04 de julio de 2020
04.07.2020

La vida como un sueño

04.07.2020 | 00:01
La vida como un sueño

La comunidad cinéfila internacional conmemora este año el centenario de un personaje de especial significación en el devenir del cine contemporáneo porque, además de un creador superlativo y de haberse convertido, con el paso del tiempo, en uno de los demiurgos más influyentes de la historia, Federico Fellini (Rimini, 1920/Roma 1993), se transformaría, desde su sonado debut como cineasta en Luces de variedades (Luci del varietà), hace siete décadas, en el visionario más respetado de la edad de oro del cine italiano, tal y como lo ponen de manifiesto películas del calado artístico de, pongamos por caso, Las noches de Cabiria ( Le notti di Cabiria, 1957), Fellini 8 1/2 ( Otto e mezzo, 1963), La dolce vita (La dolce vita, 1960), Ensayo de orquesta ( Prova d´orchestra, 1978), Roma ( Roma, 1972), La ciudad de las mujeres ( La città delle donne, 1980), Amarcord ( Amarcord, 1973), Satyricon ( Fellini Satyricon , 1969), Casanova ( Il Casanova de Fellini, 1976) o Y la nave va ( E la nave va, 1983).

Auténticos trasuntos de sus andanzas juveniles en la Italia mussolliniana o severas revelaciones autobiográficas donde el foco del relato se desplaza hacia sus vivencias durante sus años de madurez; claves personales sobre las que, en mayor o en menor medida, estructuraría la totalidad de su filmografía, siendo distinguido, entre otros muchos galardones, con cuatro Oscar de Hollywood; El Leon de Plata en Venecia en dos ocasiones, por Los Inútiles ( I vitelloni, 1953) y por La Strada ( La Strada, 1954); el León de Oro a su carrera en 1985 y la Palma de Oro del Festival de Cannes por La dolce vita ( La dolce vita, 1960)

Su constante afán por llegar cada vez más lejos en su empeño por abrir las compuertas de la modernidad y entrar de lleno en territorios artísticos poco transitados por el cine de su tiempo le facilitaría muy pronto su ingreso en el hall of fame de la cultura universal como paradigma del cineasta capaz de evaluar sus propias experiencias desde un prisma tan rabiosamente subjetivo como altamente demoledor, demostrando, urbi et orbi, que una vida puede ser explorada hasta el extremo de convertirla en todo un laboratorio de análisis de la vida social que la ha circundado o de los acontecimientos históricos que la han condicionado.

Las experiencias de su pubertad, castradas por el impulso represivo que ejercía sobre ellas la omnipresencia del régimen fascista; la formación sexual, desdibujada por el terror psicológico infundido por ciertos educadores religiosos; los enamoramientos a primera vista, tan comunes en la adolescencia y a los que Fellini supo imprimirle ese tono tragicómico, no exento de cierta hondura poética, con los que quedan fielmente retratados en algunos de sus mejores filmes, constituyen retazos de una biografía particularmente intensa que se desvela tras la explosión de un carrusel de imágenes poliformes de clara matriz expresionista, que se transforman a la postre en una confesión sin paliativos sobre la presión que siempre ejerció el peso de la memoria en el desarrollo de sus actividades creativas.

A lo largo de su obra, supo responder con ejemplar coherencia a cada una de las obsesiones que marcaron su existencia, ya fueran las que hundían sus raíces en la memoria histórica y/o familiar -su infancia y parte de su adolescencia en su Rimini natal; el fascismo mussolliniano, las frustradas experiencias sexuales, su esposa Giuglietta, etcétera, constantemente presentes en casi todas sus películas como las que procedían de sus preocupaciones de carácter intelectual - Fellini ocho y medio- es un perfecto reflejo de su alambicada conciencia profesional - Los clowns constituye un homenaje al hombre que padece tristeza, amargura y marginación- o políticas - Ensayo de orquesta representa una clara metonimia de la escena política italiana de finales de los setenta y, en Amarcord, dibuja un retrato inclemente de la dictadura, con la que vivió una parte importante de su vida, hasta llevarla al terreno de la parodia más solemne y esperpéntica.

Nunca ofreció soluciones a los problemas del mundo porque, entre sus planes, jamás contempló convertirse en un profesor de ética, todo lo más en maestro de la vida. Por eso en sus filmes se limitaba exclusivamente a plasmar su visión de la sociedad en función de sus propias vivencias, de sus recuerdos y de sus sueños -falsos o auténticos-, campo este del que logró extraer vetas poéticas de gran riqueza evocadora, de ahí que en ningún momento intentara otorgar carta de objetividad a sus discursos cinematográficos ni pretendiera, en ningún caso, que sus personajes representaran ningún tipo de ejemplaridad.

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