Tres hombres acaban de chocar con fuerza contra los neumáticos situados al final de la calle El Plano. Apenas son las 17:30 horas y el ambiente todavía parece en fase de calentamiento. El impacto supera con creces a los de los adolescentes que bajan a velocidad de vértigo en tablas individuales. «¡Aaaay!», se escucha entre quienes miran desde los alrededores. Se hace un pequeño silencio, un par de segundos. Falsa alarma, afortunadamente. Los protagonista acaban saliendo de entre las ruedas y se incorporan. Uno de ellos se vira hacia el público y grita: «¡Viva San Andrés!».

en el cambio de rasante de El Plano; arriba, un hombre cae sobre los neumáticos; a la izquierda, varios participantes se lanzan calle abajo, y, en el margen derecho, una novedosa tabla con luces y los espectadores congregados al final de la vía. | andrés gutiérrez

Escenas como esa, de tradición sentida, se repitieron ayer en el municipio norteño de Icod de los Vinos, que se reencontró ya sin restricciones ni mascarillas con una de sus costumbres más arraigadas. La víspera de San Andrés es sinónimo del arrastre de las tablas en sus empinadas calles. De ellas, Antonio González González, popularmente conocida como El Plano, se convierte en el epicentro de una costumbre que también es fiesta. «Es la más emblemática y también la más peligrosa», sintetizan los que saben.

«Yo no puedo mirar, yo no puedo mirar», repite, medio mirando –aunque diga que no puede– y medio yéndose, una señora en la calle San Agustín. Quienes se lanzan son fundamentalmente adolescentes o veinteañeros. «A mí me han traído desde que era chico porque mis abuelos son de aquí; primero mis padres no me dejaban lanzarme porque un familiar se hizo daño en una pierna, pero desde que tengo 14 me he tirado todos los años», dice Daniel, de 25 años, mientras sube la calle con la tabla bajo el brazo.

En concreto, la fiesta consiste en utilizar tablas o tablones y deslizarse por las bajadas más pronunciadas del municipio. Todo ello enmarcado en la festividad de San Andrés y vinculado también al estreno del vino nuevo. «A estas tablas se les suele untar en su parte inferior sebo animal, grasas, aceites, velas… para que el deslizamiento sea mayor y, por consiguiente, también la velocidad», recoge la web turística del Ayuntamiento de Icod de los Vinos. Sin embargo, el protagonismo en los últimos años se lo llevan el metacrilato y otros materiales modernos, que permiten alcanzar mayores velocidades.

Precisamente en ese aspecto se detenía Antonio, vecino de La Orotava y que había decidido ir «a pasar la tarde» a Icod. «Es increíble la velocidad a la que bajan. Esto siempre ha sido rápido y peligroso, pero algunos pibes de ahora bajan como rayos», expresó desde los alrededores de la calle El Plano. «Yo una vez me lancé con un amigo hará cosa de unos 20 años, pero una y no más», indicó este espectador de 52 años, en cuyo plan no estaba probar el vino. «Hay que conducir para volver, y la verdad es que soy más de tomarme una cerveza que vino», dijo.

Velocidad y adrenalina, dosis de riesgo, sentimiento y el componente más festivo, con gente bebiendo y comiendo en las calles. Esos son algunos de los rasgos que se palpaban en la tarde-noche en el centro icodense. El espectáculo dejaba momentos sorprendentes: las chispas que llegan a producirse por el roce con el asfaltado, los saltos en un cambio de rasante que tiene la calle El Plano, giros de 360 grados a toda velocidad y, según el caso, frenazos con mucha destreza o impactos contra los neumáticos en los que los ocupantes de las tablas llegan a salir por los aires.

El Caballero 2000

Si una tabla destaca sobre las demás, esa es el Caballero 2000, un coloso de tea que ronda los 400 kilos. Detrás de ella hay un grupo de unos 20 amigos que cada año se reencuentran por estas fechas para lanzarse sobre ella (hasta ocho o diez personas se pueden arrastrar juntas) y también para pasarlo bien. «Todos los años nos reunimos, hacemos unas rifas y lo que sacamos es para comprar comida para todo el mundo», explicaba ayer Jonathan González, uno de los integrantes de ese grupo. En 2021 estuvieron algo dudosos con qué hacer ante las limitaciones por la pandemia y al final solo se deslizaron calle abajo «unas pocas veces»; sin embargo, la noche de este martes prometía ser más intensa. «Podemos estar hasta las tres o las cuatro de la madrugada», vaticinaba Jonathan.

Si bien en algún momento de la tarde la lluvia amagó con hacer acto de presencia, la cita fue transcurriendo sin contratiempos y cada vez con más público y más gente preparada para arrastrarse. Hasta el alcalde, Francis González, reconocía estar esperando a zanjar sus compromisos con los medios de comunicación para también poder lanzarse por las calles icodenses. Según explicó, tiene su propia tabla, una antigua puerta de tea negra, y le gusta deslizarse tanto en la víspera como en el día de San Andrés. «Es una tradición que llevamos todos los icodenses muy dentro, casi en las venas. Es una cuestión hereditaria. Se podría decir que naces casi con una tabla bajo el brazo. Lo vivimos con mucha emoción, con mucha intensidad», manifestó el político nacionalista.

Consideró González que San Andrés tiene incluso un componente de nexo entre los diferentes núcleos del término municipal. «Es la tradición que une a todos los pueblos de Icod de los Vinos. Es verdad que hay unas calles más conocidas y emblemáticas, como El Plano y el resto de las históricas, pero San Andrés, hoy en día, se vive en todos los núcleos poblacionales de Icod, en todos los barrios», puso de relieve. «Los chicos se fugan y la gente sale a las calles a arrastrarse y a echarse el vaso de vino, la castaña, la chuleta... Hay encuentros familiares y fiestas que se montan a lo largo de todo Icod», describió el regidor local.

Sobre las raíces de esta costumbre existen varias teorías, de las que una destaca sobre el resto. «El origen de esta tradición se remonta al siglo XVI, y nace y se desarrolla con ocasión de un trabajo cotidiano, el del transporte maderero, para luego, al desaparecer este, evolucionar y convertirse en expresión festiva que se vincula con posterioridad a la fiesta del apóstol San Andrés y al estreno del vino nuevo», detalla el Consistorio en su web turística. «De alguna manera, esta apertura oficial de las bodegas se ha trasladado a la calle, acompañada de las castañas asadas propias de esas fechas», apunta la institución.

Descorche de vinos

«Cada vez que viene noviembre, obviamente, esperamos que llegue el tiempo de San Andrés, y digo el tiempo de San Andrés porque hay unos previos a San Andrés y después están el 29 y el 30, que, como marca la tradición, son la víspera y el día», recordó el alcalde. «Durante el fin de semana ha venido muchísima gente. Hemos celebrado el descorche –creo que el mayor descorche popular de Canarias, con más de 2.500 personas– y la fiesta de los vinos el sábado», precisó.

Mientras Francis González desgranaba algunas claves de la tradición, alrededor seguía la fiesta. «Esperemos que no haya incidentes. Normalmente, si se cumplen una serie de reglas no escritas, la cosa tiene que ir bien», manifestó el mandatario local. Pasaban ya las 19:00 horas y el número de espectadores y el ambiente había crecido considerablemente. Olía a pueblo en fiestas, a carne a la brasa, y también, en algún caso, los efluvios etílicos se empezaban a notar. «Esto es un espectáculo; se la juegan muchísimo», resumía José Carlos González, uno de los ya centenares de espectadores que se daban cita en la calle El Plano, al pedírsele una opinión de lo que estaba viendo.

Fran Hernández también estaba entre el público en la misma vía. Le acompañaban tres amigos más, todos entre la veintena y la treintena. Asistían expectantes a lo que ocurría sobre el asfalto. «Somos de Los Realejos y del Puerto y vinimos a ver esto un rato y después iremos a echar algo y también a probar el vino nuevo», indicó. «Yo nunca me he tirado porque siempre me ha dado un poco de rollo; entre que el golpe contra los neumáticos de por sí es seco y que sobre todo está el peligro de fastidiarse uno una pierna, no me he atrevido aunque me han invitado», apuntó.