23 de mayo de 2020
23.05.2020

Con gofio y jareas, hasta diez mareas

22.05.2020 | 22:37
Con gofio y jareas, hasta diez mareas

De todos es sabido que el gofio de millo, trigo, cebada u otros cereales tostados ha sido desde antiguo un alimento básico en la dieta del isleño. Singularmente apreciado en épocas de carestía, periodos en los que resultó indispensable "para matar el hambre". Antaño, en épocas de escasez, se confeccionaba también a base de cosco, barrilla, helechas o cualquier otro vegetal comestible que abundara. En el imaginario popular representa el sustento diario, elemento transferible por "el pan de cada día", asociado a la saciedad. El gofio, podemos decir, es en la cultura canaria lo que el pan representa en las culturas occidentales europeas y euroasiáticas, fundamentalmente mediterráneas. De manera similar a lo que significa la "cultura del arroz", elemento que identifica la dieta de los pueblos del Lejano Oriente, o "la del maíz", producto identitario de las culturas amerindias. El gofio es también seña de identidad insular. No en vano el folclore popular está plagado de alusiones a este producto típico de la gastronomía isleña.

Jarea se le llama a todo pescado jareado. El pescado capturado se orea y se seca al sol previo a lañarlo. Lañar es abrir el pescado por el lomo o por el vientre con un corte longitudinal para después salarlo. Las especies capturadas son generalmente sardinas, longorones y otros pelágicos, que una vez secos quedan listos para el consumo (se conocen también como pejines a las especies de pequeño tamaño). Se trata -a decir de algunos- de un manjar que se degusta rociado con alcohol o ron ardiendo para calentarlo.

"Gofio y jareas". Es sin duda una dieta "de gente pobre" que muchos relacionan con las hambrunas y los años de seca, sobre todo en las islas de Fuerteventura y Lanzarote. "Gofio y pejines", sustento diario, dieta austera, casi espartana, pero suficiente para subsistir. De tal modo que ayuda a resistir "hasta diez mareas" si es preciso. Lo que no deja de ser una hipérbole, pero sugiere cierta predisposición al sacrificio y resistencia a las penurias, a los rigores del viaje, a los embarque durante las zafras. Esta primera parte del dicho conjuga el fruto del trabajo de la tierra (gofio) con los dones de la mar (jareas) que acaso evocando subliminalmente el milagro evangélico de la multiplicación "de los panes y los peces", los parangona a la abundancia y la capacidad para sustentar a muchos.

"Diez mareas". Una marea (de pesca) es el tiempo que transcurre desde que sale un pesquero a faenar hasta que regresa a puerto. El tiempo de pesca se cuenta, pues, en "mareas" que pueden ser de horas, de días y hasta de semanas, según el tipo de embarcación (desde los barquillos pequeños de la flota artesanal de litoral con una jornada de varias horas a algunos palangreros más grandes que hacen mareas más largas), técnicas de pesca utilizadas y la zafra de que se trate. La zafra en el ámbito marinero es la temporada en que se pesca una determinada especie marina. Pero, ¿por qué diez mareas? Más allá del sentido hiperbólico que pretende transmitir, el número diez no queda exento de simbolismos, ya sean caprichosos o fruto del azar, pero que no escapan al influjo del inconsciente colectivo como "moderador" del dictado que conforma los dichos. Diez es el retorno a la unidad según los sistemas decimales; es final e inicio de una nueva serie, símbolo de realización para algunos y para otros representa incluso la totalidad del universo o el número de la perfección.

Embarcarse, como idea subyacente, en un sentido alegórico pero también en sentido recto tiene mucho de viaje trascendente, de partida hacia lo ignoto. Cuando el marino sale a navegar se entrega a los vaivenes y avatares que el destino, la mar o el viaje le puedan deparar. Tiene en cierto modo un sustrato simbólico de sortear riesgos y peligros. Atrás, en tierra firme, quedan las certezas, la casa, la familia, el refugio seguro, y se parte hacia un mar de incertidumbres. Por ello el retorno a puerto, sano y salvo, siempre tiene algo de regreso a la Ítaca originaria, la mayor recompensa del marino.

Es dicho, en su origen, de ambientes marineros, y como parte del idiolecto de los hombres de la mar se ha extendido a otros usos más genéricos. Quizás hoy poco usado, continua reflejando el espíritu de sacrificio y la especial predisposición a resistir. La referencia a la sobriedad pero suficiencia de la dieta ?-para el hombre de hoy- sugiere las duras condiciones y adversidades a las que deben hacer frente los marinos (pero de manera genérica concierne también a las situaciones de penuria o dificultad en tierra firme que forman parte de un pasado relativamente reciente). La rima asonante (de la primera parte del dicho: jareas con mareas, en la parte conclusiva) no parece casual, sino que busca facilitar la asimilación memorística de este aforismo gastronómico para su permanencia en el refranero popular, con especial arraigo en pueblos costeros y barrios marineros.

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