Desde hace siglos, la vid ha representado uno de los principales cultivos de la Isla. La viña llegó con los primeros europeos, allá por el siglo XV, y desde entonces se ha convertido en un cultivo indispensable de su agricultura y un elemento definidor de su paisaje.

En 1497, el portugués Fernando de Castro plantó la primera viña en Tenerife, atraído por la fertilidad de sus suelos volcánicos. Poco sospecharía entonces que sus cultivos supondrían el comienzo de toda una cultura vitivinícola que permanece aún viva. En el siglo XVI, los vinos de Tenerife se exportaban a Europa. El llamado Canary Sack era muy apreciado en las cortes continentales y autores tan prestigiosos como Shakespeare o Walter Scott se refirieron a ellos en algunas de sus obras.

Entre los siglos XVII y XVIII, el ciclo agroexportador sufrió una ralentización que anunciaba su crisis. A partir de 1663 se popularizaron los vinos de Madeira y Oporto en el mercado británico, el principal consumidor, y décadas después, una erupción volcánica destruía el puerto de Garachico, del que zarpaban los barcos con bodegas repletas rumbo a Europa.

En Tenerife se encuentran diferentes formas de cultivar la vid y una riqueza clave de su éxito: la singularidad de variedades autóctonas prefiloxéricas. como Listán Blanco, Malvasía, Gual, Albillo Criollo, Vijariego, Moscatel, Marmajuelo y Verdello, además de Listán Negro, Negramoll o Tintilla.

El cuidado de una producción que ha sabido adaptarse y crecer, implantando modernas técnicas, respetuosas con el medioambiente, al tiempo que mantiene métodos tradicionales, especialmente en la recogida de la uva, producen unos vinos de aromas y sabores especiales que son el acompañante ideal para los platos de la cocina tinerfeña. Se trata, sin duda, de unas elaboraciones de gran tipicidad, resultado del carácter volcánico y atlántico de Tenerife: una tierra de vinos únicos.