11 de agosto de 2019
11.08.2019
Crónicas de la historia

Primeras experiencias astronómicas en Tenerife (1856)

11.08.2019 | 00:26
Charles Piazzi Smith.

El inglés Charles Piazzi Smith (1819-1900), astrónomo Real de Escocia, con sede en el observatorio de Calton Hill, en Edimburgo, y profesor de astronomía en su Universidad, fue miembro de la Royal Society, de la Sociedad Real de Edimburgo y la Academia de Ciencias de Baviera. Participó en una expedición a Egipto con el objeto de medir con precisión las superficies y aspectos de la Gran Pirámide de Guisa, diseñando una cámara para fotografías su interior.

Piazzi Smith se desplazó a la isla de Tenerife en 1856 porque consideraba que al realizar sus observaciones astronómicas en el Teide, éstas se beneficiarían al eliminar la tercera o cuarta parte más baja de la atmósfera. Para ello, contó con la inestimable ayuda de Robert Stephenson, miembro del Parlamento Británico, quien puso a su disposición su barco y una tripulación de 16 hombres, además del fletamento durante el tiempo que duró la experiencia. También recibió la colaboración del honorable Charles Wood, quien le otorgó una beca de 500 libras.

El Titania, de 140 toneladas, al mando del capitán Loving Cooke, zarpó de Southampton el 24 de junio de 1856, llegando al puerto de Santa Cruz de Tenerife el 8 de julio de ese año, siendo recibidos por las autoridades canarias y por el cónsul británico en el Archipiélago, quienes pusieron a su disposición todo lo necesario para su trabajo.

Mientras el barco continuaba su rumbo al puerto de La Orotava, para descargar allí los pesados y valiosos instrumentos que transportaba -el gran telescopio Equatorial de Pattinson, un telescopio Sheepshank, actinómetros, magnetómetros, termómetros de radiación, barómetros, cronómetros y aparatos de polarización-, Piazzi Smyth y su joven esposa, Jessie Anne Duncan, se quedaron en Santa Cruz para conocer la ciudad. Mientras paseaban, al vislumbrar un patio lleno de plataneras, naranjos, adelfas y el burbujeo de una fuentecilla, tras una puerta entreabierta de una mansión, lo describe poéticamente como el corazón de un oasis mágico. Siente curiosidad al ver cómo los hombres llevan sobre la camisa una faja de color rojo satinado en la cintura y las brillantes ropas de las mujeres, airosas en sus andares. Se sorprende de la existencia de camellos por las calles transportando, con tremendos balanceos, un piano a un lado y un gran saco de azúcar al otro. También le llama la atención las corsas, utilizadas en el transporte de la carga en el muelle, a los que asemeja con trineos tirados por bueyes. El matrimonio partiría hacia La Orotava al día siguiente, utilizando el coche de hora.

La ascensión al Teide la comenzó el 14 de julio de 1856. Le acompañaba su esposa, el guía (Manuel), el criado (Manuel), el carpintero del barco y los acemileros con sus 27 animales de carga (mulas y caballos). La estación de observación la estableció en la montaña de Guajara, a 2.715 metros, lugar donde permaneció 37 días. Pero, como las condiciones de observación no eran buenas y le molestaban los fuertes vientos, el 21 agosto decidió subir hasta Altavista, a 3.264 metros de altura, donde disfrutaría de la más diáfana de las atmósferas.

Como había dejado el gran telescopio ecuatorial de Pattinson en el Puerto de la Cruz, embalado en tres enormes cajas, imposibles de subir hasta Altavista, volvió a bajar hasta la costa para desmontarlo -gracias a un relojero alemán-, embalándolas en 13 cajas en las que serían transportadas utilizando siete caballos. Mientras tanto, sus compañeros habían construido un recinto cerrado entre las corrientes de lava que les protegería de los vientos del norte, oeste y sur. Se trataba de un muro de piedras de 55 metros cuadrados, de 1,80 metros de alto y 1,20 metros de ancho, en los que en su centro se colocó el gran telescopio de 7 pulgadas y a su alrededor se hicieron cinco alojamientos.

Durante 28 días pudo observar, con una pureza extraordinaria, las estrellas B y C de la gama de Andrómeda, así como las estrellas más opacas o difíciles a un ojo práctico, haciendo medidas de sus separaciones y tomando nota de los colores de sus componentes. Gracias al extraordinario incremento de capacidad de penetración espacial del telescopio, que pasaba de la décima a la decimocuarta magnitud, las estrellas no sólo aparecían más brillantes, sino que mejoraban su definición. También pudo ver de un modo inequívoco, con una lente de 500 aumentos, la pequeña división del anillo de Saturno, la superficie de Júpiter, vistas extraordinarias de la Luna... Los dibujos que realizó de Júpiter son impresionantes.

Aquí describe, durante cuatro días, La Batalla de nubes, titánica lucha que, a sus pies, tiene lugar entre los dos poderosos ejércitos nubosos. Los avances de uno y otro, los retrocesos, las maniobras envolventes, los ataques frontales o de distracción por los flancos... Al final de la batalla vencen los alisios, con sus benéficas y abundantes nubes que gran parte del año se enseñorean en las vertientes norte de las Islas y que son las responsables del milagro de nuestras fértiles y verdes medianías. La descripción de la batalla es de tal vigor y realismo que el lector llega a emocionarse ante las maniobras tácticas desplegadas por ambos contendientes.

Además, éste emplazamiento se encontraba cerca de la Cueva del Hielo, a la que accedían por un agujero de un metro cuadrado, para luego descender por una cuerda con nudos entrelazados. Dentro de la cueva existía una cerca anular de nieve, de 1 metro de altura y 2 de ancho, y más al fondo había una gran superficie de agua maravillosamente pura y un montón de nieve que se extendía hasta las paredes más recónditas de la cueva. Para que Jessie Anne Duncan pudiera bajar y revelar los negativos de las placas de colodión, el carpintero del Titania construyó una escalera, la cual se la dejaron de regalo a los neveros que en épocas veraniegas transportaban la nieve hasta Santa Cruz, La Laguna, La Orotava y Gran Canaria.

Después de 65 días en las Cañadas del Teide, el 26 de septiembre, Piazzi Smyth regresaría a Santa Cruz, para desmontar el mareómetro que había dejado instalado en el muelle, aparato con el que el capitán Loving Cooke había efectuado las observaciones meteorológicas exactas y continuas al nivel del mar, durante el tiempo que él residió en el Teide.

Al abandonar Tenerife, escribe: "Cuando la noche cae y nuestra última visión del pico permanece aún alta en el cielo, nos preguntamos por cuánto tiempo el mundo ilustrado retrasará la instalación allí de una estación que tanto promete para el mejor avance de la más sublime de las ciencias". Un siglo más tarde, sus deseos se harían realidad, cuando en 1964 comenzó a funcionar el observatorio de Izaña.

Su libro Tenerife, las experiencias de un astrónomo, publicado en 1858, sería el primero en contener 20 fotografías estereoscópicas, realizadas en Tenerife, y reveladas por su esposa con el agua de la Cueva del Hielo. Los bocetos que recogen diferentes momentos de su investigación, se guardan en la mejor Biblioteca Astronómica del Mundo, situada en el The Royal Observatory de Edimburgo.

A todo el personal, tinerfeño e inglés, que le ayudó en su expedición, y a construir los asentamientos de Cuajara y Altavista, los cataloga como trabajadores, sacrificados y de admirable fortaleza física. Destaca los nombres del Sr. Aguilar, ingeniero del Puerto, Agustín Nogueras, la familia del Marqués del Sauzal, la familia Rodríguez de Azero, Hamilton, Alfred Diston, Goodalls, Wildpret, así como don Martín Rodríguez, que le visitó en varias ocasiones y en otras le envió leche y huevos.

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