01 de diciembre de 2019
01.12.2019

El convento de San Lorenzo en La Orotava se convirtió en el más importante del Archipiélago

El Museo de Arte Sacro 'El Tesoro de La Concepción' muestra algunos de los vestigios franciscanos de la Villa

30.11.2019 | 23:58
Esta parte de la fachada del antiguo hospital de la Santísima Trinidad pertenecía al convento de San Lorenzo.

El convento de San Lorenzo fue fundado en La Orotava en el año 1519 por el conquistador Bartolomé Benítez de Lugo, llegado desde Sanlúcar de Barrameda, y durante casi tres siglos fue el más importante del Archipiélago, con más de 60 monjes franciscanos, imágenes que causaban devoción y una prestigiosa escuela de teología y filosofía. En la noche del 19 al 20 de abril de 1801, un gran incendio destruyó la mayor parte de su legado.

El convento de San Lorenzo fue fundado en La Orotava en 1519 por el conquistador Bartolomé Benítez de Lugo, sobrino de Alonso Fernández de Lugo, quien quiso garantizarse un sitio en la historia mediante la creación de un importante centro religioso y cultural, frente a su casa y en una zona donde se había levantado previamente una ermita en honor a San Lorenzo. Encomendado a la orden franciscana, pronto se convirtió en el más importante del Archipiélago: durante casi tres siglos albergó hasta 60 frailes, sirvió de sede de todos los capítulos provinciales y fue una importante escuela de filosofía y teología. Por su importancia fue conocido como el Escorial de Canarias, pero durante la noche del 19 al 20 de abril de 1801 un incendio acabó con gran parte de sus edificaciones, imágenes, mobiliario y archivo. La mayor parte de su historia se convirtió en humo, pero aún hoy, 500 años después de su fundación, algunas de sus huellas siguen presentes en La Orotava.

El Museo de Arte Sacro 'El Tesoro de La Concepción' ha organizado recientemente varias rutas por los 'Tesoros Franciscanos' de la Villa, con motivo del quinto centenario de la fundación del convento de San Lorenzo, en las que se recuerda la rica historia que se generó en torno a esta orden. De las manos de Natalia Álvarez y Adolfo Padrón, el viejo convento de San Lorenzo resurge de sus cenizas.

No es caprichosa ni pomposa la denominación de El Escorial de Canarias, que ya aparece en la Historia de Canarias de José de Viera y Clavijo, quien en su libro XVIII, capítulo X, escribe sobre este convento villero: "La amenidad del sitio, las huertas, aguas y extensión de la casa; las rentas de casi 24.000 reales de capellanías y memorias perpetuas; la numerosa comunidad de más de 60 religiosos; la grave escuela de filosofía y teología con muchas cátedras; la cualidad de convento capitular donde se celebran ordinariamente las elecciones con gran concurso y esplendidez; la residencia que suelen hacer en él los padres más condecorados de la provincia; la imagen de Nuestra Señora de la Caridad, que atrae la devoción de los vecindarios, y finalmente, el noviciado, el nombre de sus claros hijos, la orden tercera, la aura popular del instituto... todo contribuye a hacerle el San Lorenzo de los conventos de las Canarias y el Escorial de sus padres más dignos".

Descubrir las huellas de este antiguo convento obliga a pasar por la Iglesia de San Juan, en la Villa Arriba, donde se conserva la imagen de su San Lorenzo original, que data del siglo XVI y es una de las más antiguas que se conservan. En sus manos lleva una hoja de palma, que recuerda su martirio, y una parrilla, que evoca su muerte asado vivo.

La casa de don Eugenio Amador, en la calle San Francisco, se abre, cada 10 de agosto, para mostrar uno de los vestigios históricos más antiguos de La Orotava: el San Lorenzo de piedra, escoltado por los retratos pétreos de Bartolomé Benítez de Lugo y su esposa Mencía, fundadores del convento.

Este San Lorenzo de piedra fue hallado en torno a 1900, enterrado en una huerta cercana a la ubicación del antiguo convento y de la casa de Bartolomé Benítez. Natalia Álvarez narra durante esta ruta que, según la tradición popular, fue descubierto por un agricultor muy poco religioso, quien apedreó la imagen y murió por el golpe causado por la piedra que le devolvió, rebotada, la imagen del mártir. Ese supuesto castigo divino animó a los supervivientes a elaborar una especie de altar con otros elementos que, según Álvarez, vendrían de la casa de Bartolomé Benítez y del convento.

El antiguo hospital de la Santísima Trinidad, convertido hoy en velatorio municipal, se edificó sobre el Escorial de Canarias y aún conserva parte de sus muros y accesos, así como una porción de su gran iglesia. La actual es una quinta parte de la primigenia, donde pueden verse varias de sus imágenes originales: un cristo del huerto del siglo XVII; la virgen de la Soledad, del siglo XVII, y la más importante, la Virgen de la Caridad que presidía el altar mayor y que, según Viera y Clavijo, atraía la devoción de muchos vecinos.

Bajo el actual edificio del hospital aún podría encontrarse la cripta en la que yace Bartolomé Benítez de Lugo, que contaba con su propio altar. Una investigación arqueológica aún pendiente en pleno casco histórico de La Orotava.

En 1601 llega a la Villa la rama femenina de la orden franciscana, las monjas clarisas, que tuvieron su convento, también hoy desaparecido, en la zona que ahora ocupan el ayuntamiento, su plaza y La Hijuela del Botánico. De ellas se conserva el Cristo de la Salud, que es ahora patrón de Arona; la portada de su convento, que es hoy la de la capilla del cementerio villero, y el pudin de gloria, un legado dulce y sabroso. Una receta que las religiosas transmitieron a Juana Suárez y que aún hoy repiten, sin modificación alguna, sus descendientes en la pastelería La Mano Buena.

La Virgen Difunta, resguardada en el Museo de Arte Sacro El Tesoro de La Concepción, es otra de las imágenes que se salvaron de las llamas de San Lorenzo con todo su ajuar y que conectaba, cada 15 de agosto, a los franciscanos con las clarisas. En una representación similar, aunque más humilde que el llamado Misterio de Elche, esta virgen yacente salía de San Lorenzo y llegaba hasta el convento de las Claras, donde María subía a los cielos. Un acto demasiado teatral y efectista para la época, con muchos espejos en los que los fieles querían verse reflejados, y que terminó por prohibirse.

También en el Museo Sacro pueden verse el San Francisco original del retablo mayor del convento de San Lorenzo, o el retrato de Sor María Justa, de La Victoria, una monja sin estudios que murió con fama de santidad y fue enterrada en el viejo convento.

De la noche del incendio hay al menos dos relatos en primera persona que explican que el fuego fue tan voraz que en "en menos de ocho horas" se consumieron casi tres siglos de historia. Los frailes huyeron del fuego como pudieron, saltando desde las ventanas de un edificio que tenía tres plantas de altura o descolgándose con ayuda de cuerdas. Ardió "como si estuviera lleno de pólvora", pero cinco siglos después de su fundación aún pelea contra el olvido y reclama su sitio en la historia.

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