Han pasado unas semanas desde el óbito de mi amigo Chicho. El dolor que he sentido ha sido superior a cualquier intento de recordarlo sin inquietud y desesperación. Ahora, en momentos de más sosiego, me atrevo a pergeñar unas letras de recuerdo sobre este hombre que marcó un hito en mi vida y en la de muchos amigos que tuvo. Descanse en paz.

Conocí a Pedro Eustaquio en un cumpleaños del hoy amigo Jorge, empresario de Icod en el gremio del desguace. Este amigo, amante del cante, la música y la parranda, invitaba a sus amigos a su fiesta, en la cual tuve el gusto de participar de la mano de José Luis Saavedra, también parrandero, carnavalero, tocador y rondallero de toda la vida. Allí, todos juntos, dimos cuenta de las viandas que con su generosidad nos obsequió el amigo anfitrión y correspondimos con unas cantigas de la tierra y, sobre todo, la música de Pedro Eustaquio y su inseparable escudero Juan Felipe, así como la de Pepe Floro (DEP). Me uní al grupo y me permitieron entonar algunos boleros de mi repertorio, al tiempo que comentábamos cosas de música.

Al iniciar el regreso a nuestras ciudades, Chicho y Juan Felipe comentaron que habían llegado en taxi, ya que estas reuniones propiciaban el alzamiento de codo, con las consecuencias previsibles, y no era producente conducir a la vuelta. Me ofrecí a llevarlos en mi coche y regresamos a la preciosa villa de La Orotava, su Domicio, hablando de lo bien que lo pasamos y diciendo que nos veríamos pronto. Cosas que se dicen y que casi nunca se cumplen.

Dije «casi» pues una semana más tarde, estando yo sentado en mi barril de La Taurina (léase mesa improvisada con barril de mi uso casi particular), a la entrada justa del restaurante, veo llegar a Chicho bajando la rampa de acceso, con su campechanía y sonrisa particular, alegre y socarrona a la vez, lo que me llenó de alegría, ya que quedaron en el tintero temas de música y también personales. Era y fue el principio de una gran amistad. Le invité a tomar un vino y me comentó que iba a La Taurina porque tenía vínculos con Galicia. Había estudiado allí, se casó con una gallega y era hijo predilecto de Marín –si no recuerdo mal–. Hablamos de los vinos y las tapas, así como los platos gallegos que preparaban mis entrañables amigos Antonio y Pepe –propietarios–, que le entusiasmaban. A partir de ese día, todos los miércoles acudía fielmente a tomar el aperitivo en mi barril, lugar de tertulia que yo fui fraguando a lo largo de muchos años, y donde nos reuníamos un numeroso grupo de amigos que se alternaban: Pepe Chela, (DEP), Carlos Díass (DEP), acordeonista; Santiago Cantos, (DEP), Opelio, Pepe buerbaum, Melquiades, José Luis García, César, Goroztiza, etc.... Fueron tantos que sería prolijo nombrar aquí. Díaz de tertulia donde se hablaba de lo divino y humano, al tiempo de tomar ricos caldos y excelentes tapas gallegas. Fuimos mas de treinta en un tiempo.

Cuando Chicho llegó, algunas veces en compañía de otro fiel amigo, Cayetano, se enriqueció la tertulia con sus conocimientos musicales. Lo sabía todo sobre música sudamericana: criolla, colombiana, mexicana, peruana, salvadoreña, venezolana... Conocía todos los tríos habidos en ese mundo. Tenía verdadera amistad con Los Tres Reyes y con componentes de Los Panchos; con los Hermanos Palacios, con Luis Villa, con Los Tres Soles... Algunos de ellos estuvieron en Tenerife, actuando en el Liceo Taoro o en el teatro de La Orotava. Creó un grupo musical llamado jocosamente Quinegüa, remedando las famosas papas irlandesas King Edward. Así era. En La Taurina reunió varias veces a grupos musicales con destacadas figuras del folklore y nos hizo pasar verdaderos días felices.

Durante unos ocho o diez años no faltó a la cita. Me trajo un CD distinto cada vez, que grababa él mismo, con música sudamericana y con tríos que nunca conocí; con cantantes extraordinarios que enriquecieron mi conocimiento musical. Hablamos muchas horas de asuntos muy personales y así conocí a sus amigos, familia, hijos y amigos: de su hermana, fallecida en circunstancias penosas, de los trabajos y estudios de sus hijos y ¡hay!, de su enfermedad.

Su enfermedad, en aquel tiempo no demasiado avanzada, la llevaba con una entereza y un buen humor envidiables, sabiendo –como médico que era–, la gravedad que se le avecinaba. Soportaba tratamientos, pruebas, radiaciones, operaciones, quimio, altos y bajos, siempre con una fortaleza digna de todo elogio. No le gustaba mucho hacer partícipe a las personas que le rodeaban de sus dolencias y circunstancias, pero conmigo era otra cosa. Chicho siempre estuvo ahí, para darme ánimos y consolarme, pero también para darme ejemplo de cómo se vive con una enfermedad como la nuestra. Hoy soy otra persona ya que aprendí con él a superar mis miedos y a luchar hasta el final.

En este tiempo conocí también sus íntimos amigos: Cayetano, Norberto, Manolo Espiñeira, Juan Felipe, Eduardo Padrón, Antonio Díaz Barroso, Lorenzo Hernández, y otros. Parrandeamos juntos un tiempo y más tarde, la enfermedad empezó hacer meya en su cuerpo, que no en su alma ni su espíritu luchador, pero si en su carácter y comportamiento. Dejamos de vernos en La Taurina por otras circunstancias que no vienen al caso, y nos fuimos distanciando como ocurre con muchas relaciones, donde la enfermedad hace presencia.

Siempre estuve en contacto con él. Lo buscaba en su consulta, en su tertulia de los viernes en El Gomero de La Orotava, pero las visitas se fueron haciendo más esporádicas ya que yo vivo relativamente lejos de allí, y él ya no se desplazaba muy lejos de su entorno. Su amigo Cayetano me fue informando semanalmente de su estado, hasta que tristemente me dio la mala noticia de su viaje a la eternidad.

Quería dejar constancia de su paso por mi vida, que enriqueció; de un personaje irrepetible que hizo tanto por tantos, generosamente. Buen intérprete musical, gran conocedor de la música popular americana, buen doctor y cirujano, pero sobre todo. Un gran amigo. Hasta luego, Pedro Eustaquio, mi gran amigo.