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Con 91 años aún mantiene 500 manzaneros en Tenerife

Pancho Hernández fue 35 días a la escuela y cuida una de las mayores fincas de manzana reineta de las islas Canarias

Pancho, el nonagenario agricultor de las manzanas reineta en El Sauzal María Pisaca

Francisco Hernández, más conocido como Pancho, tiene 91 años de edad y aún se levanta cada día para cuidar más de 500 manzaneros en Ravelo, en la parte alta de El Sauzal. Desde hace casi 60 años es el principal responsable del éxito de una de las mayores fincas de manzanas reinetas de Canarias, unos frutales que hizo a su mano tras décadas de observación, ensayos, errores, consultas y aprendizaje autodidacta. Con más de 81 años de experiencia directa en el campo, Pancho es un libro abierto de lo rural, un trabajador tan humilde como listo que tiene claro que «a Canarias lo que le hace falta es un poco más de azadita».

Pancho se hizo famoso hace dos años por una cosecha extraordinaria que le llevó a poner a la venta miles de kilos de manzanas reinetas «a ebro». Gente de otras islas se acercó a la finca Valdeflores para llevarse bolsas y bolsas de reinetas que el propio Pancho escogía a mano y pesaba con ayuda de una balanza muy antigua, que aún conserva y usa. Tras la pandemia, Pancho coordina la recogida de una cosecha que era buena, pero se torció. «Era buena, pero ya no está. El sol quemó muchas manzanas que quedaron en el suelo. Pero habrá unos cuantos miles de kilos, parecido a lo del año pasado», explica.

De su infancia recuerda que su primer juguete fue «una azada para hacer surquitos» y que con apenas diez años de edad empezó a «lidiar con montones de frutas».

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Pancho Hernández María Pisaca

Como cada año, Pancho vende sus manzanas de forma directa: «La gente viene aquí y se lleva sus manzanitas. Al por mayor nunca hemos trabajado». Las manzanas en este 2021 están más grandes que en 2020 y 2019: «Llevo un par de días y este año tenemos manzanas más parejas». Pese a la pandemia, la vida de Pancho apenas cambió. Cuando se le pregunta por el Covid-19, este agricultor responde con un expresivo «¡eso nada!» y añade: «Yo me río de eso, seguí igual, en el campo, cogiendo aire y sin miedo ninguno. Hombre, me vacuné, pero seguí trabajando como si nada, y con 91 años encima de las patas. Sí comparto que si uno entra a una caja de ahorros o un mercado donde hay mucha gente, pues se tiene que cuidar. Igual que cuando vienen visitas de fuera. Con esos cruces sí hay que tener cuidado. Yo trabajo casi siempre solo y al aire libre, así que no he tenido contacto con mucha gente de fuera en este tiempo».

Una conversación con Pancho es un máster en sabiduría popular. Apenas fue a la escuela, pero tiene mucho que enseñar. Al pie del cañón pasados los 90, este agricultor de La Punta del Hidalgo se muestra preocupado por «las pocas ganas de trabajar» que tienen muchas personas ahora: «La gente dice que no tiene, ¿pero cómo vas a tener si no trabajas? Eso es así. Ustedes son chiquillos, pero nuestros padres y nuestros abuelos y tatarabuelos sí nos dejaron cosas. Si no sembraste nunca nada, si no dejaste nunca nada para los que vienen detrás, ¿qué hiciste? Ahora te vas para donde quieras y ves todo abandonado».

«Si no sembraste nunca nada, si no dejaste nunca nada para los que vienen detrás, ¿qué hiciste?»

Pancho Hernández - Agricultor

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«A medida que uno va caminando, va estudiando. Al principio nosotros le dábamos más poda a los árboles y echaban menos fruta. Así que en lugar de que me echaran 8 kilos de manzanas, podé menos y me echaban 16. Y si la frutita es pareja, es más rentable. Por ahí hay algunos que pegan a podar y sacan un par de manzanas nada más», explica.

Pancho Hernández María Pisaca

Después de 59 años en la misma finca, ha podido aprender muchos secretos de la tierra y del clima: «Hace años que están de la mano mía, pero me ha costado mucha experiencia. Lo primero es conocer bien el terreno y eso requiere sufrirlo. Eso cuesta mucho. Cuando vine tuve que arrancar muchos árboles porque se me secaban. Estuve noches sin dormir pensando qué pasaba y me vine un día a acordar de cuando tenía 10 años, cuando era pequeño y trabajaba naranjeros, perales, albaricoqueros, viñas. Pegué de nuevo con mi arte, ese que no aprendí de nadie. Retiré las papas y el millo de las arboledas. Fui dejando la finca libre de todas esas tonterías. La hierba crecía mucho, pero me ponía a arar los terrenos y donde no se podía arar, azadita. Azadita que en Canarias hace mucha falta, ahora que la dejaron como si no la conocieran».

Tras 81 años de trabajo, afirma que «a Canarias lo que le hace falta es un poco más de azadita»

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«La gente de hoy es que no sabe ni coger el paso. Eso se lo digo yo. Lo que hay que hacer en la agricultura canaria es coger una azada y ponerse a sorribar. Hay que manejar las manos y cargarse sacos de papas al hombro. Cuando yo vivía en Anaga, todas esas huertitas estaban acabadas, sembradas de papas cavadas a la azada. Allí no entraban ni las vacas ni los tractores. Pero hoy no. Hoy nada», lamenta.

Pancho, el nonagenario agricultor de las manzanas reineta en El Sauzal María Pisaca

Pancho cree que para «levantar de nuevo un poco esto», habría que seguir el ejemplo de antes: «Coger una azadita y pegar a trabajar como hicieron nuestros tatarabuelos y abuelos. La gente de hoy no deja nada y el Gobierno no creo que tenga dinero para estar todo el día paga, paga y paga. Nosotros también tenemos que trabajar, el Gobierno no creo que tenga el dinero tirado por ahí. Está bien que el Gobierno le eche una mano a todo el mundo, pero eso no puede seguir siempre. También hay que producir».

«La gente dice que no tiene, ¿pero cómo vas a tener si no trabajas?», se pregunta Pancho

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Él empezó pronto y aún produce: «Desde que tenía 10 u 11 años cogía 50 kilos de papas y me los cargaba al hombro y los bajaba a La Punta del Hidalgo desde las medianías. Hasta la carretera y no uno ni dos, sino muchos sacos. Eso es lo que hacía yo en aquellos tiempos. Con 14 o 15 años, un poco mayor ya, me reía del mundo. Cargaba hasta 100 kilos de papas por los caminitos de Anaga y salía como un quíquere. Hay que trabajar, hay que tener sangre».

A su juicio, su forma de ser y de ver el mundo le viene de familia: «Tuve la suerte de que mis padres eran muy trabajadores y heredé eso de ellos. Los vi siempre trabajar y ahí estuve yo. Cuando mi padre dejaba la azada, ahí estaba yo metido con ella, hurgando tierra. El primer juguete mío fue una azada para hacer surquitos. Hacía huertas chiquititas, armaba arados de palo y ese era el libro mío».

Pancho, el nonagenario agricultor de las manzanas reineta en El Sauzal María Pisaca

Apenas fue a la escuela, pero sabe leer y hacer cuentas. No se le escapa un kilo. «A la escuela no fui, estuve 35 días para no pasar por analfabeto. 35 días tuve de clase. En el cuartel me decían que fuera a clase y yo les decía: vayan ustedes. Luego fui aprendiendo cosas con la práctica. Cogí las tablas y me las estudié, hice mis cuentas, cogí un lápiz y una libreta y me puse a aprender... pero todo eso sin ir a la escuela. Tuve un hermano, Julián, que era el dueño del restaurante de La Cruz del Carmen y él estudió con un morral de libros a la espalda cuidando 60 cabras. Y aprendió. El muchacho sabía. No era tonto». De adulto, Pancho sí ha leído bastante sobre agricultura y ha asistido a muchos cursos, «aunque ahí tampoco he aprendido tanto».

Pancho, el nonagenario agricultor de las manzanas reineta en El Sauzal María Pisaca

Cuando se le pregunta si va a trabajar todos los días a la finca, Pancho responde con picardía: «No es que venga, es que yo vivo aquí. Estoy aquí siempre. Día a día me levanto y siempre voy estudiando una poda, cómo arreglar un árbol que se va a secar. A veces me dicen que cuente algún secreto y yo les digo que cuando un manzanero empieza a perder fuerza en la raíz, lo empiezo a rebajar, lo voy podando y cuando lo tengo chiquito ya tengo el repuesto en el mismo manzanero».

Mira con tristeza la erupción de La Palma y piensa que «cuando te toca la negra, no puedes huir». Anima a los palmeros a buscar la manera de «volver a plantar lo que se pueda, buscando tierra nueva». Se imagina el impacto de un volcán cerca de su finca y confiesa que si viera salir la lava, «me tendrían que ir a buscar a Taganana».

“Para llegar a algo, tienes que fracasar primero”

Pancho Hernández tiene claro que «las personas, para llegar a algo, tienen que fracasar primero». Después de más de 81 años de trabajo duro y diario en el campo, subraya que «para llegar a lo bueno, hay primero que pasar por lo malo». Así ha sido su vida y su experiencia. Puro ensayo y error, pura observación, pura constancia. «A mí me pasó eso siempre, cuando llegué a la finca en la que estoy en Ravelo, en el año 1962, tuve que tropezar con lo malo hasta que fui encontrando lo bueno. Me costó unos cuantos años. Hubo un tiempo que casi ni dormía, dándole vueltas a las cositas que había que hacer. Yo no sé ni la pata que di. Trabajando, consultando a ingenieros, observando por ahí, tuve que caminar mucho... Y no me he parado hasta hoy. No creo que en Canarias haya otra finca de manzanos como esta».

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