05 de junio de 2019
05.06.2019

Un periodista de la radio y de las ciencias humanas

05.06.2019 | 06:05

"Un maestro es una brújula que activa los imanes de la curiosidad, el conocimiento y la sabiduría de los alumnos", una frase de Ever Garrison que sirve a la perfección para reflejar lo que el Padre Siverio, el cura Siverio o don José Siverio supo inculcar en todos los que estuvimos en sus alrededores y a los que nos dio el carrete necesario para que al contar las cosas que pasaban las relatáramos con la pasión necesaria, pero con una templanza neutra que no afectara al hecho en sí. Y en algunos casos lo consiguió. A pesar de que parecía tener un carácter fuerte, siempre imponía el diálogo y cuando este se perdía, aparecía su modo de hacer las cosas. Unos le temían y otros le buscaban, porque sabían que en cada momento transmitiría algo que siempre servía para aprender y para saber qué hacer.

Ayer se fue el Padre Siverio, don José, un polifacético hombre del mundo que lo mismo nos decía cómo encarar una crónica radiofónica mientras cincelaba la cara del Santo José de Anchieta, que nos ilustraba sobre los cantos gregorianos y sus significados a la hora de hacer un montaje radiofónico. Un erudito de las bellas artes metido a periodista que hizo que la radio en Tenerife tuviera dotes de grandeza. Hizo periodismo en Madrid, se vino a la isla y fundó la Voz del Valle donde conoció a gentes que luego le seguirían a Radio Popular de Güímar y desde ahí a la creación de Radio Popular de Tenerife, en La Laguna, una emisora dotada de muchos medios, que peleaba con Radio Nacional y que se nutría de los mejores adelantos. Vivió en primera persona y como director de la emisora el paso de la dictadura a la democracia, se rodeó de los mejores profesionales y desplegó banderas de libertad en un mundo constreñido por el doble sentido y lo que se decía entrelíneas. Allí fueron a parar muchos profesionales de la voz y la escritura, gentes como César Fernández-Trujillo o Adrián de Armas, o en la locución, como Marisol, Mititi y muchos más que hoy echamos de menos y que le estarán reclamando desde el más allá para seguir adelante con una pasión que nunca se supera. Y entre los que quedamos aquí la pena nos inunda. Lo sé por Salvador García, presidente de la Asociación de la Prensa y voz de aquella antena en deportes y en informativos, por Sagrario o por Juan Vicente, dos voces inconfundibles que tenían el toque necesario para que cada inflexión tuviera una razón. O en la parte técnica Santiago y José Antonio, hermanos y realizadores de sonido; por el otro Santiago o Alberto, con los que conformaban un cuarteto en el que no podía faltar Luis Javier y sus discrepancias.

En fin, que todos estábamos bajo la dirección de don José Siverio y todos sabíamos que él escuchaba, hasta cuando nos reíamos en antena, que eso no estaba bien visto.

Don José nos enseñó lo de la curiosidad y lo de la imparcialidad, y supo imprimirnos una forma de ver las cosas que hoy se echa de menos en algunos apartados de la información. Allí estuvieron Juan José Hernández y Ventura González, que luego siguieron en esta Casa de El Día imprimiendo ese mismo carácter que habíamos aprendido.

El padre Siverio aplicaba los criterios de la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana para aquellas cosas que tenían que ver con lo divino, pero era mundano en lo cotidiano. Nos permitió transmitir carnavales, "pero no el entierro de la sardina". Abrió la mano informativa sin muescas de censura y permitió todas las tertulias posibles con amplitud de miras y horizontes inabarcables. Hoy no sé si le dejarían ser así. Siempre defendió el trabajo bien hecho y supo defender a los suyos de presiones ajenas y serviles. No permitió que nadie de fuera del ámbito de la emisora impusiera tesis, propagandas o mensajes partidistas. Ante todo era un defensor de la verdad y nos enseñó que mentir es antónimo de periodista.

A mí me dejó hacer desde un Faenando, programa dedicado a las gentes de la mar, o una tertulia política, El Remache, en la que participaban periodistas de todos los medios. Y siempre estaba ahí para apuntar como mejorar.

Fue un impulsor en muchos apartados radiofónicos, supo combinar todos géneros y sobretodo era un apasionado de los programas bien hechos, con guión, sin improvisaciones y trabajados en toda su profundidad. Le gustaba la radio bien hecha y el programa que penetraba en todas las estrías del tema a tratar. Disfrutaba con la palabra y con la música, pintaba y tallaba, se instruía en todo lo que podía y hacía una vida pública acorde con sus creencias. Era un cura moderno, aunque no lo pareciera y sabía que todo tenía un límite, incluso sus cigarrillos rubios.

Un día se retiró y dejó de fumar, su gran pasión, y se dedicó a las cosas del arte que le gustaban y a profundizar en técnicas de restauración. Hace poco nos juntamos algunos de los que quedamos y recordamos tiempos pasados y situaciones vividas. Y me prometí cultivarlo y estar con él. No ha podido ser. Se me fue sin poderle decir cuánto le debo por su confianza, se ha ido como hace unos días se fue El Lupi, que fue su último jefe comercial y del que tampoco me pude despedir. Y es que esta gente que sabe estar, se va sin que se note, aunque dejan un vacío tan grande que entran ganas de llorar, las que tengo desde el momento en el que me dijeron que se había muerto y que me impiden seguir escribiendo.

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