemos dos opciones: adaptarnos, o no. Y cada opción, entraña unas consecuencias, así que la pregunta es sencilla:
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