El pan es un alimento de primera necesidad que se sigue consumiendo a pesar del confinamiento derivado del estado de alarma por la crisis del coronavirus. Y para que este pueda estar cada día, desde bien temprano, en los establecimientos en los que está autorizada su venta, debe madrugar mucha gente. Panaderos, obradores, repartidores y otros profesionales del sector forman parte del colectivo de trabajadores a los que la actual situación les ha reducido las ventas y, por tanto, los beneficios, pero no el esfuerzo para que la población que se mantiene en sus casas disponga del pan suyo de cada día.

Panadería Juan Pedro (Santa Cruz). La Panadería Juan Pedro, en el santacrucero Mercado de Nuestra Señora de África, ha sentido con fuerza la bajada en las ventas de pan. Antes de que el coronavirus y el estado de alarma agitasen la vida de toda España, lo habitual era que necesitaran hasta cuatro de los denominados amasijos de pan para fabricar este alimento , cada uno de ellos de unos 25 kilos, mientras que ahora los están haciendo de diez, precisa Mari Carmen Carlos.

El anterior no es el único indicador del desplome que han sufrido en el establecimiento. La adquisición de la materia prima, la harina, ha pasado a ser de seis en seis sacos, mientras que lo normal hasta la actualidad era que dos veces en semana necesitasen doce o quince bolsas. Y es que, como sintetizan desde esta panadería capitalina, la gente está comprando "bastante menos". Y añaden: "Y ni digamos dulces y galletas?". Al final, esos factores se traducen en unas cajas de alrededor de la mitad de los ingresos anteriores.

"Estoy mandando a los empleados de vacaciones quince días y mi marido es el que me está haciendo los dulces", señala Carlos, antes de apuntar que cuenta con hasta siete trabajadores. La situación general en la que se encuentra su negocio y ese último elemento la llevaron a pedir días atrás que no se dificulte el acceso de clientes al Mercado santacrucero. Al respecto, se refirió a la presencia del Ejército el pasado domingo, y puso el ejemplo de un vecino de San Andrés que, al desplazarse hasta allí, lo pararon y le preguntaron que si no podía ir a tiendas de este barrio costero. Asimismo, destaca que se trata de un espacio al aire libre y en el que se están siguiendo distintas medidas especiales de higiene.

Panadería Marrero (La Orotava). La conocida panadería Marrero, de La Orotava, célebre por sus panes y por sus rosquetes, sufre especialmente el cierre de bares, cafeterías, restaurantes, guachinches y hoteles, pero sobrevive gracias al aumento de la demanda en los supermercados en estos días de confinamiento domiciliario. La caída en el volumen de negocio les ha obligado ya a aplicar un Expediente de Regulación Temporal de Empleo (ERTE) que afecta a los dos repartidores que se encargaban de bares, restaurantes y cafeterías.

"Gracias a los supermercados seguimos adelante. Como la gente está comprando bastante, las existencias se vacían rápido y entran nuevos pedidos cada día. No compensa todo lo perdido, pero nos permite continuar", explica Carlos. Esta panadería, ubicada en la subida de El Bebedero, en las medianías villeras, ha perdido de golpe cientos de clientes: bares, restaurantes, hoteles y cafeterías repartidas por toda la isla. Pero sus propietarios y trabajadores no pierden el ánimo.

Esta panadería villera también mantiene abiertas rutas con otras islas de la provincia, como La Gomera y El Hierro, "donde aún seguimos sirviendo nuestros productos a los supermercados". De momento, el ritmo de trabajo se mantiene, aunque con otros productos: "Por ejemplo, llevamos días sin elaborar cruasanes o pan de molde para sandwich, que era algo que salía mucho para la hostelería", lamentan desde la panadería Marrero. Sólo en una de las rutas que seguían por negocios de hostelería ubicados entre Santa Úrsula y La Laguna, esta empresa ha dejado de facturar "unos 800 euros diarios". Una caída de la que esperan levantarse más pronto que tarde.

Panadería La Orquídea (El Tanque). El panorama no es distinto para la panadería La Orquídea, del municipio norteño de El Tanque. Gladys Luis Francisco, su administradora, resume en una frase la situación que viven estos días de confinamiento, en las que su actividad no ha parado: "Trabajando con más esfuerzo, pero con menos ingresos". Explica Luis que el trabajo se ha reducido en torno a un 75%, pero, sin embargo, tienen que hacer el mismo recorrido que cuando hay un servicio normal, y casi con la misma duración. La razón es obvia: "En nuestro trayecto repartimos casas y negocios. Estos últimos están casi todos cerrados -bares, cafeterías y restaurantes-, pero hay que seguir surtiendo las viviendas, algún supermercado y alguna gasolinera", aclara. "Lo que se tarda en repartir una cafetería, por ejemplo, son uno o dos minutos. Pero como tengo clientes en toda la zona, hay que ir a todos ellos, aunque sea para dejar un pan", detalla. "A veces no llevo ni 20 euros en mercancía", lamenta. La ruta habitual hacia el Sur tiene salida en El Tanque y se prolonga hasta la zona de Callao Salvaje.

"La situación es dura. Esto nos ha roto todo. Los ingresos se han visto mermados muchísimo, apenas va a dar para pagar a los empleados y los gastos son todavía los mismos", reconoce la administradora de La Orquídea, quien recalca que "salir de esta va a ser muy difícil".

Con respecto a las medidas de seguridad, Gladys Luis comenta que desde el primer momento están aplicando las medidas de seguridad recomendadas: guantes, mascarillas y desinfectante en la puerta de los vehículos de reparto, entre otras. Y a ello han añadido el empaquetado en plástico de todo el pan, un detalle que requiere más trabajo si cabe. "Esto es muy importante", destaca. Para minimizar aún más los riesgos de contagio por coronavirus, el mismo día que este periódico se puso en contacto con esta panadería del Norte, la empresa Flisam7Islas estaba aplicando en toda la panadería un novedoso tratamiento con amonio cuaternario, un limpiador desinfectante que tiene un amplio espectro de eliminación de microorganismos. "Espero que todo funcione", valora.

Panadería 4 Caminos (Santa Úrsula). No cambia mucho el discurso de Francisco Pimienta, repartidor en parte de la zona Sur de la Isla de la Panadería 4 Caminos, de Santa Úrsula. "Yo sigo saliendo igual, pero no hay negocio", relata. Es más, concreta que en algunos puntos como el casco de Santiago del Teide apenas hace tres paradas. "Pasé de llevar el furgón cargado a hacerlo con 20 o 30 panes", indica este repartidor. Una ruta normal lo llevaría hasta varios pueblos de la parte alta de Guía de Isora, luego desciende hasta la costa y regresa por Tamaimo (Santiago del Teide). "Pero ya no. Se ha reducido el trayecto. Es una cosa criminal. La verdad es que nos ha afectado bastante", asegura este trabajador del sector panadero.

Francisco Pimienta se queja de la concreción en las ayudas anunciadas. "A ver si llegan", afirma. Su día a día, explica, es "salir de la casa para completar su trabajo, llegar de nuevo, encerrar el furgón y, con la misma, encerrarme de nuevo en casa hasta el día siguiente", relata Francisco Pimienta. La única "ventaja" de esta situación es que la ruta que antes hacía en cinco seis o horas ahora la termina en poco más de dos. "Salimos a repartir a las 3:30 de la madrugada y sobre las 5:30-6:00 ya estamos de nuevo en casa", puntualiza.

La citada panadería de Santa Úrsula también sirve pan y otros productos directamente al público en su boutique, hasta donde se acercan sobre todo vecinos de la zona.

Panadería Arecio (Arafo). El caso de Panadería Arecio es casi singular, porque es de los pocos establecimientos que en la Isla continúan elaborando este producto de forma "cien por cien artesanal". En sus instalaciones la única máquina que hay es la amasadora, "pero a partir de ahí todo lo hacemos a mano". Pero la influencia de las medidas del Real Decreto 463/2020, de 14 de marzo, por el que se declara el estado de alarma para la gestión de la situación de crisis sanitaria ocasionada por el Covid-19 se reflejan en las ventas con la pérdida de un 25% de su producción habitual, pasando de algo más de 400 panes a algo más de 300 diariamente. "Repercute un poco, pero esperamos que esto no vaya a más, porque hay que pagar Seguridad Social, el sueldo y comprar la materia prima".

Otra de las particularidades de esta panadería es que su clientela está y ha estado siempre en sus casas, porque reparten a domicilio. "Toda la vida, desde que aquí estaba mi padre. Con 16 años lo acompañaba, con una cestita de caña, repartiendo casita por casita", cuenta María Teresa González Cejas, quien entiende que "antes se vendía más en las casas, ahora están las boutiques". La titular de la panadería, hija del fundador que da nombre a la empresa, explica que el pan es un producto esencial "y lo subimos solo cuando aumenta el precio de la harina, mientras tanto, no". En este tiempo de coronavirus, lo único que ha visto aumentar es la levadura.

Las medidas de seguridad propias de esta época se aplican a rajatabla, sobre todo pensando que se trata de un pan artesanal que hoy tiene en Alexis, el hijo de María Teresa González, al verdadero artesano de la masa. "Yo le echo una manita con las cuentas y el ayudo a repartir. Yo la llevo, pero quien trabaja la panadería es él". Teresa tiene claro que la situación es compleja y delicada, "pero seguimos aquí".

Panadería Cruz del Valle. En el mismo municipio hay otro ejemplo más sangrante: "De gastar 10 sacos de harina hemos pasado a gastar cuatro. Pero vamos bien, se trabaja". A optimista es difícil ganarle a Alicia Galván, que hoy gestiona esta panadería muy afectada por el coronavirus porque servía "a muchos bares y restaurantes y un par de hoteles rurales". Todo eso hoy está cerrado en virtud del Covid-19. Una de las claves de la supervivencia está en que el titular del negocio accedió a "adaptar el alquiler" a la coyuntura actual. "Eso ayuda".

Ese 60% de bajada en la producción que refleja el descenso de la harina consumida se traduce en "unas 400 pulgas, 30 panes normales y unos 80 panes de leña". De una treintena de clientes en el Sur y casi otros tantos en el Área Metropolitana, "ahora mismo me he quedado con 28 clientes en toda la Isla". Alicia es consciente de que esta crisis sanitaria es compleja y asume lo que ocurre "como toda la sociedad".

Lo hace sin perder el optimismo que muestra desde el primer instante de la conversación: "Mientras me de para cubrir los costes, nos mantendremos. Si me da para eso, intento seguir porque no es solo una cuestión de economía, sino la responsabilidad de ofrecer un producto que es bien valorado".

Esta panadería vende al por mayor. Carece de tienda física y desde la propia panadería empieza la distribución. Eso la obliga a desplazarse, algo que lleva con cierta inquietud. "Los primeros días, sobre todo, estabas que no sabías qué hacer. La circunstancia de tener que salir sin saber si haces bien o no, el nerviosismo que te provoca todo lo que oyes...". Alicia Galván y "mi marido, que me echa una manita, nos bastamos. La cosa no da para más, pero esperamos ir a mejor, aunque todo depende de que los clientes puedan abrir o no". Al final utiliza la expresión: "El futuro es incierto".

Yurena, trabajadora de un horno del pan de La Orotava, reconoce que la actividad del negocio se mantiene pese al estado de alerta y percibe que "falta concienciación" entre la clientela. "Mucha gente sigue viniendo a buscar el pan todos los días, incluso personas que nunca antes habían venido por aquí. Lo que les estamos aconsejando es que compren el pan del día, que hacemos aquí, pero que lo congelen para el resto de la semana, para que no se expongan a salir a diario", explica. Siguen vendiendo muchos dulces y algunas tartas, pero considera que "quizás habría que incrementar los controles porque no parece lógico que aún haya personas que vengan al horno del pan a comprarse una napolitana". Las trabajadoras toman medidas de precaución, usan guantes y productos desinfectantes, "pero cuesta que la gente mantenga la distancia con el mostrador, por eso hemos tenido que colocar unas cajas para que los clientes se queden a una distancia segura".