23 de mayo de 2020
23.05.2020

El ídolo atormentado

Se cumplen cien años del nacimiento de Montgomery Clift, una de las figuras más respetadas del 'star system' hollywoodiense, arquetipo del héroe edípico que alumbró la 'beat generation'

22.05.2020 | 22:37
El ídolo atormentado

El nombre de Montgomery Clift (Omaha, Nebraska. 1920/Nueva York. 1966), como el de sus epígonos más conspicuos: James Dean, Geraldine Page, Lee Remick, Paul Newman, Marlon Brando, John Garfield, Steve McQueen, Karl Malden, Joanne Woodward y Dennis Hopper, hijos todos del legendario Actor's Studio de Lee Strasberg, llenó por completo las carteleras de toda una época y supuso, además, un balón de oxígeno para la rutinaria y en cierto modo mortecina ideología dominante en el Hollywood de la posguerra, habitado por una miríada de estrellas cortadas por un mismo patrón y muy alejadas por tanto de cualquier intento de aproximación a la complejidad inherente a la condición humana.

El cambio, aunque contradictorio en términos estrictamente realistas pues exigía el empleo indiscriminado de cierta retórica gestual a ratos manierista, comenzaría a operarse en el mismo momento en que los alumnos más aventajados del maestro Strasberg tomaron los escenarios y los platós cinematográficos para mostrar urbi et orbi las complejas técnicas de actuación aprendidas en el prestigioso laboratorio neoyorquino, al tiempo que Clift se convertía en uno de los más fieles seguidores de la ortodoxia del método, entendida esta como semilla revolucionaria ante los desafíos de un oficio que exigía dar nuevos pasos hacia una dimensión más creativa del arte de la interpretación.

La imparable avalancha de héroes de perfil patriótico y el tono invariablemente propagandístico que inundó muchas de las producciones cinematográficas estadounidenses durante los años de la contienda generaron un imaginario en el que el joven Clift, con más enjundia que ningún otro de sus correligionarios, contribuiría a desarmar mediante esos aires de galán rebelde e introvertido con los que construía a sus personajes. "Con su llegada al cine, decía Hitchcock, cambiaron muchas cosas en el ámbito de la interpretación". Y tanto fue así que su mera presencia en las pantallas ya transmitía una cierta sensación de cercanía y de hondura emocional que no solía darse con los estereotipos actorales impuestos por el Hollywood más tradicional.

Sin embargo, y pese a su inconmensurable talento, el protagonista de Río salvaje ( Wild River, 1960) no fue una estrella especialmente prolífica, ni su brillante carrera en los escenarios de Broadway a lo largo de los años cuarenta, tampoco fue tan pródiga, aunque su currículo sí mostraba la solvencia necesaria como para poder ocupar un lugar privilegiado, no tanto en el entorno del teatro donde protagonizó piezas, ente otros, de William Shakespeare, Thornton Wilder, Lillian Hellman, Anton Chejov y Robert Sherwood, como en el del cine, en el que brilló con luz propia desde su aclamado debut en 1948 con Los ángeles perdidos ( The Search), junto al cineasta de origen austriaco Fred Zinneman.

En esta película, escrita por Richard Schweizer en colaboración con David Wechsler, con la que el actor obtuvo su primera nominación al Oscar, encarna a un joven soldado norteamericano empeñado en socorrer a un niño superviviente de Auschwitz con el propósito de provocar el reencuentro con su madre, tras asistir juntos a los últimos días de la guerra en una Alemania devastada. A caballo entre el filme documental y el drama de hondas raíces neorrealistas, la película muestra a un Clift intenso y profundamente introspectivo que comenzaba a presagiar la temperatura emocional que presidiría muchos de sus trabajos posteriores.

Con Río rojo ( Red River, 1948), de Howard Hawks, uno de los grandes clásicos del western, escrito por Borden Chase junto a John Wayne, Walter Brennan y Joanne Dru, y estrenado con gran éxito el mismo año de su debut, el actor mostraría de nuevo su capacidad para componer personajes moralmente deshechos, al tiempo que la película le proporcionaría su definitiva consagración profesional personificando a un cowboy ingenuo, aventurero e introvertido, situación que le convertiría instantáneamente en uno de los actores más cotizados del momento, robándole a sus ilustres compañeros de reparto algunas de las escenas más inspiradas del filme.

Reservado, individualista e hipersensible, su efímero pero fulgurante reinado -murió a los 45 años-, le facilitó una imagen cargada de un gran magnetismo, perfectamente homologable con la que también mostraba James Dean, otro mito generacional, fallecido a consecuencia de un trágico y aparatoso accidente automovilístico. Y como no hay dos sin tres, algunos meses después del estreno de Río rojo Monty vuelve a exhibir su sólido talento encarnando a Morris Townsend, el apuesto y desaprensivo cazafortunas de La heredera ( The Heiress, 1949), de William Wyler. Una historia tensa y demoledora, inspirada en la mítica novela de Henry James Washington Square, donde Clift nos obsequia con uno de sus grandes recitales interpretativos, acompañado en esta ocasión por una tímida y bondadosa Olivia de Havilland en el papel de Catherine Sloper, la rica heredera que cae víctima de los enredos sentimentales de Townsend, y un Ralph Richardson absolutamente convincente en el rol del patriarca familiar que se opone frontalmente a las maniobras seductoras del taimado pretendiente de su hija.

Acomodado en historias de inequívocos perfiles melodramáticos, Clift se muestra muy complacido ante la tentadora oferta que le hace George Stevens de encabezar el reparto de Un lugar en el sol ( A Place in the Sun, 1951), basada en una pieza teatral inspirada en la popular novela de Theodore Dreiser Una tragedia Americana, compartiendo cartel con Elizabeth Taylor y su condiscípula en el Actor's Studio Shelley Winters. Aunque existen notables semejanzas con el Morris Townsend de La heredera, George Eastman, el aspirante a la alta sociedad que flirtea sin el menor escrúpulo con la beneficiaria de una gran fortuna para escalar los peldaños que le permitan renunciar a su humilde condición social y alcanzar su anhelado lugar en el sol de la opulencia tiene, por decirlo así, un poder simbólico que ya queda resumido en el propio título de la novela en la que se inspira la película, por la que Clift recibió su segunda nominación de la Academia.

En Yo confieso ( I Confess, 1953), una de las reflexiones morales más desasosegantes y desgarradoras del mago del suspense, el actor se introduce en la piel de Michael Logan, un sacerdote católico que, amparado en el secreto de confesión, se niega a desvelar la identidad del verdadero culpable de un horroroso crimen, pese a que todas las sospechas recaen sobre él. Ese mismo año volvería a colaborar con Fred Zinneman, su primer preceptor cinematográfico, en una breve pero muy emotiva intervención en De aquí a la eternidad ( From here to Eternity), con la que obtendría su tercera nominación a los Oscar -esta vez como actor secundario- y el refrendo general de la crítica, encarnando a Robert Lee Prewit, un joven y atribulado marine con profundos problemas adaptativos con su entorno militar que, en compañía de Burt Lancaster, Deborah Kerr, Frank Sinatra y Donna Reed, otros cuatro gigantes de la actuación, apuntalan este excelente drama antimilitarista de un director con escasa producción pero capaz, sin embargo, de aportar a la historia del cine un buen puñado de obras inolvidables.

Su carrera experimentaría un inesperado giro con Estación Termini ( Stazione Termini, 1954), producida y dirigida por Vittorio de Sica, a partir de un espléndido guion de Cesare Zavattini y del teórico y escritor Luigi Chiarini. Una brillante historia de amor de matriz neorrealista, donde una Jennifer Jones sobrada de talento se enfrenta a la encrucijada más decisiva de su existencia: regresar a su América natal para proseguir una vida marcada por la rutina y el hartazgo o permanecer junto a Giovanni, su amante, en la ciudad de Roma. Poco importa su elección porque lo que queda en la retina de los espectadores es un relato sentimental de una intensidad y un lirismo inusitados.

Concluida su fugaz experiencia en el cine trasalpino, Clift vuelve a los Estados Unidos para incorporarse al rodaje de El árbol de la vida ( Raintree Country, 1957), el fatigoso melodrama histórico que dirigió Edward Dmytryk en plena pandemia maccartista -el director testificó en varias ocasiones ante el Comité de Actividades Antiamericanas- con Elizabeth Taylor, Eva Marie Saint y un Montgomery Clift tan poco inspirado como el insufrible novelón de Ross Lockridge que dio pie a la película. Se dio además la circunstancia de que, concluido el rodaje de esta película, el actor sufre un gravísimo accidente automovilístico que le provocaría heridas irreversibles en su rostro.

No obstante, tan infausta circunstancia no le impediría rehacer su carrera, con su cara visiblemente recompuesta por la acción de la cirugía, con El baile de los malditos ( The Young Lions, 1958), dirigida también por Dmytryk, y con un reparto multiestelar encabezado por Marlon Brando, Dean Martin, Maximilian Schell, Barbara Rush y Hope Lange. Se trata de un filme profundamente antibelicista e inspirado en la novela homónima de Irwing Shaw, que relata, con excesiva frialdad para mi gusto, las experiencias personales del propio escritor en el frente germano durante las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial y que cuenta con una actuación portentosa, tanto de Brando en el papel de un oficial alemán profundamente desengañado como de Clift en la piel de un marine sin la menor fe en su papel de combatiente en una gue a la que no le encuentra el menor sentido.

Tras las experiencias, "poco gratificantes", según sus propias declaraciones, con Dmytryk, el actor recupera de nuevo el buen tono de sus primeras películas gracias a su formidable trabajo como el doctor Cukrowicz en el filme de Joseph L. Mankiewicz De repente, el último verano ( Suddenly Last Summer, 1959), melodrama narrado con pulso firme por el director de Cleopatra ( Cleopatra, 1963), con la participación de Elizabeth Taylor y Katharine Hepburn en una perfecta composición dramática, basada en un sólido guion de Tennesse Williams y Gore Vidal. Río salvaje ( Wild River, 1960), una emotiva evocación de la América profunda durante los años difíciles de la Gran Depresión; Vidas rebeldes ( The Misfits, 1961), la crónica crepuscular de un puñado de cazadores de caballos encarnados por Clark Gable, Marilyn Monroe, Thelma Ritter, Eli Wallach y Clift, dirigida por John Huston; el judío despojado de su honor por la represión nazi en la monumental Vencedores o vencidos ( Judgement at Nuremberg, 1961), de Stanley Kramer y el atormentado Sigmund Freud de Freud, pasión secreta ( Freud, 1962), de John Huston, constituyen el mejor legado de uno de los iconos imprescindibles para entender el papel decisivo que han jugado los grandes actores en la historia del cine.

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