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San Juan de La Rambla

Concha Pérez Santo-Tomás, siempre eterna

Concha Pérez Santo-Tomás.

En la madrugada del 14 de noviembre de 2002 se produjo el último suspiro, en este mundo, de una gran mujer, una formidable esposa, maravillosa madre y, ante todo, un ejemplo de cordialidad y sencillez digno de admiración. Fecha imborrable para la memoria del pueblo ramblero que tanto amó y donde cosechó muchísimas amistades.

Han pasado veinte años desde esa maldita fecha en la que se produjo su fallecimiento y, hoy en día, sus amigos, su gente ramblera, sigue llorando su pérdida y sintiendo el mismo aprecio y nostalgia hacia la figura de María Concepción Pérez Santo-Tomás, primera alcaldesa de la Villa de San Juan de la Rambla y de Tenerife, en la actual democracia; además de haber recibido a título póstumo el reconocimiento de Hija Adoptiva, otorgado por la Corporación municipal en el pleno ordinario de 28 de octubre de 2011.

Conchita, como le gustaba que la llamaran, fue una mujer adelantada a la época y su empeño, dedicación y ganas de aportar su saber, unido a su enorme valía, quedó plasmada con su bendita profesión de maestra, que ejerció con dedicación y cariño. Pero sus ganas de colaboración con tantos vecinos que la adoraban la llevó a enrolarse en la lista del PSOE a las elecciones municipales del período legislativo de 1983 a 1987, siendo elegida concejala y haciéndose cargo del área de la Mujer.

Y el destino quiso que, tras la renuncia a su cargo, del hasta entonces alcalde José Hernández Rodríguez, fuera proclamada por sus compañeros de Corporación como la primer regidora de esta histórica Villa. Sucedió así con un salón de plenos abarrotado de público el 16 de octubre de 1985, sintiéndose arropada no sólo por sus vecinos, sino también por alcaldes de municipios limítrofes como Jesús Manuel Hernández (Los Realejos), Carmelo Méndez (Icod), Aurelio Abreu (Buenavista), José Grillo (La Guancha), Félix Real (Puerto de la Cruz), Ignacio Rodríguez (La Matanza) y hasta el gobernador civil Antonio Martinón, prometiendo su cargo a las siete y veinte horas de esa misma tarde.

En sus primeras palabras como alcaldesa de la Villa de San Juan de la Rambla, haciendo honor de su gran humildad, dijo que «no estaba preparada para estas cosas y prometía trabajo, ilusión y ganas».

Veinte meses en el cargo fueron más que suficientes para dejar constancia de su talante, de su inteligencia y su gran corazón y vocación de servicio a los demás. Un servidor, por aquel entonces empleado municipal, vivió en primera línea su inquietud por conseguir avances para el municipio. Un día sí y otro también, nos ordenaba la redacción de escritos de petición y demandas ante la Administración, en demanda de ayudas para la Villa a la que representaba. Era una época difícil, pero su entusiasmo y su fortaleza física hicieron de Conchita una gran dama de la política que siempre buscó lo mejor para sus vecinos.

La anécdota de Las Agüitas

Cuento una anécdota –increíble de demostrar– de cómo era Conchita. Se trataba de la inauguración del asfaltado y arreglo de la calle Las Agüitas, en el barrio de Las Rosas. Como siempre todo estaba previsto, hasta el más mínimo detalle. Pero el tiempo no acompañó: llovía intensamente y no se podía celebrar el acto público. Pero allí estaba Conchita y se hizo. Procuró que una guagua de Titsa, de las que daba servicio a la zona, fuera la protagonista. Metimos la guagua en aquella calle empinada y dentro de ella pronunció unas palabras y hasta cortó la cinta inaugural. La calle quedó inaugurada. Esto define la grandeza y tenacidad de esta mujer. Pese al reconocimiento general y el cariño de sus vecinos, no acudió a la cita electoral de 1987. Sin ruidos y en silencio retomó su actividad docente, regresando incluso a su Logroño natal, donde ejerció como concejala en sus últimos años de vida.

Sirvan estas breves líneas para mantener vivo el recuerdo de una gran mujer, no solo por haber sido primera alcaldesa de Tenerife y de San Juan de la Rambla en nuestra democracia, sino por su talante profesional. Una mujer íntegra, defensora de los derechos sociales, de la igualdad entre hombres y mujeres y de los más desfavorecidos . Todo ello supuso que su ciudad natal le dedicase una plaza en plena Calle Mayor, donde vivió.

Pero su recuerdo permanecerá para siempre entre todos los rambleros y rambleras de esta centenaria Villa, donde junto con el Teide y el mar que tanto amó fueron esparcidas sus cenizas. Concha Pérez Santo-Tomás, siempre eterna.

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