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los realejos | Un enclave en el punto de mira

Los Campeches: se busca a un incendiario

Siete agentes procedentes de Madrid investigan el fuego del pasado 21 de julio

Un punto de Los Campeches calcinado por las llamas. | | E.D.

Siete especialistas del Cuerpo Nacional de Policía llegados desde Madrid investigan el incendio que se declaró el 21 de julio en Los Campeches, en los altos del municipio de Los Realejos, y que continúa sin estar oficialmente extinguido. Es el mismo enclave en el que se produjeron conatos los días 13 y 15 de julio y en el que el 8 de agosto se consiguió frenar otra posterior intentona de que las llamas tomasen el monte. La zona está en el punto de mira. Allí han arrancado la mayoría de los principales sucesos de este tipo que se han registrado en la Isla durante décadas –como el que en septiembre de 1983 afectó a más de 6.800 hectáreas o el que en 2007 quemó 15.000– y una larga lista de conatos e incendios de desigual entidad.

Hace tiempo que se da por sentado que detrás está la mano del hombre. Lo confirma el responsable de la Unidad Orgánica de Incendios Forestales y Medios Asociados del Cabildo de Tenerife, José María Sánchez Linaje, considerado uno de los más destacados expertos en incendios en Canarias. «Es gente del lugar; personas del entorno muy próximo o con intereses allí», afirma. «El término municipal de Los Realejos y, en concreto, Los Campeches han sido la zona histórica, el punto rojo de todo el Archipiélago; era el sitio con más incendios de las Islas», manifiesta sobre un problema que se fue reduciendo en el transcurso de los últimos años. «Desde 2014 desapareció el incendiario, dejó de haber incendios y este verano es cuando hemos vuelto a tener problemas», expresa el técnico.

Los Campeches no es un pueblo y ni siquiera un caserío. En el lugar como tal no vive nadie. Se trata de un paraje que, como explica la web turística del Ayuntamiento de Los Realejos, constituye una misma unidad geográfica y paisajística que los también espacios naturales de Tigaiga y Ruiz. «Se trata de un paisaje abrupto de gran belleza, perfilado por grandes escarpes», se recoge en el citado portal. Hay huertas y algún pequeño cuarto de aperos ligado a ellas, pero no casas. Todo atravesado por un complejo entramado de pistas forestales, como se observa con facilidad gracias a la imagen por satélite de Google Maps y de aplicaciones como Wikilok y Mapillary. Los Campeches le da nombre a una de las sendas y también a un barranco. Otras de las más populares y cercanas son las del Tubo y Pino Llorón, según explica Sergio Hernández, un senderista y ciclista tinerfeño con bastante presencia en internet y que conoce bien el entorno.

Los núcleos de población, eso sí, se encuentran próximos. Dos de ellos, prácticamente metidos en el monte, nacen en torno a la calle El Andén y al camino Los Chavocos, tan arriba ambos que Google Maps parece descontrolarse al llegar. Son pechadas prototípicas del Norte de Tenerife e, incluso, recuerdan por un momento a ese barrio que describe Andrea Abreu en Panza de burro: una subida y casas de autoconstrucción, unas viejas y otras nuevas con portones grandes.

En particular, El Andén es una vía con un desnivel considerable y que, pese a que en la mayoría del recorrido solo cabe un coche, está habilitada para subida y bajada. A última hora de la mañana del pasado sábado, la vida se desarrollaba allí en la quietud habitual de este tipo de lugares. El único ruido era el de un furgón de una panadería que bajaba tocando la pita. Vecinos en sus casas, otros en labores agrícolas... La calle desemboca por su parte superior en la carretera TF-344, por donde circulaba un camión, un tractor y un modelo antiguo de la Toyota Hilux, el vehículo por antonomasia de las medianías tinerfeñas. Por debajo tiene la TF-342, que atraviesa la parte más céntrica de Icod el Alto.

Con respecto a las tierras que se sitúan ya en el interior del monte, algunas se siguen cultivando y otras se encuentran abandonadas. «En la crisis anterior se puso en producción casi la totalidad de las huertas y la gente volvió al campo por economía doméstica, pero, una vez pasado aquello, la agricultura está en declive», señala Sánchez Linaje. También se detiene en ese aspecto otro nombre propio del medio ambiente y los incendios en el Archipiélago, como es el exconsejero del Cabildo de Tenerife Wladimiro Rodríguez Brito. «En los últimos años se ha venido abajo gran parte de esta actividad agraria», apunta.

Conflictos sociales

«Es un territorio que tiene connotaciones ambientales buenas para la agricultura de secano y, por otra parte, cuenta con historias sociales de una propiedad que estuvo muy concentrada y de un sistema de medianería y de aparcería peculiar que se ha mantenido hasta hace unos años», expone Rodríguez, antes de añadir: «Eso da lugar a que los conflictos sociales ahí vienen de lejos». También recuerda sobre sus años en la institución insular que tuvieron un «centro de vigilancia muy improvisado» para poder controlar el espacio durante las 24 horas.

Según el relato de Wladimiro Rodríguez, aquel esfuerzo se debía a dos factores: «Era una zona conflictiva de incendios y, lo que es peor, donde la comunidad es muy solidaria entre ella y, en consecuencia, muy desconfiada con el de fuera, lo que seguramente tiene que ver con el sistema de propiedad de la tierra anterior». Y completa en esa línea: «En una época en que estuve yo hubo un momento de hasta cinco incendios al día; todo el mundo sospechaba quién era, pero ninguno de los vecinos lo decía».

Una información publicada en este periódico en agosto de 2010 cifraba en quince conatos intencionados los que se declaraban cada año, según los datos que aportaba el propio Rodríguez Brito. «No puede ser casualidad que todos los incendios se produzcan en la misma zona», expresaba en aquel tiempo el por entonces jefe del Consorcio de Bomberos de Tenerife, Salvador Reyes. La hemeroteca también muestra que la preocupación y las sospechas eran compartidas por el Ayuntamiento de Los Realejos. «Aquí hay una mano rara», había dicho tres años antes al periódico El País, coincidiendo con el incendio de 2007, el hoy exalcalde Oswaldo Amaro.

Una semana en vilo

El cargo que desempeñaba Amaro lo ocupa en la actualidad Adolfo González. «Fue casi una semana en la que vivimos en vilo ante un incendio descontrolado que estaba afectando a uno de los principales recursos del municipio, su paisaje, y que dejaba tras de sí desolación y la pérdida de cultivos esenciales para la economía de muchos vecinos», analiza tras lo ahora sucedido el regidor local, y pone de relieve un dato para mostrar la dimensión del incendio: «Más de medio millar de vecinos y sus animales tuvieron que ser desalojados».

En los días posteriores al incendio, su homólogo de San Juan de la Rambla, Jesús Ezequiel Domínguez, mostró su preocupación, y pidió medidas para acabar con los incendios en el mencionado espacio. «Si localizan al que lo hizo y se obtienen pruebas, que caiga todo el peso de la ley. Pero también hay que tomar otro tipo de medidas, por ejemplo de concienciación, ante el hecho de que todos los años pase lo mismo en Los Campeches. Hay que hacer algo», demandó.

Labores de vigilancia

Las redes sociales se han convertido en las últimas fechas en soporte de exigencias de toda clase: una base de hidroaviones, más helicópteros, más medios en general... y también de vigilancia en Los Campeches. No obstante, desde el Cabildo de Tenerife afirman que, incluso pese a la tregua de incendios que se dio desde 2014, ha habido recursos desplegados en previsión de lo que pudiese ocurrir. «Siempre manteníamos algún medio vigilante, alguna patrulla dando vueltas por allí, algún vehículo ligero con agua…», precisa José María Sánchez Linaje.

Otro de los datos que aporta el técnico es que el inicio del fuego suele moverse en un radio aproximado de 500 metros, y emplea en sus manifestaciones el término incendiario, más genérico que pirómano, que incluye un componente patológico. Sea como fuere, las investigaciones realizadas sobre el terreno durante décadas dejan clara la intencionalidad.

Según indica Sánchez Linaje, las administraciones con competencias en gestión forestal activan tras los incendios un proceso en el que, entre otras herramientas, recurren a unos cuadros de indicadores en los que van descartando posibilidades: «¿Ha habido tormentas o rayos? ¿Ha habido una romería esos días, voladores, fiestas en el pueblo de al lado...? ¿Ha habido incendios en la zona en fechas anteriores que pudieran haber generado una partícula incandescente que hubiese caído y quedado ahí labrando el fuego poco a poco hasta que un día, por las condiciones que se dan, se ha arrancado con llama? ¿Ha habido un accidente, trabajo con herramientas que suelten chispas o pastoreo?». En Los Campeches la respuesta siempre es la misma: «No».

Un laberinto de pistas forestales atravesado por barrancos

Los Campeches se encuentra en las proximidades del mirador de El Asomadero y del área recreativa de Chanajiga, como puntos más tangibles y conocidos. También una pista lleva el nombre de Los Campeches, al igual que un barranco. La primera conecta con las del Tubo, Pino Llorón y Lolita. Por su parte, dos de los núcleos poblacionales más cercanos son los que surgen en torno a la calle El Andén y al camino Los Chavocos.

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